Let me fall in love, videoclip de Prince Brenny Kieer y dirigido por Usi Fonseca hace una invitación irrechazable: explorar el cuerpo como territorio; laberinto capaz de albergar placer y dolor, amor y odio, luz y oscuridad, risa y llanto, en pares infinitos que nunca terminan sino con la muerte.
Una figura de capa negra cual corsario aparece en la bruma gris de un espacio cerrado, un torso desnudo encadenado se retuerce, un hombre envuelto en sogas parece cumplir una penitencia con la espalda pegada a unas tuberías viejas, un joven tatuado de uñas negras largas deja ver la expresión de un grito…Y delante de cada imagen se teje una telaraña de la que cada personaje (todos hombres y uno solo), varios en metamorfosis Todas son imágenes del video musical que recién estrenó el programa Lucas.

«Si algo define transversalmente las prácticas culturales contemporáneas, [entre ellas el videoclip] es su insistencia en el cuerpo humano como campo de reflexión, como referencia y como objeto artístico». Let me fall in love (Déjame enamorarme) es un ejemplo de ello. Aquí el cuerpo se resignifica, acude a la experimentación para ser representado y se abre como un caleidoscopio de identidades múltiples.
La propuesta se apoya en el performances, la gestualidad corporal, la fotografía y el maquillaje para construir un discurso narrativo donde el cuerpo está atrapado. Un cuerpo cuya representación no está exenta de sexualización. La puesta escena, iluminada a partir de colores fríos, hace de la penumbra y las atmósferas de humo un recurso válido. El centro discursivo del video musical es el cuerpo, cuyo tratamiento artístico vincula el boddy painting con un maquillaje que bebe del gótico. Las manos alcanzan en el video un rol protagónico desde lo danzario: dedos abiertos que rompen la cuarta pared y en primerísimos planos.
En lo formal, los movimientos de cámara son arriesgados; buscando sincronizar el ritmo musical con lo que visualiza el espectador, a tal punto que descoloca el centro de gravedad del cuerpo haciéndolo girar. Estamos ante una narración audiovisual que deja el final abierto, pero se asegura de legar una metáfora con pregnancia: el cuerpo es un territorio artístico, a veces diabólico, otros instintivo, salvaje y siempre como un espejo de múltiples identidades.



