Globalización y mercado en la obra del artista que emigra

Conversando con una joven realizadora audiovisual que reside fuera de Cuba pude entender varias de las dinámicas del artista que emigra. Para nadie es un secreto que las condiciones materiales que atravesamos también afectan la creación, lastran la posibilidad de acceder a recursos, oportunidades, espacios. Mucho más cuando hablamos de carreras cuya concomitancia con varias especialidades constituye uno de los pilares. Necesariamente, el videoclip requiere de equipos de trabajo, seguimiento y monitoreo de redes sociales, retroalimentación, pensamiento de imagen y marketing. En un país con más de 24 horas de apagón, en el cual el tiempo se gasta en la subsistencia, la realidad impide que un artista lleve adelante su mejor versión. Otros horizontes, no obstante, pueden parecer desde lejos ventajosos, pero entrañan dificultades de índole objetiva y subjetiva que impiden el acceso fácil.

Hablo de cómo está planteado el espacio comercial en Occidente. Para un cubano las fórmulas de inserción parecieran siempre las mismas: la música popular, el reparto y demás géneros urbanos. Quien se salga del cliché la pasa mal. Se trata de un mercado altamente cosificador, donde los estancos ya están construidos. Apostar por la realidad del arte en un ecosistema donde todo está pensado como un producto puede ser casi un salto al vacío, un suicidio. No resulta imposible, pero sí dolorosamente injusto en muchas ocasiones. La autopromoción y la factura de bajo costo son armas de doble filo. Puede que logres algo de calidad, pero el mercado lo invisibiliza. Si en Cuba la gran dificultad es la carencia de infraestructura, afuera se vive una sobreabundancia de recursos materiales que sepulta la esencia de cualquier propósito con vocación de autonomía. Son dos realidades que constriñen el sueño.

Mi amiga, desde Italia, intenta hacer un proceso doble: por una parte se adapta al nuevo país, por otra, sostiene los lazos con el arte de Cuba. Se trata de un parto arriesgado, un ejercicio de equilibrio en el cual corres con los gastos sin la certeza de algún beneficio. Tanto en el audiovisual como en cualquier manifestación, la insularidad cubana establece pautas en las cuales se evidencia el conflicto entre lo criollo y lo foráneo, entre lo propio y lo ajeno. Si eres cubano, pareciera que la industria te dijera que no tienes derecho a cantar baladas, ni pop, ni rock, mucho menos fusión. Hay un encasillamiento de los artistas del patio fruto de décadas de cosificación desde el mercado. Eso mismo se puede observar en la facturación de la imagen a partir de sol, playas, mulatas, tabaco y ron, casas de Centro Habana destruidas, autos viejos.

La emigración ha tenido, no obstante, un foco en las disqueras del sur de la Florida que de alguna forma sostienen la visibilidad de una parte de los artistas. Las alianzas y fusiones en las plataformas digitales han operado por encima de las distancias y de las fórmulas; sin embargo, aún esa industria sigue cosificando a los creadores. Cuando se mira, existen más videos de reparto o de los géneros bailables y mucho menos de otras variables. Lo que vende, se impone. La máxima no solo apunta hacia la necesidad de comprender las reglas del juego, sino de transformarlas a favor de algo que no dificulte el desarrollo de lo artístico. Sin dudas, el sistema de promoción en Occidente no quiere riesgos, apuesta por lo consabido y rehuye de la experimentación.

Durante décadas, cuando el videoclip estaba en su embrión en nuestro país, el mercado era más endógeno. Se hacía pensando en los Lucas, en la televisión nacional. Si acaso en los circuitos del turismo. Pero hoy ya poseemos una realidad globalizada, cuyos poros conectan de inmediato con un público mundial implacable. Los niveles de exigencia sobre determinados formatos resultan altos. La ingenuidad se paga y puede conducir al fracaso. Las disqueras no quieren eso, potencian aquello que les dará un sello seguro. Por ende, la llegada de la globalización, internet y el streaming ha reducido el ángulo de experimentación de falla/error de los artistas y los obliga a ser efectivos de inmediato o esfumarse.

Salirte de la isla no te conduce al éxito de inmediato, llevas contigo el sello de un país que ya ha sido leído desde los paradigmas de la globalización. Ya tu lugar fue otorgado y debes entrar en un molde preestablecido. Eso es lo que le sucede ahora mismo a la realizadora en cuestión. Su talento resulta innegable y —casi seguramente— si ella hiciera reparto ya estaría bien posicionada. Pero quiere tener voz propia y cultivar formatos que la alejen del cliché. Su camino será más accidentado, más lejano de los brillos y los oropeles del éxito inmediato.

Mucho hay que decir acerca del impacto de la globalización sobre una parte de los realizadores emigrados. También, de cómo el país enfrenta desde lo material esta crisis creativa que se deriva de la crisis infraestructural. Sin dudas, es tarea de la crítica mover la racionalidad más allá de la disección de las piezas. Por ahora, deseo que tanto la artista aludida como los demás, logren encontrar un territorio que les permita volcar sus identidades, sin que el fracaso sea una sombra casi inevitable.