El videoclip Dormida de Danilo Paris aborda una dualidad de sentido. Por una parte un universo post apocalíptico en el cual todo se ha disuelto, se produjeron cambios catastróficos, descubrimientos, despoblación y abandono de las ciudades; por otra, la imagen de una mujer dormida, que no se entera de nada. Aquí hay una obviedad que le hubiera gustado mucho a Carl Gustav Jung: la del mito reactualizado. La princesa que permanece a la espera del amor verdadero. Pudiera parecer cursi, quizás hasta un lugar común, pero en medio de la producción audiovisual centrada en el reparto y demás géneros de índole bailable se agradece que surja al menos alguien, interesado en el rescate de la balada romántica. Dormida no trae nada nuevo, sin embargo el uso y la elección de la fotografía poseen una potencia remarcable. Hay una atmósfera lograda que trabaja con lo lóbrego, el abandono, los escenarios distópicos. En un mundo como el nuestro hablar del amor pareciera absurdo: hay demasiadas guerras ridículas, demasiadas tragedias y decisiones sin sentido. Danilo Paris tiene la valentía de recoger el mito del suelo, recolocarlo en su canción y darle vida visual.
Hay algo que me llama la atención de este material: no teme decir lo que siente. Cuando otros se contienen y sustituyen el amor por el sexo, cuando otros se evaden del dolor de la ausencia y el vacío mediante fórmulas hedonistas; este cantante prefiere el regodeo en el pasado perdido, como si la huella permaneciera indeleble entre nosotros y hubiese que gritarla. El videoclip me recuerda el inicio de los años 2000 cuando la balada romántica en español pareció regresar de sus cenizas de la mano de una generación de artistas que con el tiempo se ha ido desgajando. En mi memoria de estudiante de IPVCE están las horas oyendo a la Oreja de Van Gogh mientras me fugaba en un tren antes del pase. O también aquel estribillo de Tiziano Ferro que cantaba sobre las tardes negras, mientras me recostaba en el balcón del docente o leía cualquier cosa sentado en uno de los bancos de la escuela. Aquel mundo estuvo lleno de melodías sobre pérdidas, nostalgias, amores. Luego se produjo la era del reguetón, la del trap, el reparto y ahora estamos en este punto. Hay que darle las gracias a Danilo Paris por llevarnos a una generación, ya no tan joven, hasta un fragmento de aquellos recuerdos que son como iridiscencias apagadas.
Volviendo al mito del amor, Dormida me retrotrae al joven Werther de Goethe —salvando las distancias— y por ende conecta con una parte de la tradición literaria occidental. La canción es un mensaje para ella, la que espera en su sueño, quizás muerta, o simplemente en el pecho del hombre que le dedica unos versos. Hay una sonoridad que se agradece y que se mueve entre el pop y el rock. La fusión hace uso de los elementos puntuales para llegar a una tesitura musical exacta. No sobra nada en este sentido y todo se coloca para potenciar la voz del cantante, cuyo registro y fuerza constituyen el centro de la propuesta. La construcción artística posee dos apuestas muy claras en este material: la canción en sí misma y la visualidad. El rejuego entre ambos niveles del lenguaje posee un sincronismo pensado, coherente, que no reitera sentidos, sino que avanza cuadro a cuadro para evidenciarnos un universo de significantes. La muchacha está dormida en alguna parte de ese mundo que desapareció. Y de alguna manera lo que vengo diciendo en torno al romanticismo y la balada queda escrito mediante unos recursos que se usan con inteligencia y mesura.
La realización del videoclip leyó las claves de la letra y evitó en todo momento reiterarla. Esa naturaleza huidiza con respecto a la literalidad establece una reescritura a partir de los símbolos universales del abandono y la nostalgia. A pesar de que claramente se nos habla de amor, pudiéramos decir que los vectores de sentido apuntan hacia otros horizontes más amplios. La carga semiótica del videoclip nos habla de un mundo en el cual el humano es capaz de grandes descubrimientos, pero está perdiendo su hogar o lo ha abandonado. Esta traslación hace que la metáfora íntima alcance un punto externo y no se quede en el estanco preconcebido.
Algo sí debo señalar: el videoclip por momentos entra en un bucle que —aunque no repite el mensaje— genera una sensación de angustia que no se distiende con ningún plano. Esta extensión del conflicto mediante la visualidad no es precisamente un elemento que deconstruya el núcleo del producto audiovisual, pero quizás sí retrase, en materia de velocidad de consumo, la lectura que pudiera hacer el público.
Dormida se agradece en este tiempo donde tenemos que estar despiertos. No solo porque están pasando cosas extraordinarias que nos acercan a ese cataclismo (terremotos, guerras, tensiones, pérdida de identidad), sino a causa de la necesidad perpetua de un arte que sirva para rescatarnos del dolor y mostrar esas porciones más sanas y tiernas de lo que somos. Gustav Jung hablaba del mito como una conciencia perpetua y colectiva que incide en la conformación de la conducta y la concreción de imaginarios en la personalidad. Aquí el drama de la muchacha que duerme en medio del desastre reaparece en un videoclip posmoderno que echa manos a los registros de una tradición romántica.
Sin dudas, el videoclip demuestra con este tipo de producciones que su vida se asemeja más a un ciclo —una constante de Sísifo por ejemplo— que a una línea teleológica. En el camino, volvemos a encontrarnos con los mismos personajes y mitos, pero vistos desde el tamiz de un mundo que decae poco a poco y a pesar de todo no renuncia a soñar. El arte posee un lenguaje universal, uno que utiliza la tecnología, sin embargo, se erige sobre los significantes de antaño y bebe de la vieja poesía. Goethe hubiera visto con gesto familiar el videoclip Dormida, quizás hasta habría escrito una esquela crítica mencionando algunos de estos factores estéticos.
Eso sí, el material nos acerca a una etapa de los sueños en la cual se requiere de cierta dosis de ingenuidad que en estos tiempos alguien pudiera entender como fuera de lugar y hasta lacerante. No son eras para evadirnos, ni para mirar hacia el mito, pero vale la pena que por un breve instante recordemos esa esperanza dormida que todos llevamos y que de alguna manera encarna el anhelo de lo que quisimos ser.



