Un tin de clasicismo y de parodia

En las esquinas, los parques, los negocios particulares, los solares de La Habana, los juegos de pelota, las fiestas, incluso en las discusiones de calle; se está oyendo un tema. La música se torna viral a la par que la frase del estribillo asume mil y una situaciones de la cotidianidad. Se resignifican los giros, el tumbao, el ritmo. Un tin está siendo un éxito y no solo de las redes sociales. La gente lo hace suyo, se escuchan cosas como “imagínate, es que tenemos un tin de electricidad”, aludiendo a la situación energética. También ahí el cubano demuestra su ingenio y fuerza, ese impulso que lo lleva al uso del arte del choteo como arma para desacralizar los problemas.

El videoclip, producido por el sello Befocus Music —una firma especializada en la promoción, creación y trabajo con el género urbano— cuenta con los talentos de Payaso X Ley, Rowell Urban y el productor y compositor Ernesto Losa. Se trata de una arriesgada apuesta dentro del reparto porque reúne en poco espacio un conjunto de registros sonoros que pudieran parecernos fuera de formato. Sin embargo, la propia producción logra la organicidad entre los ritmos. La introducción que parodia el canto lírico —también en tono de choteo, sobre todo en la frase “suavinol con cola”— nos traslada hacia la pantalla una escena de extrañamiento. Es una ruptura con lo esperable. En lugar de la fórmula visual consabida, el video nos lleva hacia un escenario, con pelucas del siglo XVIII, partituras, telones. El intento de jalonar el reparto hacia otras esquinas y de “contaminarlo” con la música clásica resulta cómico a la par que acertado, ya que nos expresa la universalidad del arte, así como la posibilidad de que el género urbano se mueva y entre en resonancia con la hibridación de formatos, nos devolviéndonos a fin de cuentas algo totalmente fresco.

El reparto está en un viraje a partir del consumo masivo como resultado de su apoteosis en la industria. Este tipo de fusiones puede ser cada vez más habitual. La razón reside en que el género abandonó los márgenes, se situó en la centralidad del mercado y necesariamente atraviesa un proceso de transformación. No es pérdida de la identidad, sino reconocimiento de que para llegar a todas partes se debe poseer un diseño lo más exacto posible de lo que beneficia a los públicos. El reparto se está saliendo de su circuito latino y caribeño. Una amiga de Canadá, que estuvo hace unos meses alojada en el hostal que colinda con mi apartamento, me lo decía. Allá en su país se esta oyendo el género urbano, aunque muchas veces no entiendan las letras. La música, la visualidad, todo el trabajo de producción, son los puentes hacia esos otros públicos. La gente puede no saber de qué va todo y aún así bailar. Entonces no es extraño que se eche mano a la ópera, como en este caso, para lograr un efecto determinado ya sea de extrañeza, humor, parodia o intertextualidad. En todo caso, la mezcla va a depender de la capacidad de los artistas para lograr que no veamos un bache entre lo clásico y lo moderno, entre la parodia y la urgencia de traernos un producto serio, bien elaborado, con todos los elementos internos que corresponden. Creo con franqueza que este videoclip logra sus objetivos: divierte, conduce a la celebración, ofrece un camino diferente para un género que también tiene sus propias cortapisas y limitaciones. El reparto o se renueva o no alcanzará la diversidad de públicos que la música y el consumo global imponen. Esta es una respuesta a tales exigencias. Lleva pensamiento, sentido del mercado, pragmatismo, pero también cultura, sagacidad.

Ahora bien, el resto del videoclip adolece de esa novedad de los inicios. Se vuelve a apostar por la fórmula comercial y lo que pudo ser un rejuego con el pastiche y la parodia mordaz se torna una sucesión de personas en medio de una coreografía. El giro, funcional, no se sostiene, sino que se renuncia a él. El reparto se torna lo mismo luego de esa fusión acertada. Quizás la producción no quiso ir más allá porque teme que el pacto con el consumo se rompa demasiado. En todo caso, lo que enseña este episodio es que los públicos reciben orgánicamente los experimentos, los deconstruyen a partir de las exigencias y los comprenden. El canto lírico de los inicios es lo primero que distingue al tema en los bicitaxis y carros de alquiler cuando pasan por las calles. Ese es el sello, lo que marca la posibilidad de un ritmo diferente, de un viraje en el reparto. Quizás estoy exagerando un poco, a lo mejor el video posee otros valores que no pondero del todo en esta crítica. Pero no caben dudas de que si algo puede posicionar el género urbano al alcance de un público global son las fusiones musicales y tal procedimiento ya se ha venido dando. Hemos escuchado mezclas con la salsa, con el pop, con el jazz latino, con la timba y el guaguancó. ¿Quién quita que mañana ocurran otras tantas interacciones de formato?

Uno de los discos que conforman mi banda sonora habitual es Bach to Cuba, un proyecto del 2006 bajo la dirección del maestro Emilio Aragón y la Sinfónica de Tenerife. La idea conecta los Conciertos de Brandemburgo de Johan Sebastian Bach con instrumentos de percusión cubanos. Resulta grato escuchar entre los violines un solo de bongó o la mezcla de las claves con el clavecín. Algo así me recuerda este videoclip en su introducción. Aragón hizo el disco con la idea de recrear cómo hubiera sido la música del maestro alemán en caso de visitar Cuba. Un tin roza la posibilidad de que un día Handel o Vivaldi se fusionen con el reparto ¿por qué no? Una de las cualidades de la música en la posmodernidad es precisamente la parodia. Se trata de una autorreferencialidad que vemos también en el cine, la literatura, las artes plásticas. Los clásicos se traen hasta el presente, se reactualizan.

Un tin incluye ese toque breve del inicio, se mueve entre dos aguas y de alguna manera nos sugiere la posibilidad de un contrapunto entre los formatos. No olvidemos que eso hoy llamado “clásico” fue en su momento popular. La gente común iba a los teatros, se peleaba por los asientos más baratos —el conocido gallinero— para tararear muchas veces de pie las arias de Verdi. No eran bichos raros, sino los mismos que hoy bailan en una esquina, prenden la música con toda estridencia, disfrutan de un tema, se dan unos tragos de ron y juegan dominó. El reparto puede fusionarse y seguir siendo funcional, sin traiciones hacia el formato, sin perderse.

Este espacio de crítica ha defendido la posible hibridación del reparto como una de las salidas evolutivas del género urbano. No porque creamos en la moralización barata —líbrenos la fortuna de ser así— sino porque todo formato requiere de adaptarse a un ecosistema de consumo para sobrevivir. Ya sabemos que no está en los márgenes, que no se produce y oye solo en los sitios apartados de la industria. Poco a poco, las fusiones irán indicando las derivaciones del ritmo. El reparto está vivo, es un fenómeno cultural y como tal, posee una genealogía creativa. Toca al criterio especializado la tarea de darle seguimiento a los procesos de mezcla, estancamiento, banalización o revitalización que puedan ir apareciendo. Un tin es parte importante del fenómeno descrito. Espero por más atrevimientos.