Diógenes y el espejismo del consumo

La pasada semana le dediqué, en este espacio de crítica, mis reflexiones a un tema de reparto donde se alude y parodia la música clásica. En cierta medida, la reflexión estuvo motivada por el interés que me mueve en torno al género urbano como fenómeno sociocultural que —a mi entender — merece un acompañamiento y una jerarquización consciente en cuanto al consumo. Uno de los procesos más duros y complejos a lo largo de años de producción audiovisual en Cuba ha sido el del criterio. Se requiere un alto nivel de especialización, aprendizaje y ejercicio. Desde el lamentable deceso de Rufo Caballero hemos necesitado de procedimientos deconstructivos que estén a su altura en cuanto a nivel teórico y capacidad de análisis. Una vasta producción de videoclips no estuvo bajo el escrutinio del Caballero de la crítica. La huella entonces ha sido larga, así como la ausencia de esa sombra bienhechora.

El momento es diferente. Hoy los públicos deciden qué, cómo y cuándo consumir. La antigua verticalidad de la televisión ha sido desmontada. El videoclip ha debido adaptarse a un ecosistema donde convive en las plataformas digitales con muchísimos formatos que llaman la atención y que no exigen necesariamente un esfuerzo deconstructivo. Influencers, reality shows, trasmisiones en vivo que se roban el espacio. Eso crea una disonancia en el consumo. La gente no está muy concentrada, salta de un lado a otro o mueve la pantalla, sencillamente porque el dispositivo permite un consumo infinito, lleno de luminiscencia que atrapa de manera momentánea, sin que sea necesario llegar a la profundidad de nada.

Ahora más que nunca el consumo, lo masivo, desmonta nociones antes sacrosantas como pilares de la realización. Videoclips que poseen una acabada factura, un pensamiento de fondo y una canción potente; pierden la batalla por los clics ante otros que sencillamente están compuestos por personas bailando. Es lo simple contra lo complejo, en un mundo donde el éxito se mide mediante rentabilidad y costos de producción. El resultado ha sido que rápidamente el formato videoclip está siendo cuestionado por los especialistas de imagen como una estrategia de marketing. El cierre de MTV estuvo —hasta cierto punto— relacionado con la transformación del ecosistema. No es que el videoclip ya no posea un peso esencial como género, sino que la exigencia hoy está colocada en la hibridación mayor, las alianzas entre plataformas, el trabajo publicitario y el peso de la industria en la concreción de discursos estéticos.

Entonces, dejarlo todo al clic es muy peligroso. El hit parade de cualquier espacio donde se mida la audiencia de la música actual nos arrojará una uniformidad del consumo que asusta. No se trata de nuestra negativa a reconocer que el género urbano esté entre las primeras preferencias, sabemos que existen otras realidades y nos asiste el deber de darlas a conocer y jerarquizarlas más allá del algoritmo. Esa tarea, con respeto, seriedad y justificación teórica, compete a la crítica. Y es que la música también participa en la memoria histórica y como crónica de lo social está llamada a diversificar su tono, sus aproximaciones. El deber resulta mayor cuando miramos más allá del forcejeo contemporáneo por el éxito. ¿Cómo nos verán las futuras generaciones que revisen los videoclips del presente? Quiero pensar en una perpetuidad sana del consumo que permita una conceptualización de la cultura, un criterio complejo y un espectro mayor en cuanto a sonoridades.

La posmodernidad digital exige que las cosas funcionen ahora, pero el mañana se diluye en un algoritmo, va quedando detrás en el buscador de Google y termina siendo basura informativa, apenas una traza. Es también deber de la critica ponderar el videoclip como arte y no meramente como producto. Hay que poner el ojo ahí donde el formato se está devaluando hasta dañarse y reforzar aquellos puntos que señalan hacia aristas evolutivas, ya sean en el reparto u otros géneros. Por eso vi como positivo que un tema popular comenzara parodiando la música clásica. Quizás los jóvenes inicien por ahí su camino y terminen buscando más información e incluso motivándose por el estudio y la historia de la creación sonora. Todo arte posee una función pedagógica, si bien este no será nunca solo pedagogía. Y tal complejidad, tal bosque de signos, será siempre defendido en este espacio, con la finalidad de hacer que crezcan las posturas, que reverdezcan y puedan en un futuro darnos sombra.

La dictadura del clic no debe determinar todo nuestro consumo. Habla acerca de una parte de la verdad, pero no toda. La tecnología posee la capacidad de señalar la estadística, pero el buen gusto es subjetivo, no cuantificable. La respuesta seguirá estando en la hibridación, el estudio y las alianzas. No en negar las plataformas, ni mucho menos pretender que el orden universal del pasado volverá. Los cambios de este siglo no son solo referentes a internet, sino transformaciones antropológicas que trajeron nuevas estructuras para cualquier tipo de acción.

No podemos cerrarnos, ni hacer como MTV, que cometió su propio suicidio por inanición. Lucas seguirá siendo una plataforma sui géneris, donde se mezcla lo posmoderno con lo convencional, lo digital y lo analógico. Un dispositivo híbrido de jerarquización que realiza cada semana un esfuerzo deconstructivo. No hay aquí una pose de superioridad, ni la pretensión de dictaminar; sino la de tomar un mechero encendido y en medio de las complejidades del presente harto conocidas, emular al vejo filósofo Diógenes, quien buscaba a plena luz del día un camino existencial que le devolviera los pilares del autenticismo más llano e imprescindible.