En los años de mi infancia, allá por la década de los 90, apareció en mi pantalla de televisor un programa sobre el videoclip. Al inicio hablaban de un tal Lucas. Los sets eran extraños, como salidos de una catástrofe. El tono de los presentadores se movía entre la parodia, lo serio y lo trágico. No sabías cuándo te estaban hablando sobre algo real o cuándo te tomaban el pelo. Era un tiempo donde no había otras maneras de enterarte de las cosas y vivíamos con la radio y la televisión puestas. Así que, en nuestra ingenuidad, todo lo que dijeran los medios era real. Por eso, al escuchar que existía un agente Basterrechea que investigaba a los posibles premiados de un concurso de videoclip, lo tomamos un poco en serio. El programa jugaba con el humor negro y la sospecha, creaba narrativas, hacía gala de una lógica lateral, totalmente ida de los pensamientos acartonados y rígidos de entonces.
El tiempo fue normalizando la recurrencia a esta narrativa por parte de Lucas. Sin embargo, nunca nos ha sido develada la identidad de dicho personaje. Es como un incógnito que puede enmascararse detrás de cualquier parapeto. Su peso ha ido asumiendo un simbolismo mayor. ¿Se trata de la esencia inapresable del arte? Cuando los vacíos de información son bien usados no generan ambigüedad, sino poder en términos de comunicación y esa fortaleza hace de Lucas algo diferente, lo recoloca en los espacios de consumo como una alternativa ante la televisión aburrida, demodés, ya ida de los gustos de las nuevas generaciones. La anticipación de este formato comunicacional le ha permitido sostenerse en la era de las redes sociales, porque los públicos deciden qué consumir, cuándo y por qué. Lucas, a partir de una visión que rehúye de la verticalidad, sabía que un momento así estaba por llegar.
No se trata de prestidigitación, tampoco de que exista una fórmula mágica, pero Lucas se ha situado en el corazón de la realización audiovisual cubana y determina uno de los derroteros mayores en ese sentido. Sin constituirse en un canon, cosa que le es ajena, el espacio funciona como crisol de estilos, sonoridades, narrativas. En la proximidad de su aniversario, resulta provechoso que algo así se diga. Cuba, sin acceso a grandes mercados, con una industria golpeada por la escasez, donde incluso no vivir en La Habana puede jugarte en contra si eres artista; la existencia de Lucas constituye un bálsamo, un nexo con el mundo, una plataforma excepcional. Ha logrado sostener su tono de antaño sin que envejezca.
Hoy son otros los paradigmas, distantes de los años 90, ya que el clic, la estadística de las redes sociales, las alianzas de producción y realización, las fusiones sonoras, marcan la existencia de un proceso complejo, a ratos cuesta arriba. Hacer videoclip en la era de los reels resulta un reto. La gente ya no quiere ni siquiera consumir esos escasos minutos y prefiere los segundos elementales y minimalistas de los shorts de Facebook y YouTube. La competencia por la atención es feroz en un ecosistema repleto de distracciones y productos cada vez más trabajados a partir de lógicas internas y mecanismos de comunicación social. Cuba ha atravesado crisis mayores que la han desconectado de llegar a tiempo a los cambios. Pero en todo eso, el programa de televisión sigue siendo un puente. Para aquellos que no posean señal de internet o la dispongan de muy mala calidad, los espacios en la pantalla chica representan un momento de reconexión y consumo. Además, Lucas es una comunidad que ha saltado para las redes sociales y constituye nichos de conversación y de intercambios de los cuales surgen ideas.
Ha pasado también por procesos de cambio. Algunos transformaron matrices internas del programa. Desde aquel minimalismo de los 90 se pasó a los estudios de los medios, los escenarios y las galas, así como a la máxima difusión en términos de videoclip cubano a nivel internacional. Como dijo en una entrevista que le hice a David Blanco, Lucas es nuestro MTV, salvando las distancias. Sobre todo, porque el país nunca ha dispuesto de vía libre hacia el mercado por mecanismos externos de bloqueo y falta de acceso a oportunidades. En todo ha sido pionero. También en la ruptura de tabúes de realización y en el tono televisivo distante de la neutralidad y el formalismo de antaño. Luego de Lucas todo ha sido más fácil, pero tuvo que existir este espacio para que otros miraran con ojos distintos hacia el mundo del audiovisual y su relación interna y carnal con la industria.
Ahora hay que resaltar la relativa sinergia entre Lucas y la crítica y el papel que jugara en ello Rufo Caballero. Si un formato apostó por el criterio inteligente fue el espacio televisivo La Columna que nos acompañara en cada emisión del programa. Ya casi en desuso, el pensamiento especializado fue un contrapeso y una brújula en tiempos de eclosión de los subgéneros musicales urbanos. Valdría la pena que se retomen esas coordenadas hoy, cuando las redes sociales imponen su peso y pareciera que toda columna, toda toma de partido, caen en la ingravidez.
El aniversario es un momento para sopesar, matizar juicios y celebraciones, proyectos y líneas de trabajo. Queda mucho por hacer en el mundo del videoclip. No considero que el formato esté muerto —a pesar del deceso de MTV—, sino que posee el vitalismo necesario en un tiempo que tendrá que congeniar rapidez con rigor, buen gusto con coherencia estética. Las redes sociales llegaron para quedarse y ser definitivas en el ecosistema de los medios, pero no podemos entenderlas desde afuera, sino imbricándonos en sus lenguajes, haciendo que su territorio sea también nuestro. Allí pervive la ganancia de los Lucas como un espacio multiplataformas que en este cuarto de siglo ha sabido vivir más allá de las limitaciones.
Así que felicidades para Lucas, que tiene que celebrarse a sí mismo —parafraseando a Whitman—, pero que lo hace desde el tono colectivo, informado estéticamente, un tono que nació de la voluntad por hacer algo distinto y que sigue empeñado, cada semana, en llevarnos el misterio y la fascinación, la rebeldía y un poco de locura.
Por cierto, a estas alturas, todavía me pregunto ¿quién es Lucas?



