Una reflexión me lleva a plantearme las relaciones entre el reparto y sus orígenes sociales. Bourdieu habla del capital simbólico como esa vertiente de la materialidad que no se expresa en su manera toscamente entendida, sino a partir de nexos culturales en la propia esencia de los procesos sociales. Esta contradicción entre materia y espíritu que se da en el arte no reside en una expresión hipostasiada del pensamiento, sino que evidencia la conflictividad material de la vida. Dicho de otra manera: el capital simbólico se manifiesta como una sustancia propiamente conformadora de la materia. En el caso del reparto, hay categorías morales, sociales, culturales que entran en una crisis a partir de su uso ya sea como enunciado o como denuncia. El acriticismo de una porción importante de las producciones reside en la ponderación de estamentos vacíos de significado, pero que disfrutan de una empatía automática en sectores del mercado. El criticismo y la toma de conciencia —si bien se han dado en buena medida— aún apuntan hacia un fenómeno marginal en la centralidad del comercio cultural. Un reparto bastante considerable sigue fórmulas con un marcado tono sexista, donde la violencia y sus derivaciones persisten.
El análisis del crítico no moraliza, no señala, ni siquiera pretende que se compartan puntos de vista desde la teoría social o el abordaje de la cultura; sino que apela a una necesidad de pensamiento en el orden de lo simbólico. ¿Hasta dónde se va a permitir que exista una industria sin otra jerarquía que las fórmulas de mercado? La bestia negra se ha desatado desde hace mucho y ahora es como el genio fuera de la botella: meterlo no es una tarea humana. Esta relación casi orgiástica entre la industria y el reparto ha traído beneficios en materia de visibilidad, producción, acceso a los públicos, internacionalización. Pero también hay que mirar las cosas holísticamente: no es suficiente la crítica que se ejerce desde la conciencia del arte. Al contrario, existe una complacencia ciega con los productos. Criticar no es destruir, sino relacionar, cohesionar, imprimirle al producto otra mirada. El lector es libre de creer o no, de ponerse o no en sintonía, de dejarse llevar o de quedarse en su sitio. En todo caso, el ejercicio del criterio actúa como una guía que para nada se sostiene desde la moralidad, el prejuicio, el clasismo o intereses espurios.
Pero el reparto posee una genealogía que a ratos reaparece y que no expresa la totalidad de su ser, una que se vincula a procesos de marginación cultural concretos. Ese refilón pudiera ser usado como gancho para hacernos pensar, para que cuestionemos estructuras de poder y opresión, sin embargo, cuando se enuncia sin contexto, sin información de background, lo que se está llevando adelante es una validación. El espaldarazo se le da a lo peor de un subgénero y no a sus muchas aristas loables. Pienso en cierto sector de la producción que no tiene límites cuando enuncia el sexismo y lo aplaude e incluso, cuando se refiere a la violencia real como manera de dirimir diferencias. Allí el reparto se convierte en un arma arrojadiza sobre los congéneres y deja de servir como producto cultural coherente. No estoy exagerando, ya que la exaltación de la violencia es también violencia y además crea el marco cultural para que ese sea el único canal para agenciar los problemas sociales. Dicho de otra manera: el reparto posee una conexión con una zona de valores que, si no los supera y los transforma irónicamente, deberá sufrir y constituirá su mayor debilidad de cara a la crítica. Al menos así lo veo, desde mi posición como consumidor.
Es imposible no observar detrás de la violencia en el reparto las relaciones socioclasistas excluyentes que han resurgido con la movilidad de cierta economía de corte privado. Me refiero a que el subgénero expresa las fricciones que hay hacia lo interno de esos sectores marginales que, aunque han recibido ayudas y beneficios, siguen flotando como rémoras y en ocasiones aumentan su presencia cuando las crisis son agudas. Esa es la porción seria de la crítica que no aparece en los espacios de ponderación de los productos. En su lugar, el gesto complaciente, condescendiente, es lo que prevalece ante productos que a duras penas son elogiados a partir de sus virtudes técnicas, mientras que el contenido revelador queda en la sombra del análisis. Por ello, el reparto está quizás perdiendo la oportunidad de transformarse en la banda sonora de la actual crisis económica cubana y de hacerlo inteligentemente. Con contadas excepciones, lo que se trabaja es el enunciado, la ponderación de gestos hostiles y de poder adquisitivo. Si el reparto se detuviera sobre estos significantes y los pusiera en un sitio incómodo ganaría muchísimo más y sería el mensajero de estos tiempos.
Pienso en un reparto que he visto a retazos en obras como la de Wampi por ejemplo, donde existe la intención de subvertir desde adentro los puntos críticos del subgénero a partir de una relectura simbólica con apoyaturas visuales. Sin exagerar ni sobreinterpretar, ahí hay un giro interesante en el cual ya no vemos el enunciado, sino su contexto, sus derivaciones. Hablo de un estilo que a la par que mantiene el ritmo, se aparta del canon marginal para usar esa distancia como enfoque. Wampi ha hecho videoclips interesantes en materia de símbolos en los cuales el discurso discurre a partir de una asunción irónica de la crisis y el lenguaje marginal. Esos puntos socioclasistas son abordados a partir de una visión inteligente y crítica en la cual no hay complacencia y donde la solución no reside en la violencia misma. Se actúa desde adentro para sacar las manchas del mundo, exponerlas, hacerlas brillar y desaparecer bajo el foco del arte. Todo eso sin que se eluda la pertenencia cultural a un reparto canónico, pero no ciego ni mudo ante los problemas reales que subyacen en su genealogía. No hay una actitud renegada, ni culposa, eso no es lo que se persigue, sino que se apela a mecanismos de toma de conciencia a partir de decir la verdad sin que se quede en el enunciado. En videos donde se alude a la situación eléctrica de Cuba, Wampi nos ofrece el contexto, las reacciones de la gente, el universo significante, las derivaciones culturales. Todo lo que puedo decir en ese sentido va en la dirección a desmontar el mito del subgénero como causa perdida y remontar su oportunidad como plataforma válida.
Mencioné a Wampi porque en este espacio de crítica de Lucas he abordado su obra, pero hay zonas interesantes en la misma industria que utilizan la genealogía cultural del reparto con fines artísticos. No es el caso canónico de Bebeshito —obviamente—, pero sí de otros tantos cultores quizás no tan virales, ni tan puestos en la cima por los productores musicales. La dirección correcta de todo criterio que se asume con algún viso de especialización es actuar de forma responsable. Por ello, creo que el reparto no es cancelación pura, sino una vertiente poderosa para que podamos entre todos —público y producción— llegar a un buen puerto de consumo.
Las aristas de análisis son muchas en torno a este asunto, seguramente en este espacio volveremos a tocarlas. Por ahora, prefiero que sea el público quien luego de leer llegue a mirar el reparto con otros ojos, más allá de la ponderación de lo mismo.



