Foto: tomada de PopMatters
La sala de la casa se estremece, los muebles tiemblan y casi se mueven por sí mismos, encima de la mesita hay un adorno de porcelana que se cae y se rompe en pedacitos. El tocadiscos soviético de mi padre arrasa con todo e impone su música estridente de los años 80. Tengo ese recuerdo incrustado como un rail de línea sobre un pedazo de tierra. Conservo, en la distancia, los temas del grupo ABBA que tanto alegraron a una generación. Son canciones llenas de una sonoridad elemental, en la cual se mezclan el rock, el pop y algo de la música folk europea. Siempre que oíamos aquello, mi papá empezaba a hacer las historias de los integrantes de la banda: supuestos amores e infidelidades, peleas, celos profesionales. Todo para caer en la crisis que afectó a uno de los sueños sonoros más idílicos de tiempos pasados. “Iban a ser más famosos que los Beatles”, terminaba diciéndome y acto seguido le daba la vuelta al disco para escuchar la otra cara, que comenzaba con el tema “Waterloo”.
Siempre en la historia de las grandes bandas había una Yoko. O sea, una mujer fatal que intercedía en el éxito y que terminaba por separar a los integrantes. Las leyendas urbanas marcan la existencia de la música rock. Aún no se ha demostrado si Yoko Ono tuvo o no un papel determinante en la desaparición de los Beatles, sin embargo se sostiene ese olor en el aire. Luego, cuando me hice un ferviente seguidor de Nirvana —en mi etapa adolescente del preuniversitario— llegaron los rumores sobre la muerte de Kurt Cobain y la relación tormentosa con su pareja. La farándula ha hecho de la vida de los artistas un episodio más de marketing. Les resta intimidad, los clasifica y los lanza hacia las portadas de los periódicos. A veces, en materia de prensa, se habla más sobre el cotilleo interno de las bandas que sobre los aportes realmente musicales. Y es que los públicos conectan mejor con la vertiente emocional y el drama, aunque se trate de episodios mal contados o sin asidero alguno.
Todo esto creó en mí un rechazo total a las páginas rosas en las cuales se narran los chismes. Aunque me interesa el consumo y sus variaciones, me he centrado más en lo que una banda produce que en lo que el periodismo dice. En las columnas de opinión en Lucas he abordado varias aristas, pero creo que la forma en que la farándula trivializa la vida privada de los creadores merece un aparte. ¿Quién no recuerda cómo, junto al consumo desenfrenado de MTV, había toda una cohorte de publicaciones encargadas de fotografiar y generar contenido en torno a los artistas?, la figura del paparazzi se hizo popular a partir de esos años de eclosión de la prensa del corazón. Fenómeno que, por suerte, no nos tocó vivir por nuestra geopolítica dispar.
Era una manera, en ocasiones, de hacer publicidad. Hubo muchas portadas de revistas que funcionaban como montajes, en los cuales —previo pago a las bandas— se exponía contenido falso o parcialmente verdadero. Otras tantas veces se sacaban a la luz pasajes de la vida de determinada figura con la única finalidad de dañarla. Recordemos cómo la prensa acosó a Freddie Mercury a partir del uso de declaraciones de fuentes que fueran en sus momentos sus amigos más cercanos. El mercado cosifica a los creadores y los transforma en otra cosa, los exprime y los tasa como si fuesen productos. En esa dinámica, lo privado y lo público pierden fronteras y se impone una crueldad gregaria, de manada, en la cual los juicios llegan a ser destructivos. Todo lo que carece de debido proceso es un linchamiento. Demoramos años en entender que lo que hacían aquellos medios era violencia simbólica y —en ese entreacto tragicómico— aparecieron las redes sociales con su supuesta democracia y su libertad de expresión. Un paradigma descentralizado que, no obstante, opera por asimetría pura y aplana las identidades que se resisten a las dinámicas de monetización.
En la película que recientemente se hizo sobre el ícono de la banda Queen se ve esa dinámica de linchamiento mediático que tocó la fibra del artista hasta dañarlo. Hay algo, no obstante, en lo cual no se ha ganado en estas décadas: el público sigue sin ser educado en los principios de respeto a la privacidad. Los medios han evitado conscientemente ese aparte y las leyes, empezando por las que se dictan en el mundo liberal, usan la sombrilla de la libertad de expresión. Recientemente vimos cómo, en el escándalo entre Shakira y Piqué, las plataformas dividieron a la opinión pública en torno a asuntos que competían meramente a un matrimonio privado. En el trasfondo, una guerra había comenzado en el Medio Oriente: los gritos de las víctimas eran ahogados entre los likes y los debates en redes a favor de la cantante colombiana o del futbolista español que le habría sido infiel.
Quien haya trabajado en los medios sabe que se puede fabricar un titular, también que existen varias maneras de ejercer la manipulación sin necesariamente mentir (una de las tantas es yuxtaponiendo contenidos). Pero aún existen demasiadas personas que creen firmemente en un post que leyeron en Facebook. Hasta yo en mi momento creí que siempre habría una Yoko…



