Como parte de esta serie de reflexiones en torno al aniversario de Lucas he querido detenerme sobre un tema recurrente en los debates: la promoción del videoclip. No es que en estos momentos existan otros espacios de mayor impacto que las redes sociales; sino que, en mi opinión, aún no se ha comprendido del todo la esencia totalizadora de esta arista del trabajo sociocultural. A menudo creemos que se trata de la televisión, algún que otro evento o gala. Durante décadas, la única divulgación de la obra audiovisual fueron esos medios tradicionales, sin embargo, el cambio de paradigma del universo digital movió los horizontes. A la jerarquización de la institucionalidad le sucedió la presencia de un mercado que se rige por el algoritmo y las ventas. Al presupuesto le sobrevinieron otras tantas mentalidades vinculadas a la noción de rentabilidad. Poco a poco, lo que era algo casi artesanal, hecho con las voluntades resistentes de determinadas cabezas pensantes; tomó forma, creció y se unió a las grandes tendencias globales. En el recorrido de la comercialización y promoción del videoclip cubano, el papel de Lucas fue imprescindible.
Cuba ha contado en Lucas con un fenómeno diferente. Mientras que en otras áreas solo se pensó en vender, en la creación de marcas y tendencias sin otro valladar que las ganancias; aquí hubo una conciencia del proceso. No quiero decir que seamos más puros que nadie ni que miremos el arte como una cuestión cuasirreligiosa e intocable. No es el caso. Lucas ha sabido estructurar una jerarquía del videoclip en la cual, mediante la más absoluta democracia, los públicos deciden cada semana la parrilla de lo más pegado. Las métricas no solo se hacen a nivel de audiencia digital, sino en las emisoras analógicas. A su vez, se tiene en cuenta el impacto de calle. Todas las percepciones son bienvenidas en la conformación plural de las tendencias, los estilos y las formas de afrontar el proceso creativo. Sin embargo, Lucas no puede lograr todo eso en solitario. El acompañamiento de las instituciones —si bien sí ha estado— se hace sentir más en cuestiones consabidas que en la creación de una conciencia del fenómeno artístico. Me refiero a que se sigue mirando el videoclip solo como un producto audiovisual terminado y no como el campo de trabajo experimental que se expande de manera constante y que usa la realidad como materia prima.
Se requiere de una toma de interés conceptual que, a la par que participe en la solución logística del proceso, entienda que todos debemos ir más allá del enunciado, de las intenciones y de la mera reseña. La caída en picada de la crítica, su ausencia de los espacios de mayor audiencia, su escasa vinculación con los centros donde se decide el consumo; han sido puntos que enajenaron el arte con respecto a sus variados filtros y lo han puesto en más de una ocasión a dar palos de ciego. ¿Cómo entender la divulgación si no sabemos lo que es jerárquicamente estético? Y no hablo de un árbitro de la belleza o de una voz que dicte donde en realidad debería primar la libertad de consumo, sino de una columna que sirva para apuntalar los procesos y no dejarlos a su propia deriva. Desde la desaparición de Rufo Caballero tenemos esa deuda con el público que no sabe por qué en ocasiones está viendo un producto y confunde lo que abunda con lo que posee calidad. La visibilidad de unos es la invisibilidad de otros.
La divulgación es más que poner en la parrilla determinado programa, invitar a los realizadores y hacerles las preguntas de rigor. Por desgracia, desde hace bastante tiempo eso es lo que estamos viendo. La crítica con filo, medular, es cosa del pasado. Todo nos parece bueno, remarcable. Felicitamos a los realizadores, no establecemos pautas, no hacemos recomendaciones. Diría que casi el único ejercicio de crítica lo lleva adelante Lucas a partir de sus jurados que cada año seleccionan, distinguen y realizan ejercicios de decantación. La desaparición de las ediciones impresas de las revistas culturales y los suplementos, la imposición masiva de la televisión importada y sus formatos, la ausencia de iniciativas endógenas; han llevado a la crítica a cohibirse, frenar su desarrollo y hacer, si acaso, tímidas apariciones. El papel de este proyecto de Lucas crece, se hace imprescindible, en momentos duros, cuando hablar de cultura y divulgación pareciera exigir lo imposible. No obstante, una obra no existe hasta tanto no se completa el ciclo de consumo y dejar esto en manos de campañas en redes sería confiarnos en la asimetría de un escenario demasiado poroso y alejado de la institucionalidad cubana.
A casi treinta años de Lucas, la producción y realización del videoclip sigue más viva que nunca, a pesar de que existen obviamente incomprensiones, frenos, burocracias e insensibilidades. Y es que, a la par, ahí también están el cariño de la gente, la dedicación de los artistas y el legado de quienes han decidido que Cuba es una tierra que merece la pena para hacer una obra. Faltan muchas cosas, se hace camino al andar. Se divulga como se puede y, sin embargo, se mueve, como diría aquel hombre que miraba las estrellas.



