¿Las baladas románticas ya no se cantan?

Un reciente análisis de un videoclip de Danilo Paris para este espacio crítico de Lucas me llevó a una reflexión más allá del producto en sí: ¿qué ha pasado con la balada romántica en nuestra producción musical? Más aún, ¿por qué escuchamos menos ese género en estos tiempos cuando ha habido eras en las cuales las listas de éxitos estuvieron copadas por dicha sonoridad? El cambio cultural de inicios del siglo que corre tuvo un punto de giro hacia mediados de la segunda década, con la eclosión de los géneros urbanos fusionados con ritmos caribeños. El mercado comenzó a privilegiar en las listas de reproducción latinas aquello que estaba en línea con el reguetón y sus derivaciones y, a mi juicio, se inició una etapa de reeducación de los gustos en la cual lo bailable e incluso lo hedonista ocupó un mayor rango. No me refiero con esto de manera despectiva al reparto ni al trap, sencillamente dibujo una tendencia que hizo que otras palidecieran de forma momentánea.

Viví los años de inicios del siglo, allá por 2002, 2003 y 2004 cuando en el IPVCE se bailaban los temas ya extintos del grupo Cubanitos 2002. Era un reguetón primario, básico, con un background reconocible y evidente, poca realización sonora y una línea melódica simple. En paralelo, en las fiestas de quince y demás motivitos sociales se oía a artistas españoles que en ese momento estaban en la cúspide de su carrera y que cantaban baladas. Tal era el caso de Andy y Lucas, David Bisbal, la Oreja de Van Gogh. Eran la banda sonora obligatoria. No había Internet, nadie tenía celular, los equipos portátiles reproductores de música eran escasos. Únicamente Lucas y un Colorama que estaba aún en la preferencia marcaban las líneas de nuestro consumo. Sin embargo, debo decir que lo que escuchábamos era mucho más variado, diverso, apuntaba a más registros sonoros y nos formaba musicalmente en un crisol más ambicioso. Algunos de mi generación abandonaron las aulas de ciencia y se volvieron cantantes, todo gracias a aquellos momentos de socialización.

Como parte de mi análisis, supe por mi esposa (ella es una fiel seguidora de las noticias de artistas en redes sociales) que Danilo llegó hace relativamente pocos años al exterior y que —casi en el anonimato— comenzó a darse a conocer otra vez, a partir de un video que hizo en el carro. Me sorprendió que un joven con sus actitudes, demostradas desde niño, no tuviese aquí el espacio y la oportunidad para sobresalir, máxime cuando vemos cómo a diario salen exponentes de la música urbana y hallan no solo las oportunidades nacionales, sino la posibilidad de una extensión hacia el mercado externo. Pareciera que para un tipo de arte y de talento sí hay un nicho de crecimiento, pero para otros no. Y eso preocupa en materia de promoción y formación cultural. También he visto, no sin atención, cómo hay muchachos graduados de las escuelas nacionales que dedican su talento a los géneros bailables o el espectáculo y de alguna manera descuidan el cultivo de un camino propio. Lo hacen porque ese molde les impone una sobrevida. Si fuese por elección, estaría excelente, pero no cuando es casi la única vía de proseguir con una carrera. En un país donde las salas de concierto se han deteriorado y casi no existe un circuito de consumo de música clásica se entiende que los talentos rehúyan de un formato que nada les ofrece.

En resumidas cuentas, no quisiera ser absoluto, pero creo que lo que está pasando con los géneros que se imponen en las listas y los que desaparecen tiene que ver con el diseño sociocultural del momento histórico que vivimos. Es más una cuestión profunda relacionada con las expectativas de crecimiento y los nichos de oportunidad generados por el sistema de promoción y producción musical. Hay una genealogía de la sonoridad que a veces la crítica desdeña y que hunde sus raíces en análisis más holísticos. Aquí hay que relacionar varias aristas: estructura socioclasista, funcionalidad de las instituciones, vínculo entre los grupos sociales y el consumo, representación simbólica del ideal colectivo mediante el arte. Escribir sobre música tendría que ser, a la vez, un acto sociológico, no solamente un suceso accidental que reseñe este o aquel video o entreviste a los artistas.

La sociedad cubana ha atravesado por sucesivas crisis marcadas por la emigración, la desestructuración de componentes, la reapropiación de identidades. Por eso existe un cisma en el consumo, una separación que conduce a un extrañamiento en las listas de reproducción. Desde la balada pop de inicios del siglo al estallido de los géneros urbanos podemos trazar un arco preferencial en el cual se sitúa la psicología de, al menos, tres generaciones de cubanos que hoy conviven.

Los cambios en el consumo pudieran estudiarse dentro de una categoría más amplia en los acercamientos de audiencia. Es preciso trabajar esa segmentación para conocer cuáles son las expectativas de las generaciones y poderlas mirar más allá de la simple reseña o la lista de éxitos. Hasta ahora la crítica ha enunciado, pero tendría que ser un motor de transformación en el escenario más ideal posible. Entonces, la casi ausencia de la balada romántica en la producción musical obedece, en mi opinión, a condiciones contextuales que por momentos llegan a coartar de una forma no consciente. No es un plan revelado, sino más bien un subproducto sociocultural de un plano aún mayor de representaciones colectivas en un imaginario. Así ha pasado en cierta medida con los géneros más tradicionales, convertidos en objetos museables que solo a veces la genialidad de conjuntos como la Orquesta Failde traen de vuelta. Es que se requiere de mucha maestría para recolocar un formato que el mercado ha puesto en un sitial más abajo en materia de ganancias. Pero a la vez debería ser parte de nuestra política cultural no dejarlo a la buena del Señor.

En resumidas, la métrica en cuanto a los géneros musicales no solo existe en materia cuántica sino en tanto a cualidades, contexto, validación subjetiva. La ausencia de determinado formato pudiera no obedecer realmente a una preferencia consciente de los públicos, sino a realidades socioculturales atendibles. Ahí, la labor de la crítica pudiera establecer pautas metodológicas más allá de la simple reseña de lo que se escucha en las emisoras. Se trata de un acompañamiento total, en el cual el enfoque rehúya del intelectualismo e intente generar ideas para la concreción de políticas públicas en la arena cultural. Algo que, aunque previsto en teoría, aún pareciera una quimera o en el mejor de los casos un enunciado de buenas intenciones.