Muchas veces emprendemos ideas que luego toman otro rumbo. La vida no siempre resulta la misma, fluimos y nos reencontramos. En ocasiones, escribir es un oficio ingrato, lleno de sinsabores, conspiraciones, maldades. Muchas veces, en cambio, existe, al final del túnel, una satisfacción: la de registrar la historia de algo, ya sea un fenómeno, un objeto, un proceso. La humanidad avanza y no halla mejor manera que las letras para que quede fijada una visión trascendental. Lucas ya se acerca a una mayoría de edad en la cual los proyectos marcan época. No se accede a ese tiempo sin cargas, por ende, tampoco estamos ajenos a las sombras. Escribir nuevamente la historia de los años que han transcurrido es ir hacia un ejercicio autorreferencial de crítica que sobrepasa la reseña, el testimonio o la crónica. Debe ser un acto de acrobacia en el cual estén presentes las tensiones en torno a ese género escurridizo del videoclip.
Sin embargo, sostengo que ya es hora de volver sobre la idea de Cruzata y poner en forma de libro toda la documentación híbrida, jíbara, que define un proceso tan complejo de nuestra cultura. Creo, además, que Lucas no solo ha traído consigo un terremoto creativo lleno de méritos, sino que entraña la esencia contradictoria de la cultura cubana: brillante, pero en ocasiones intensa en su oscuridad; pujante, pero sobria e ingrata. Nada se hace sin dificultad y solo lo dificil es estimulante. Sin que se ponderen los aniversarios o las fechas más o menos importantes, sin que la numerología sea lo que cuente; escribir lo que ha sido de Lucas no solo registraría de forma positivista los sucesos, sino que los puede sopesar. Hay una huella en la realización que no sobrevive si no le damos su savia. El arte requiere de un entorno amable, en el cual —a la par que una obra— coexistan los matices críticos, las exigencias, el sistema de criterios especializados. Hablo de que sin el crítico tampoco se pudiera escribir esa pretendida historia de Lucas.
El proyecto funciona como una crónica musical de Cuba. Creo que esa es una de las visiones que prevalecen. No solo porque acompaña desde lo visual a la isla, sino porque existe una relación de interdeterminación dialéctica objeto-sujeto en la cual lo cultural se ve condicionado, pero a la vez influye en el medio o contexto. Lucas ha operado por acumulación y ósmosis sobre el sistema de la música cubana y del consumo. No solo por el tiempo y la influencia, sino a causa de la estructura que pervive detrás de un país cuya marca institucional no es algo fijo. Lo mutable de esa metodología de enfoque hace que el videoclip se reinvente. No es lo mismo hacerlo en los años 90 que ahora, ni tiene las mismas condiciones un realizador que vive afuera, que uno que trabaja desde los estudios o las limitaciones del país. Hay mucho que se debe sopesar desde la crítica a la hora de vertebrar una historicidad.
Quizás, además, en cuanto a esta idea deban confluir otras voluntades: a saber, la de las instituciones que poseen los recursos para difundir la historia y el impulso siempre provechoso de los artistas que sienten como suyo el proyecto. Lucas ha sabido fundar, pervivir y sobrevivir. Eso no es poco. También, en el magma del videoclip hay mutaciones de los últimos años cuyo rastro está en las redes sociales, en las listas de jerarquización del consumo y en vestigios casi imposibles de rastrear. En la medida en que se aleje el tiempo, todo se hace más difuso, menos captable. El lente en este caso no solo es el de la cámara, sino el de la mente del escritor que puede darle forma, deglutir los elementos, digerirlos y darnos algo diferente, pero apegado a la verdad. Una veracidad más cercana a lo verosímil que al símil.
La historia no es la sucesión de cosas, sino el accidente de lo que nos hace diferentes. Lucas ha luchado por sostener lo que lo transforma en una alternativa, en un referente. Quizás más que un registro, la documentación en paralelo refleje las tensiones de la propia narrativa del fenómeno. En todo caso, en los silencios, las sombras, las dificultades está la clave.
Un libro de Lucas, que no sería el único, tiene la sustancia de contar con suspicacia, hilar fino entre uno y otro agujero negro y tendernos un puente a quienes llevamos años consumiendo el videoclip como un Santo Grial. O sea, a la manera de algo que nos define, pero que nunca hallamos del todo. Una especie de sustancia de sustancias, de súmmum. Sin exagerar, la visualidad de las últimas décadas depende en buena medida de aquilatar el ritmo de la vida, saberlo medir. Y desde hace mucho ello implica una velocidad de videoclip.





