El hombre de éxito

El hombre de éxito es un lugar común en el mundo de la creación simbólica. Irrumpe con fuerza cuando el mercado prevalece. Tiene que ver con un proceso histórico que arranca en el surgimiento del sistema mundo del capital en el siglo XV y que deriva con la modernidad en la creación de arquetipos. Hemos visto, a través primero de la literatura y el teatro y luego del cine, cómo la narrativa en torno al éxito se construye a partir del dinero. En Balzac se trataba del personaje más importante, una especie de quintaesencia que mueve los hilos de los personajes y les resta o les suma sustancia. Pero, ¿cómo se ve eso en el mundo del audiovisual?, ¿hay alguna distinción en cuanto al videoclip cubano? Nuestra trayectoria geopolítica nos ha dado las claves para entender el arte desde una perspectiva no necesariamente comercial, aunque tampoco ajena al universo de la mercancía. La crisis de las últimas décadas ha lanzado a la industria nacional hacia un mercado competitivo en el cual no da pie, ya que no cuenta con los recursos ni la infraestructura para ello. En el proceso de reinvención, los artistas han pactado con otras casas discográficas y firmas. El hombre de éxito, que está en nuestro imaginario, ha resurgido.

¿De qué se trata? Cuando vemos un auto de lujo surgir de las ruinas de un barrio habanero y encima del vehículo al artista con varias modelos no estamos consumiendo un simple producto, sino siendo impactados por una construcción de éxito. Hay varias lecturas que se imponen sobre la racionalidad y apelan a una narrativa emocional de los públicos más jóvenes. ¿Vas a quedarte en tu trabajo, en tu barrio, en la calma de la pobreza o vas a emprender como yo y lograr la fama y el dinero? Las cuestiones simbólicas apelan a ese tipo de disyuntivas que se dirimen en lo simple. O al menos eso pareciera. Un sí o un no por parte de ese joven que mira el video determina un cambio de actitud ante la vida. El segundo escalón es el cómo o sea, el método para lograr ese éxito. Por lo general, en las narrativas de los videos hay una lógica implícita que pondera varios estilos de vida: el consumismo, la superficialidad, la competencia, la sexualidad desenfrenada para demostrar poder, la ostentación. Yo soy, yo valgo, yo tengo. Y lo grave no está propiamente en que haya uno o varios productos así, sino que la industria llena los rankings de consumo con esas ideas. Hay una normalización de paradigmas y prácticas que conducen a una violencia simbólica relacionada no con que el éxito sea malo o éticamente punible, sino con cómo se alcanza, para qué se logra y por qué.

¿Qué es un hombre de éxito? Depende desde dónde se mire. Hay quien tiene en cuenta una carrera, una obra, la familia o los hijos. Pero lo que se construye desde la simbología social posee un peso y ahí solo vemos una figura central con poder y toda una cohorte de servidores que se mueven en torno a la fastuosidad. Volvemos a la idea de que se trata de la fuerza, el dinero, la abundancia, el poder hacer lo que sea y lo que se desea sin consecuencias, porque el hombre de éxito está por encima de la ley. Vayamos a los videos donde el cantante se burla de las normas y las usa a su favor o las tuerce, o a esos materiales donde las mujeres son siempre “perras” que danzan como hetairas ante el sultán. En uno de los más recientes cortometrajes de Eduardo Del Llano un reguetonero le financia una producción audiovisual a un cineasta caído en la miseria. El diálogo entre los dos mundos de la cultura evidencia un quiebre entre el ser y el parecer que nos atraviesa. El artista pobre fue sorprendido robando en la casa del rico. La inversión de valores y la contraposición de luces y sombras nos ofrecen un panorama sombrío y cínico sobre el futuro de la creación en manos de maquinarias que la jerarquizan en torno a lo que se considera éxito.

La contracara de todo esto es el artista fracasado: ese que no posee los medios para llevar adelante la idea. El perdedor por lo general posee un universo creacional mucho más rico, irreverente, salido del tiesto. Sin embargo, ¡oh Foucault! será siempre vigilado y castigado. No hablo de una cualidad punible evidente, sino de la exclusión, la soledad, el silencio, la pobreza material. Esos dispositivos que —en paralelo con el hombre de éxito— ha creado la modernidad para arrojarnos etiquetas. El fracasado existe en tanto no accede a los espacios, porque no dispone de un sistema de privilegios que jerarquice sus ideas. No está alineado con poderes, no los entiende o no los acepta. Y en ese sentido se produce un quiebre entre el perdedor y el hombre de éxito que el mencionado cortometraje capta muy bien.

Es tarea de la crítica señalar que los arquetipos poseen un valor literario, pero no un derecho de pernada sobre el arte. No puede ser que determinen siempre lo que se va a decir y que solo veamos su discurso en los medios y los productos culturales. Este fenómeno no es exclusivo de nuestro campo audiovisual cubano. Hace poco se viralizó un tema de la cantante Shakira en el cual supuestamente estaba hablando de su ruptura con el esposo, pero desde una clave monetaria. “Las mujeres ya no lloran, las mujeres facturan…” Y es que cuando digo hombre de éxito, también me refiero al género opuesto, pero eso da para otros análisis.

El binomio hombre de éxito/hombre perdedor seguirá marcando sin dudas el debate en torno a qué tipo de creación queremos. No se puede despolitizar esa cuestión ni desustancializarla. Lo que hoy es un símbolo, mañana es un pensamiento, luego un valor y al final una acción. Sin ser simplificador, creo en el papel de la cultura para desaprender modelos de vida y asumir una visión más humana. Si el arte no se mueve hacia una mejor versión de uno mismo, ¿de qué vale?