La distopía en el videoclip cubano actual

Llevo un tiempo observando cómo, en determinado sector de la producción audiovisual, existe una inquietud por lo distópico. Se reutilizan ambientes abandonados, se vuelve sobre conceptos que perecieron, se reactualizan debates. No es gratuito, acontece a partir de un diálogo del artista con su verdad íntima. Este fenómeno lo he visto tanto en géneros más populares (el reparto) como en otros de un consumo más exclusivo. A veces se trata de manera tangencial, otras oblicua, en elipsis, incluso abiertamente. Todo depende del tono y del estilo del realizador. El uso del espacio urbano reconocible, como lo es La Habana, para tornarlo irreconocible es uno de los puntos en común. La trama citadina se sumerge en el mar, se destruye, muere de muchas maneras y, sin embargo, allí está el arte para cantar, ponerle ritmo, metaforizar.

Lo que quiero decir es que la prevalencia de este tema en algunos espacios expresa una inquietud más que estética. Quizás en Lucas no hayamos desglosado lo suficiente la interrelación entre los tópicos de los videos y el contexto, sin embargo, gran parte de la crítica en el mundo juega a ese contrapunto entre lo externo y la obra. ¿Qué es una distopía? Lo opuesto a la utopía, pero no solo eso. Mientras que los proyectos luminosos se vertebran a partir de un corpus reconocible —pienso en el momento histórico de los utopistas franceses de inicios del siglo XIX por ejemplo—, las distopías han florecido exclusivamente en el plano literario. Nadie, conscientemente, ha dicho que su intención es construir una en la realidad, amén de episodios harto conocidos. Por lo general hasta lo más distópico viene vestido de buenas intenciones. Entonces, ¿a qué le debemos este interés de los artistas por lo caído, lo deforme, lo finiquitado? Hay una tensión entre el arte y la realidad que expresa conjugaciones extremas.

En materia audiovisual lo distópico es muy rico. Con la irrupción de la IA en la edición de la imagen hay mayor margen para experimentar. Sencillamente el techo de vuelo sobrepasa cualquier expectativa. Usted puede reflexionar sobre la ciudad que habrá dentro de mil años a partir de una serie de líneas de instrucción. El resultado final siempre depende de la elección de los realizadores. Si en algo nos favorece esta nueva era digital es que la concreción del arte se convierte en algo más poroso, más libre, rizomático. Quizás pensar en una vertiente distópica dentro del videoclip cubano hace diez años atrás era algo problemático. Hoy podemos colocarlo como un tema totalmente plausible, de hecho necesario y vital.

También, pensar las cosas desde el final es algo que distingue como marca a la producción de videos distópicos. Por ejemplo, en la más reciente entrega de X Alfonso —una versión de “Sueño con serpientes”— el video termina por el inicio: se usa la cita de Bertolt Brecht que encabeza la canción original. La inversión, la analepsis/prolepsis de la historia, son recursos que se utilizan como herramientas narrativas para dibujar la posibilidad de una caída sistemática de los paradigmas. Esta desproporción que tiende a deformar la verdad no es una mentira piadosa, sino una ficción consciente que —del mismo modo que sucede en la literatura— usa la caricatura como una herramienta de pensamiento. Sin sobreinterpretar, hay que decir que el elemento distópico en los videos que se están haciendo en la isla o sobre la isla va desde la referencia más realista (los amigos que se van, los apagones, las calles solitarias) hasta el uso de animación, recreaciones simbólicas y ediciones creativas. Todo se mueve en un mismo magma, sin que esté en la cuerda del plagio o de la pobreza temática.

Hay distopía por ejemplo cuando se aborda el asunto de la construcción de sentido y ello abarca un amplio abanico de videos. En una de las piezas analizadas en este espacio de crítica, el cantante de reparto Wampi aborda a partir de un video las implicaciones de la ausencia de electricidad. Desde una pantalla de televisor abandonada en medio de la pobreza hasta un asalto a una mansión y el uso del color verde como símbolo; el material nos está diciendo que hay una inversión de valores como parte de su narrativa. Se nos cuenta lo terrible en clave cotidiana. La normalización de la violencia, de la pobreza y de las carencias apunta hacia una crítica profunda, sin cortapisas, cuyo análisis en muchas ocasiones resulta descarnado.

Entonces la distopía es más que un tema, se trata de un estilo de interpretación de la verdad. Algo que ha significado a los videos en esa línea es la ausencia de horizonte, quizás porque en el mismo diálogo con la realidad inmediata ello no se hace material, evidente, tangible. No se trata de artistas meramente inconformes o pesimistas, sino de una mirada a la simbología del videoclip desde una perspectiva de recursos visuales que no se detiene en el mercado, sino que nos empuja temáticamente. Cualquier superficialidad en este sentido carece de peso, ya que lo distópico requiere de pensamiento, deconstrucción, riesgo y atrevimiento.