Más allá de la media y de lo mediado

La semiótica del videoclip incluye una dimensión que se desplaza más allá de la literalidad. Me refiero al mensaje dentro del mensaje que, por lo general, está implícito en las obras de arte, pero en los últimos tiempos con la prevalencia del mercado y la implosión de las narrativas de los años 90 se ha impuesto una lógica más simplificadora. Hacer un videoclip es —básicamente— reunir un conjunto de elementos comunes, batirlos y obtener un producto. O al menos, eso es lo que piensa y hace una parte de la industria que se dedica a cultivar el género urbano. Me viene a la mente esta reflexión analizando el reciente tema de Charly y Johayron llamado “En otra vida”. La obra es una balada cuya base melódica se sirve de elementos de fusión provenientes del reparto, pero que alude a los asuntos puntuales del tema amoroso. No dice nada nuevo, no se lo propone. Se ha normalizado que una porción importante de la producción en ese sentido deje de realizar búsquedas y se quede en el estatismo.

“En otra vida” no es una pieza desagradable, puede escucharse de forma pasajera. Sin embargo, la tomo de muestra porque evidencia algo que viene caminando desde hace mucho en la realización: la carencia de temas y la pobreza en el tratamiento estilístico. Esa crisis de forma y contenido en las narrativas audiovisuales no solo se ha impuesto en tanto se premia y reconoce, sino que tiende a invisibilizar otros esfuerzos que —en paralelo— realizan tanto los artistas como los directores. La industria posee una prioridad comercial que, cuando desplaza el interés estético, cosifica cualquier atisbo de arte, lo paraliza. “En otra vida” es una sucesión de planos en los cuales se intercala una pareja perfecta de facciones bien formadas, maquillaje impoluto, luz y modelaje sin tacha. Sin embargo, cuando termina la pieza, no hemos visto nada, no escuchamos algo nuevo. A los pocos minutos olvidamos.

No voy a entrar en los detalles técnicos, pues pienso que en este tema cabe un análisis más holístico. Estamos ante las consecuencias estructurales que la industria le imprime a la creación mediante un sistema de jerarquización audiovisual. Varias veces he dicho en este espacio que el género urbano debe, y de hecho, está llamado a convertirse en la banda sonora de este tiempo. Como pasó con otros géneros que en su momento fueron vilipendiados, el reparto en un futuro tendrá quien lo estudie y lo pondere desde la mirada antropológica y valorativa. Ese instante aún no ha llegado y cada video de la industria que roza la literalidad lo aleja aún más. Hablo del fenómeno desde la mirada más seria posible, sin ánimos de destruir. Considero que la objetividad en este sentido ayuda mucho más que cualquier ceguera comercial. Además, realizar videoclips de manera independiente es cada vez más caro y se sobreentiende que se requiere del apoyo de dineros que provengan de otras lógicas.

La simbiosis entre lo mercantil y el arte resulta siempre contradictoria y los pactos duran muy poco. Siempre alguien termina cediendo. Si lo que haces no vende debe ser porque es malo. Esta última visión aplana cualquier atisbo experimental y reduce un video, únicamente, a los clics, las visualizaciones, la monetización. El proceso de prevalencia del consumo se traga de manera creciente a los nuevos creadores e impone una visualidad cliché: cantantes que bailan, modelos perfectas, luces que parecen y de hecho son falsas. De los temas mejor no hablar, porque la pobreza es mayor. Ni se mira más allá de lo obvio. Lejos estamos de aquellos años en los cuales el ranking semanal de Lucas era variado, donde encontrábamos música bailable, pero también otros géneros y abordajes, otros estilos. Pero nosotros solo reflejamos la tendencia del consumo, somos un espejo. Eso sí, analizamos con frío escalpelo las causas, y dentro de lo posible, tratamos de ofrecer perspectivas que muevan la conciencia.

La coherencia de la crítica reside en no venderse y ello abarca un amplio campo ético. Se trata de no hacer concesiones cuando se debe sostener un procedimiento de análisis deconstructivo. Y entonces uno piensa: ¿dónde están los sistemas de promoción y selección de nuestra música?, ¿por qué el consumo no es conducido, acompañado, por un corpus crítico que desde cada emisora lo filtre, de ser preciso? Cada vez que se menciona la función de la crítica hay quien salta porque considera que hablamos de parametrar o centralizar el consumo. No es eso, no queremos ser administradores de bodega del videoclip. Pero la producción se ha empobrecido en buena medida porque los públicos ven lo que pueden, como pueden. Se ha ido deformando la capacidad de decantar con criterio a partir de la desaparición de espacios de análisis.

Antes, hace unos años, las barreras eran otras. Incomprensiones, intolerancia, rigidez. Hoy vemos el impacto de la industria y no nos atrevemos a ser irreverentes y proponerle un nuevo pacto más allá de lo comercial. Hemos sido desplazados como público y como críticos de la centralidad del consumo. El video de Charly y Johayron no es de lo peor que se está realizando, está, de hecho, en la media. Pero incluso decirlo así suena frío, superficial, peligrosamente cosificador. No queremos y no deberíamos ponderar cosas medias, ni mediadas, tendríamos que volver a la inconformidad y proponer un camino deconstructivo de lo obvio, lo pasajero, lo banal.

Habrá quien cuestione por qué y para qué la crítica haría un esfuerzo como ese. A fin de cuentas la industria no se va a mover de aquello que hace con comodidad. El impacto en los públicos ha sido inmenso y hoy las mentalidades están moldeadas por una lógica. Precisamente ahí es donde único nos interesa incidir: las mentes. Creo con firmeza que si se les ofrece a las personas una mejor herramienta de pensamiento subirá la exigencia sobre la industria y puede generarse un movimiento estético.

Hasta entonces, estaremos oyendo temas donde se suceden planos muy parecidos, frases hechas, clichés recalentados y, a veces, alguna que otra grosería que intenta salirse de tono sin lograr ni irreverencia ni disrupción. Sí, porque hasta para decir palabrotas el arte es necesario. Y si no, vayan a la rica e inmensa literatura, que mucha falta nos sigue haciendo a todos para comprender el mundo y cambiarlo un poco.