Para aquellos que siempre hemos vivido con una banda sonora permanente hay autores imprescindibles. Nos acompañaron en etapas de crecimiento. A nivel social, pasa algo parecido, existen voces que conectaron con millones de personas y tradujeron sus sueños. Estoy pensando en fenómenos masivos, pero a la vez en artistas que, sin ser precisamente virales, representan la conciencia de un instante. En el caso de Cuba, hay dos voces que a mi juicio se tocan en esta sustancia semántica, solo que en momentos diferentes y con vectores de sentido contrapuestos: Silvio Rodríguez y Carlos Varela. Ellos dos representan lo más alto de una política cultural con logros, contradicciones, luces, sombras. Más allá de la relación institucional con sus carreras, hoy debemos decir que hay generaciones que siguen conectando con dichas obras. A pesar de que la épica quizás ya no sea la banda sonora de una realidad llena de matices, Silvio continúa marcando con sus temas y hay una generación que lo busca por su poesía y pensamiento. En tiempos de choques, consumo y banalización del mal, Varela funciona como un bucle al que volvemos para entender lo que somos.
Recuerdo de mis años más optimistas, quizás esa primera juventud o casi adolescencia, cuando comencé a degustar la obra de Silvio. Antes no podía, ya que se requiere de una visión adulta, racional, para hacerlo. Las canciones hablaban de un país o de una realidad que podía ser mejor y aspiraba a un humanismo total. Aquel idilio se pareció a los sueños de justicia, amor e igualdad de cualquier joven. Mis estudios de marxismo en la universidad, el acercamiento con la filosofía, trajeron el trasfondo con que asumí a Silvio. Era la oleada de la utopía, una que no requería demasiado contacto con la práctica. Casi en paralelo y gracias a mi círculo social de entonces, Carlos Varela se hacía presente. Conciertos en la plazoleta de la Universidad Central de Las Villas, presentaciones en el cine teatro de la ciudad de Santa Clara, noches cantando sus temas en las peñas de trova. Noté que había un contrapunto sutil entre uno y otro, una dicotomía. Mientras Silvio hablaba de lo posible, Varela se refería a lo concreto. Y a mí ni lo uno de lo otro me saciaba, sino que era más de equilibrios, de hallar en la confrontación de discursos una verdad intermedia y variable.
Silvio posee canciones en las cuales hay cosas como un unicornio azul que no se encuentra y que quizás nunca se tuvo, pero se sigue buscando, un rabo de nube, una gota de rocío, una melancolía, un corazón que se esconde. Varela nos habla del silencio de los peces, de un parque de diversiones abandonado, de Guillermo Tell peleado con su hijo, del oso Misha que entra en crisis y ya es extemporáneo. Son dos orillas de un mismo lugar, dos intentos de abordaje. No diré que uno es optimista y el otro pesimista, eso caería en una direccionalidad bicéfala demasiado burda. Tampoco que existe algún tipo de diferendo. La visión sobre lo social será siempre contradictoria, incluso en personas como Silvio. Allí están sus muchas batallas extra e intra artísticas. ¿Qué decir de Varela? Un hombre lleno de matices, inclasificable, casi un género en sí mismo, que se proyecta más allá del plano de la creación y logra un mundo muy propio. Hay que hablar, en ambos, de artistas totales que no pueden escapar de su medio, pero lo influyen. La correlación resulta dialéctica y auténtica.
No extraña entonces que en la banda sonora de un cubano convivan Jalisco Park con El Necio. Yo diría que, aunque a alguien de otro país eso le pudiera parecer una inconsecuencia, para uno de nosotros es parte de la identidad y de cómo nos explicamos y construimos una relación con el entorno.
En mi caso, no soy contemporáneo exactamente con estos artistas, ni siquiera era ya un joven con conciencia del arte en el momento de mayor éxito de sus carreras. Me llegó todo por ósmosis en la etapa formativa preuniversitaria y universitaria. Aquí naces y de pronto te encuentras con una realidad que determina tus debates. La metáfora de Heidegger en Ser y tiempo sobre el dasein (el ser ahí) o sea el hombre como un ser caído en este mundo nunca fue más precisa. Pudiera hablar de otros cantantes que participan de estas dinámicas de la cultura, pero creo que en estos dos va buena parte de la sustancia conflictiva. Silvio dibuja el deber ser, Varela lo intenta aterrizar. La verdad no está en ninguno de los dos, o al menos eso quiero creer, sino en un punto intermedio elegido por la persona y que se afinca mediante el consumo. No es que el arte cree una realidad paralela o la determine, pero sí se relaciona con su contexto y en muchas ocasiones es una expresión de sus núcleos más fundamentales.
De Silvio es entrañable su relación con el mundo de los años 60, los Beatles en concreto, a los cuales ha admirado. Hallo en las canciones del cubano un poco de la sonoridad optimista del mejor Paul McCartney. De Varela son otras sustancias rítmicas cercanas al metal, el hard rock, la balada rock y el rock sinfónico. Creo que sin dudas ellos bebieron de las tradiciones más universales y las trajeron hasta nosotros.
Tuve la dicha de estar presente en aquel concierto de Paz sin Fronteras donde ambos compartieron el mismo escenario, aunque en momentos diferentes. Quienes fuimos en guaguas, camiones, bicicletas, carros de todo tipo a ese suceso, conservamos la memoria de que algo estaba pasando en el país y, por supuesto, lo pensamos y soñamos con las bandas sonoras de dos de los grandes. Ello me lleva a reflexionar si, en la década que vivimos, otros hechos de trascendencia contarán con la concurrencia de sus voces. Seguramente sí. Ya hace unos meses vimos el remake de Sueño con serpientes junto a Chico Buarque. Ahora el de Varela junto a X Alfonso con el tema Como los peces. Dos orillas, dos mentes, pero una misma realidad llena de sombras.
En aquel concierto lejano de Paz sin Fronteras, Varela se apareció vestido de negro, como de costumbre, pero su pullover decía: yo tengo una camisa blanca. ¿Un mensaje de esperanza, una ironía o como siempre un acercamiento conflictivo? Tratándose de grandes creadores, nunca lo sabremos del todo. En todo caso, queda en el aire el regusto por seguirlos oyendo, de conservarlos como esa banda sonora que aunque chocante, rueda como un bucle.



