Estar en el pellejo del otro

He visto con emoción el videoclip Daría de la banda de rock Los locos tristes. Conozco el surgimiento de ellos desde el Mejunje de Santa Clara y los espacios nocturnos de la ciudad. La evolución de este proyecto ha sido sorprendente, desde una presencia casi artesanal han pasado a materiales con un pensamiento y complejidad considerables. En la banda pervive una visualidad nostálgica, que está vinculada a la bohemia santaclareña hoy casi en extinción. Ese es el eslabón que los une con Cuba, a pesar de los cambios de contexto y el paso del tiempo.

Quien revise las entrevistas publicadas en internet verá que el origen del nombre de la banda está vinculado a un proceso de crisis personal. El arte, como medicina salvadora, no solo ofreció un empleo y un formato existencial, sino que transformó la vida de estos jóvenes que hoy mantienen su proyecto desde la ciudad de Nashville. Su cantante, que tomaba antidepresivos, colocó en el sobre de los medicamentos un cartel que decía literalmente: pastillas para los locos tristes. Daría es una pieza que se mueve en esa estética entre depresiva, melancólica y tierna. Hay una intención por resaltar cierta visualidad del cine de Quentin Tarantino, en el cual la violencia a veces es explícita, otras soterrada, pero casi siempre se mueve en una cuerda pop y termina emitiendo una señal performática. Se trata de una violencia irreal, usada con fines artísticos. Los locos tristes se fundó bajo el signo de Zammys Jiménez, una muchacha llena sensibilidad, cuya belleza interna es tan contundente como el talento que nos regala.

El video se mueve en un bar de Nashville, donde están presentes los elementos de la cultura de consumo norteamericana del siglo pasado. La visualidad toma de Tarantino los planos, los movimientos de cámara, el uso de la fotografía, el vestuario, la coreografía. Por momentos Zammys es Uma Thurman revestida de poder en su papel de la novia en Kill Bill. La referencialidad es intencional y conecta con un gran público consumidor de la cultura pop y las películas de culto. Quien se haya formado en los debates y en la bohemia santaclareña sabe que Tarantino está entre los íconos de cierta juventud que ya ronda los cuarenta años. No solo porque crecimos en un ambiente mucho más cerrado que el actual y buscábamos por entonces un universalismo que expresara nuestras inquietudes; sino porque de alguna manera la violencia performática, contenida, de esas películas, expresaba nuestra propia cerrazón generacional, así como el impulso energético por salir hacia el exterior (en todo sentido).

Los locos tristes es una banda que se conectó con ese afuera antes inalcanzable, pero mantiene el vínculo con Cuba. Sus éxitos en Lucas avalan no solo la calidad de las propuestas, sino un lugar en la industria nacional del videoclip. Se trata de un proyecto que entendió que el arte no va de afincarse en la defensa de un localismo a ultranza, donde prime más el folclore simbólico, sino en el uso de una fusión con el mundo que desemboque en algo diferente. Ahí están la tipografía tarantiniana, el disco de acetato que suena con su estática característica, el color amarillo en contraste con el rojo intenso y el negro, los televisores viejos que reproducen el propio video. Se trata de una pieza cuyos vectores de sentido apuntan hacia afuera, pero partiendo de una direccionalidad propia, autorreferencial. Incluso, en la frase recurrente: “Daría lo que fuera por estar en tu pellejo”, la pieza nos habla de una voluntad performática que trabaja con la identidad del otro, que la modifica y la evoca a discreción a partir de una tesis de arte.

Zammys está cantando, pero a la vez nos trae una presencia fantasmal que recorre toda la escena. Ese ser ausente, oscuro, pareciera por momentos un demonio que no osa decir su nombre y que llena con su terrible resonancia un vacío de significado. La pieza es, hasta la médula, posmoderna. El sujeto de la canción está elidido, la construcción de su identidad es un juego y la letra se adentra en pasajes que resultan apenas filtrados por alusiones metafóricas. La crítica debería develar, hasta donde sea posible, el núcleo de una pieza. En el caso de Daría estamos hablando del uso de elementos visuales del mundo del cine de autor para reconstruir una narrativa interna, subjetiva.

El sujeto lírico de la pieza vive en “otro pellejo” que la cantante añora, no sabemos si para vengarse o para tener una vida distinta. La pieza expresa en todo caso una tristeza estética que está en la base del proyecto y que aún en tierras extranjeras sigue siendo su sello. No hay locura, no hay una depresión profunda, sino la recurrencia a los símbolos de la soledad: los televisores enajenados que repiten imágenes, el disco que reproduce una melodía de antaño. Es como un trozo del cine de Tarantino perdido en un bar de los Estados Unidos. Una cinta averiada que alguien reproduce, sin saber para qué y, sin embargo, posee sentido, belleza, nostalgia. Creo que tanto Zammys como el resto de la banda son conscientes de este proceso de montaje artístico y referencial.

En todo caso, Daría usa el modo subjuntivo desde una gramática visual con el objetivo de construir un tono más allá de la tristeza. La banda se ha especializado en esas piezas que aluden a un vacío elocuente. El anclaje con la obra de Tarantino sirve como munición semiótica, pero el objetivo apunta hacia la concreción de un universo musical mucho más ambicioso. Se crea una atmósfera que —sin ser opresiva— transita por una sensación de rareza, otredad.

Los locos tristes son una banda que seguirá haciendo música desde lo más profundo de los Estados Unidos, conectada con la geografía y la estética de esos bares norteamericanos de barras largas, mesas metálicas, sillas uniformes, tocadiscos. Para ellos, el arte sostiene como condición perpetua una referencialidad cinematográfica cuya deuda es expuesta sin cortapisas. Ahí está la respiración de Tarantino. Sin embargo, no puedo dejar de recordarlos aquí, en un patio santaclareño, en medio de sus presentaciones y ensayos. Eso también es la cultura cubana. La creación se mueve, sufre transformaciones e influencias, vive en medio de una porosidad global. La tristeza que comenzó con un paquete de pastillas antidepresivas ha viajado kilómetros para seguir siendo la misma, solo que llena de un sentido de lo bello.

Hace mucho que no hablo con Zammys, quizás esta crítica le llegue como un recordatorio del recorrido de su obra. La memoria posee el poder de definirnos, pero a la vez nos otorga la posibilidad de lo performático. Tal como esboza la canción, a veces daríamos todo por estar en el pellejo del otro.