Aún está fresca en la memoria esa secuencia de imágenes en la pantalla de mi viejo televisor soviético en los años 90 del siglo pasado. En blanco y negro, de manera rítmica, aparecía un material que generaba sensaciones: melancolía, pérdida, extrañeza, conmoción por lo bello, tragedia, intensidad. «Sentimientos ajenos» de David Torrens se colaba a todas horas. Había algo más que un videoclip en aquel fenómeno. ¿Cómo nombrar lo que no conoces? En esa infancia ya lejana, la voz del artista hablaba de un amor con raíces dentro, de alas que no las detiene el viento y de la propensión a los sentimientos ajenos. En el video: una mujer embarazada usaba una plancha de metal sobre su vientre, quizás intentando aplanar lo que surge con turgencia. Ese detalle marcó una de las escenas más llamativas para aquella mente virgen y sin apenas golpes de la vida, con una visión ingenua e incompleta.
El tema de Torrens es grande porque tiene una tesis ambivalente. Hay un teatro dentro del teatro muy a la manera hamletiana: por una parte se dibuja la necesidad de asumir la propensión hacia los sentimientos del otro/otra, pero sabiendo que el riesgo está latente. Supongamos que el artista se circunscribe únicamente al plano de las relaciones humanas (de pareja): incluso ahí la canción se adentra en unas aguas movedizas bastante peligrosas. El amor cambia nuestra identidad queramos o no, ya sea porque surge una vida nueva o termina una vida vieja. Lo que hallamos todo el tiempo en la centralidad del material es la carga semántica de la complejidad de existir. Algo que para la Cuba de los años duros del Periodo Especial significaba casi un suceso extra dimensional. Solo pensábamos entonces en la sobrevida. Asumir los sentimientos ajenos sería —en aquel caso— saber que hallaríamos una humanidad dañada, una esperanza en gran parte rota y una estructura emocional quizás inestable. Hoy «Sentimientos ajenos» resuena con la vivencia de una nueva y terrible crisis. En 1998 era niño, hoy soy un hombre y puedo equilibrar la balanza y emitir un criterio como consumidor y crítico sobre uno de los videoclips que más nos marcaron.
Hay un arco dramático entre la mujer embarazada del inicio y una de las últimas secuencias, cuando una flecha disparada contra su vientre se convierte en una rosa. A la vez, como hilo conductor, un pez fuera del agua se mueve por toda la casa. Esos dos símbolos construyen un panorama secuencial que nos conduce a la ambivalencia antes dicha. Ojo, no he referido que exista ambigüedad. El vector de significantes se dirige de manera oblicua, pero directa hacia la tesis del material. Hay, no obstante, una voluntad manifiesta que evita dibujar el conflicto burdamente. Con recursos de la época —que aún funcionan— el director Ernesto Fundora logra un fundamento visual rico en signos, que avanza sin atiborrarnos. Las alas y las raíces son los dos puntos contrapuestos entre los cuales se mueve el mensaje, sin embargo —cuando miramos más allá— existe una estructura narrativa en abismo que nos devuelve el gesto. Quizás el logro del juego de espejos sea el éxito de este videoclip en materia conceptual. Vemos algo que también nos ve. Propendemos a los sentimientos ajenos de quienes propenden a nuestros sentimientos. Como espectadores no estamos ajenos al proceso de completamiento de sentido. El acto de consumo es el último y más definitivo que le otorga carácter de obra al producto audiovisual en tanto discurso.
Ahora me gustaría conectar algunos fragmentos semánticos que a mi juicio dialogan con una realidad mayor. En la Cuba de los 90 hablar de identidad era raro. Casi todos sentíamos que lo correcto era ser iguales, o al menos lo veíamos como inevitable. Hay una distancia entre eso y el aplanamiento claro está, pero en momentos de crisis las fronteras se tornan difusas y reaparece la enajenación en la masa. El ser se desdibuja en su contrapartida a partir de una necesidad por sobrevivir. Entonces, la identidad desaparece por momentos, o es tan débil que nos resulta un debate secundario. Fue en ese entorno donde muchos artistas (ya sea audiovisuales o incluso en la literatura, el teatro o las artes visuales) arreciaron con el discurso sobre el ser. Recuerdo que hacia finales de la década de crisis tuvimos varios exponentes que hablaban sin tapujos de cómo la depauperación social nos podía erosionar. La narrativa del realismo sucio —con exponentes como Pedro Juan Gutiérrez— es testigo. No se concibe un debate sobre identidad desde la inmanencia, el vacío o el estatismo. Somos corriente que fluye, somos ese pez que se sale de la pecera.
Por eso, creo que «Sentimientos ajenos» no habla solamente desde una porción micro, o a partir de los conflictos verificables en la pareja. Hay un vector más ambicioso que fluye por debajo de toda la narrativa y que solo al final sobresale, pero a la manera de un iceberg dejando gran parte sumergido. Ese debate nos incluye a todos e interpela la manera en que nos construimos en medio de las crisis: ¿quiebre total u oportunidad, trauma o crecimiento, resiliencia o desaparición? Ahí está la cualidad ambivalente que he señalado desde el inicio de este texto y que Torrens vincula mediante pequeños atajos visuales y sonoros.
Incluso, pudiéramos decir que el video se adelanta a varios de los debates más intensos que en los años 2000 serían parte del planteo de Cuba como nación ante una geopolítica cambiante que nos impone una matriz existencial. Eso, no obstante, tendría que ser material para otros acercamientos. «Sentimientos ajenos» alude, desde el título, a la forma en que enajenamos nuestros sentimientos y asumimos los de otros. En la otredad puede haber un sentido, si ello no implica una renuncia total a nosotros. Si perdemos la brújula, ya no estamos hablando solamente de amor y desamor, de desapego y desarraigo versus identificación y permanencia; sino acerca del vacío que nos dejan las grandes crisis. La obra nos propone avanzar más allá de su tesis inmediata y propone que la veamos como una cebolla con muchas capas. En la última secuencia, David Torrens incendia una horca que cuelga sobre su butaca. Ese plano, la soga ardiendo, se nos queda como una promesa: hay algo más allá de la crisis, no tenemos que desaparecer ni negarnos, no hay que lidiar con el suicidio ni real, ni metafórico, ni semántico. La apertura que este último sentido nos deja en el aire fue de un impacto tremendo en las mentes habituadas a lo monótono y uniforme.
Torrens se atrevió a hacer más de lo que se esperaba y lo llevó adelante con un lenguaje contemporáneo, sin estridencias, sobrio, haciendo uso de un campo referencial bien situado en el horizonte del público. Sus muchas capas no se superponen con torpeza, sino que son un juego de espejos en el cual nos vemos aún hoy.
La soga que arde quedará en la historia del videoclipcubano como el gesto del artista que decidió incendiar la angustia. No quedarse en silencio, no cantarla complaciente. Torrens supo (y sabe) el valor del fuego.



