Cuando las lágrimas de Cristo son negras

La belleza puede ser atrapada en una imagen que la resuma de manera desgarradora y sin concesiones. La adaptación del tema Como los peces de Carlos Varela por parte de X Alfonso no es algo que escape a un lenguaje oblicuo, poético. Al contrario, apuesta por el mismo tono original de la canción que funcionó como un himno de generaciones marcadas por varios sucesos de índole sociocultural. En este mundo de redes sociales, a veces creemos que lo más comercial reside en las fórmulas fáciles, digeribles, que dicen poco o reiteran, que no se arriesgan. Sin embargo, a mí en lo personal no me sorprende que un tema como este revuelva todo el ecosistema de consumo y logre una conexión entre personas de uno y otro tiempo. Es cierto que Varela escribe con enrevesamiento, pero sus claves están tan bien teledirigidas que nos siguen hablando.

No voy a referirme solo a la realización puntual del videoclip. Hay algo mayor detrás. Existe una conciencia de país. Y eso los artistas de verdad saben lo que es porque se percibe como una resonancia que las propias metáforas apenas dibujan. Funciona como un terremoto de símbolos que conducen a una floresta de imaginerías colectivas, anhelos, sueños y concepciones íntimas. Obviamente, se trata de un material profundamente sólido desde el sentido técnico, con el uso de un pez que recorre la escena y nos sirve como leitmotiv. No sabemos si la ciudad ha sido abandonada o está sumergida, si la oscuridad que allí reina es postapocalíptica o apunta hacia el inicio de algo nuevo. La reinvención del espacio citadino a partir de la soledad es un recurso que —aunque algunos pueden ver como manido— sigue dando réditos. En este material, además, X Alfonso canta con un tono un poco más pausado, como en susurro, elidiendo la estridencia rockera que por momentos es usual en Varela. Quizás porque existe ahora una mirada más realista, centrada en el transcurso del tiempo. Las obras no envejecen, pero dialogan con los hechos y se contaminan con ellos.

Carlos Varela tiene una historia en la cultura cubana. Es la voz de una generación intermedia, que vivió tiempos transicionales y, sin embargo, cuando oímos su música percibimos una sensación de permanencia. ¿Por qué nos sigue hablando? Hay varias capas que explican el fenómeno. En primer lugar, la relación entre el poeta y su realidad. Allí funcionan conexiones de tipo humano, cultural, interpretativas. Pocos como Varela logran captar el sentimiento del cubano, quizás el otro gran referente en la canción sea Silvio Rodríguez. En segundo lugar, la conflictividad, la ruptura honesta, ese quiebre que se asume hasta las últimas consecuencias y solo un artista es capaz de sufrir/sublimar. La creación es una doble vía, por una dirección van los significantes emitidos por la voz autoral, pero por la otra, ocurre el feedback de la sociedad y las estructuras de poder. Obviamente que esa inquietud entre el apego y la emigración —vistos no como simples sucesos espacio/temporales, sino como metáforas dentro de un lenguaje más ambicioso— recrea en los públicos una resonancia. La gente siente que no está consumiendo algo que mañana olvidará. No estamos hablando en la misma cuerda de cualquier producto musical, sino de la hondura del arte.

¿Qué decir de X Alfonso? Nos ha acompañado desde sus primeros éxitos hasta hoy con ese sello suyo que tanto extrañamiento nos generara. La maduración del artista ha traído consigo asumir debates que quizás parecieron externos a su obra en algún momento, pero que ahora ocupan la centralidad. Esta resignificación de la pieza de Varela retrata, con la sutileza más potente, el sentimiento del propio X, quien creció en una Cuba fragmentaria y difusa, a ratos llena de esperanza, pero al cabo en la tormenta. De manera que el arte funciona como un dispositivo de comunicación entre los tiempos de las dos figuras y a la vez tiende un puente al público para que se suba a una canción que navega por el silencio de las calles.

Una pregunta, al menos para mí, asalta en cada uno de los planos de este video: ¿adónde fueron todos? Y no hablo del fenómeno periodístico, del análisis frío de las estadísticas o del peso demográfico. Me refiero a la sustancia metafísica de la cual está hecho este producto audiovisual: la soledad. Una sensación que no nos abandona y cuya elocuencia se dispara en los acordes y frases que resumen la verdad poética con mayor esencialismo. Podemos estar en un sitio físicamente, pero no de forma consciente, racional. Se vive en una porción de la ciudad, pero no existe una conexión con el horizonte de manera tal que entendamos hacia dónde nos dirigimos. Tanto X Alfonso como en su momento Varela prefirieron traducirlo con imágenes, pero la crítica debe hacerlo con una prosa más explícita. ¿Adónde fueron todos? La pregunta queda en el aire y califica como un signo en elisión, locuaz, lleno de poder.

Hacia el final del video podemos apreciar un conjunto de lugares de La Habana vinculados a lo religioso, pero no como un apunte folclórico, ni siquiera en la cuerda de la fe más honesta; sino que se utiliza esa visualidad urbana para evidenciarnos la ausencia de un significado ante el vacío. Lo que tenemos aquí no es un discurso a favor de ninguna de las denominaciones, sino el uso contextual de la fe como un vector de sentido. El Cristo de la bahía como imagen casi final no nos lanza a las manos del evangelio, sino que ilumina todo el videoclip y funciona como una elipsis. Los artistas no son profetas, pero dibujan con sutileza. Cuando el horizonte no puede definirse, surgen los símbolos universales. Aquí, el crucificado llora, pero no aparece ya en la cruz, sino con un mensaje de esperanza dicho con sus manos. Esa bendición es la luz que nadie espera, el único instante en que algo nos habla. Hasta ahí, el pez estuvo nadando en silencio. De hecho, hay un trabajo de humanización de las facciones del animal que califica como de lo mejor dramatúrgicamente. Hay que anotar, no obstante, que las lágrimas de Cristo son negras.

No voy a referirme a la escena final del videoclip como un fallo en la construcción narrativa, aunque sí lo considero una literalidad innecesaria. Lo que se nos muestra —un pez ahogándose fuera de un vaso de agua— ya fue dicho en el transcurso.

X Alfonso y Carlos Varela, dos íconos cubanos narrando desde orillas temporales diferentes, pero conectados por la honestidad intelectual. Creo que se trata de un videoclip para tenerlo muy cerca, verlo muchas veces e interiorizarlo.