La Habana, cualquier año de los últimos tiempos. Una acera de la calle Línea y unos autos viejos que pasan a todo dar. Se oye la canción que se repite como un bucle y que cae sobre el pavimento caliente: “Me voyyyyyyy, pa mi casa…” El ritmo existe en una dimensión alternativa, se rompe en pedazos cuando pasan las personas que lo escuchan y se deconstruye. El almendrón de los años cincuenta es un carro duro, cuya carrocería es la misma, pero por dentro lo han rehecho varias veces. Pienso que aquel año yo relacionaba la naturaleza híbrida del automóvil sobreviviente con el género que sonaba por todas partes. Cimafunk salió de su entorno, de sus amigos y fiestas estudiantiles, cambió una carrera por otra. La esencia híbrida también es una cuestión que lo define. Un poco como un almendrón al cual se le realizan remiendos que parecen orgánicos y funcionan para seguir rodando.
En la ventanilla del almendrón, varias personas cantan, sacan los brazos con felicidad, se mueven con ritmo. Es una fiesta humilde en la cual falta de todo menos el núcleo: la alegría inexplicable. Luego supe que Cimafunk se había presentado en los más grandes escenarios, que sus piezas llegaron al público internacional e hicieron brillar a la cultura cubana. Pensé que —al igual que los almendrones— el sonido del cantante sonaba coral, exuberante, lleno de los matices de diversas piezas. El cantante se transformó en un fenómeno que devino sello de la isla. En unos años, pasó de ser un desconocido a figurar en lo más alto. Lo híbrido seguía estando en su ADN. Las últimas entregas de este artista se mueven entre lo propio y las diversas influencias. Hay una base caribeña que se erige desde la timba, la rumba, incluso el guaguancó; pero también aparecen el rock, el funk y la sombra del reggae. Un cimarrón es un esclavo que se liberó huyendo hacia los montes. Era muy común en la época colonial. Estos rebeldes se iban a vivir en quilombos y llegaron —en varios contextos— a establecer pequeñas republiquetas. Para un cantante como Cimafunk, el monte estaba en las sonoridades, la huida representaba no solo irse hacia otras nociones espaciales, sino de la cultura. Ahí se fue fraguando la naturaleza de alguien que entiende la existencia a partir de la (des)composición de fronteras. El almendrón sale volando hacia el final de la rampa y lanza un haz de luz sobre las aguas negras del malecón. El año de aquella música reaparece y se torna una evanescencia delante de mí. Recuerdo que no entendí a Cimafunk: me pareció un cantante que se movía demasiado caótico, con sus pespuntes alargados, con una variabilidad rítmica demasiado estridente. ¿Cómo se baila esto?, pensé. Pero peor aún, ¿cómo se entiende esto? El artista había creado un camino diferente que en una primera instancia generaba ese rechazo. Quizás porque aún se trataba más de un puente tambaleante, una propuesta temblorosa, una presencia que definía su puntería y se afinaba en el pentagrama. Cimafunk no iba a ser músico, quizás porque violentar la realidad conlleva un peso. Las consecuencias de ir hacia otras regiones de las artes son en ocasiones terribles. El diálogo entre quienes producen el arte y quienes lo consumen se puede quebrar. Todo es inestable, incoherente, sinuoso, interactivo. Pero en ese magma hay encanto, fuerza, un fragor imparable.
Vi en ese momento el fenómeno Cimafunk sin pensar que años después desde mi distancia provinciana todo iba a desbordarse y —mientras me quedaba en un rincón de Cuba, entre los carretones de caballo, los bicitaxis y el susurro de los apagones— el cantante se iba hacia los cinco continentes. No es la fama lo que lo define, sino la huella de ese caos, la imantación que lo convierte en un bárbaro del ritmo quizás renovado, posmoderno, pero genealógicamente comprometido con el Benny. Hablo de un árbol, claro está, musical, no desde el parentesco directo. Cimafunk pareciera crear sonoridad a partir de la nada cotidiana.
Su poesía es la de ese hombre que sale de la aldea isleña y logra una comunicación con los registros de afuera. Por el diseño estrambótico de sus videos pasa una narrativa que a ratos se coloca por encima de lo habitual, sin que se caiga en el cliché. No obstante, Cimafunk sabe que vive un tiempo difícil y que la música como medio de expresión deberá marcar un camino que no sea solo el arte en sí. La autorreferencialidad tiene límites y la torre de marfil no dura para siempre. En cada regreso a los escenarios nacionales, el artista halla una crisis mayor que lo condiciona. El consumo cultural no puede ser el mismo ni manifestarse desde una sustancialidad parecida. ¿Es quizás el sello del cimarrón lo que lo impulsa a irse una y otra vez? Sus itinerancias no son como las de otros, sino que la casa y la patria conviven con una realidad trashumante. Los esclavos que se liberaban a partir de la huida y el machete tenían un lenguaje raro, uno que los llevaba a entender el susurro de los montes. Incluso, en el silencio de las cuevas había un toque de surrealismo que ellos entendían mejor.
Vuelvo a aquel año. El almendrón arranca con toda su fuerza, da la vuelta, se posiciona como un bólido sobre la ciudad, es quizás más que un automóvil. Flota irreverente con la música y las luces. Se torna antimateria cuando el silencio muere. Las ventanillas son aún de ese cristal que pareciera blindado y que solo con un choque descomunal se hará añicos. La carrocería no se derrite ni se achata a pesar de las altas temperaturas que genera la velocidad. Todo se va transformando en un fluir constante, en una irrealidad de la música. El coro sigue: “Me voyyyyyyy, pa mi casa…” No sé si la casa está aquí, en esta ciudad que se derrumba y pierde su materia a pasos agigantados. Quizás Cimafunk se refiera a una de las tantas huidas. El monte se abre ante el paso del almendrón y veo, más allá, la manigua, los mogotes, el secreto de los cimarrones, siento el silencio que baja de lo más alto de una roca a través de la vegetación. Solo el sonido de las mezclas rompe el panorama.
Cimafunk ha reconstruido la ciudad hasta volverla un viaje hacia algo indefinible. Solo veo el río, pero no los detalles de una traslación que se sucede con el poder de la noche surreal de este trópico.
Y mientras dentro del almendrón cantan y se desgañitan desafinadamente, me pregunto dónde está mi casa. Camino, la busco, pero solo oigo música.



