El consumo cuando no había aldea global

Seguramente muchos que me leen habrán estado en uno de esos carnavales de pueblo en los cuales se bebía hasta el amanecer y se bailaba al son de una de las orquestas populares cubanas (Van Van, La Original de Manzanillo, etc). No hablo de los festejos que se realizan desde hace unos años hacia acá, donde, entre precios y falta de fluido eléctrico, prácticamente no se puede disfrutar. Recuerdo de mi infancia y adolescencia ese periodo del año en el cual Remedios se agitaba porque era el aniversario de la villa y todo era alegría. Se colocaban tarimas en los extremos de la plaza, grandes ramas de palmeras en las ventanas, cadenetas de papel de un lado a otro de la calle. Éramos entonces muy humildes, apenas un televisor Caribe de bombillos que debían calentarse para emitir una imagen en blanco y negro, ventiladores marca Órbita, radios traídos del campo socialista con una excelente calidad pero estéticamente feos…Se trataba del mundo cubano de los años 90.

En aquella década no existía la aldea global como una realidad tangible y el consumo musical se demoraba. Mientras los temas ya estaban sonando en MTV y en las emisoras extranjeras, nosotros apenas podíamos grabar en pequeñas caseteras que se colocaban encima de las aceras y en medio de los grupos de jóvenes. Años después, a inicios de los 2000, en los albergues del IPVCE de Santa Clara, la moda eran unas reproductoras portátiles de discos. Quienes disponían de esos aditamentos eran verdaderos dioses idolatrados entre la masa de muchachas y muchachos. A veces se extraña esa lentitud de un mundo que nos permitía disfrutar de las cosas con mayor detenimiento. Había dificultades, apagones, escasez. El único programa —al menos de corte internacional— que nos traía las novedades era Colorama. No quiero glorificar la miseria, pero eran años en los cuales flotaba siempre una música característica. Como si la vida poseyera banda sonora. Ibas en el tren y de pronto la Oreja de Van Gogh cantaba sobre alguien que esperaba por otra persona en un andén. No importaba que uno viviese en un pueblo del interior, con apenas unas calles y pocas luces, con una línea férrea maltratada y viajando en unos vagones viejos y con olor a óxido. Eran años profundos, verdaderas crónicas cotidianas de nuestra autenticidad.

Hablo de estos temas en el espacio de crítica de Lucas porque creo que, en gran medida, lo que ha pasado con el cambio en el gusto musical está vinculado a las dinámicas de consumo. No es lo mismo escuchar un tema en el año 2003 en un preuniversitario cubano que hacerlo en el 2026 usando un ecoflow para mantener encendido algún equipo reproductor de sonido. Cuba es un flujo constante que, como una espiral, se mueve en una dirección de ascenso/descenso con las corrientes de la historia. El videoclip funciona como un correlato de esa realidad que el artista metaforiza. Cuando crecí fui percibiendo una dialéctica evidente en ese sentido. Las calles en las cuales se bailaba al ritmo de una de las grandes orquestas cubanas se han cambiado por las autopistas digitales en las cuales se produce la relación entre los públicos, las disqueras y los creadores. A la vez, los modos de financiamiento hoy son tan jíbaros que parecieran inalcanzables para muchos y totalmente factibles para unos pocos. Llegar a un nivel determinado de reconocimiento pasa por salir de la isla, darse a conocer en un ámbito externo y luego, por rebote, obtener la popularidad. Hablo, aquí, de cómo muchos de los mecanismos de promoción, jerarquización y factura del consumo cultural están obsoletos. La nostalgia, con respecto a los años sencillos de los carnavales de calle, de las emisoras radiales y sus listas de carácter artesanal, aumenta.

Desde hace un tiempo he escrito de las cuestiones del consumo. Ahora tengo la suerte de hacerlo en la revista de los Lucas, pero antes lo he hecho en otras publicaciones. Cuando se dieron los sucesos terribles de la Finca de los Monos recuerdo un trabajo en Cubahora en el cual vinculé la violencia real con la simbólica a partir de la desregulación total del consumo y su interrelación con el mundo del mercado. Desde que estoy vinculado a los Lucas trato de imprimirle a los textos una mezcla que aúne lo popular con lo culto, lo que conlleva pensamiento con lo meramente lúdico. Creo en la concomitancia de escenarios de consumo. En la mente del crítico conviven los recuerdos de un país donde la música era una banda sonora que te alcanzaba en las paradas de los autobuses o en un camión de pasaje. También, se llevan bien adentro aquellos temas que marcaron etapas formativas. Ahora, en cambio, cuando se va a abordar determinada línea cultural, saltan a la vista las carencias tanto objetivas como subjetivas de un panorama lleno de baches estructurales.

Volver a la calle sencilla, engalanada con cadenetas, a la tarima, al olor a cerveza y bocaditos de cerdo asado es algo que hago mentalmente cada vez que evoco mis primeros momentos de consumo cultural en aquel país ya desaparecido. No porque desee que la historia se detenga en una fotografía en sepia —adoro que las cosas cambien y evidencien una dinámica enriquecedora—, sino porque el filme no siempre posee escenas amables y uno desearía a veces saltárselas.