No lo hagas por mí, una metáfora inapresable
El videoclip ha evolucionado hacia un fenómeno que aún no se define. Como parte de la búsqueda de la intimidad con los públicos —esa cercanía que se da en las redes sociales— está ocurriendo algo: ya no se intenta siempre un golpe visual. Al contrario, el lenguaje de determinado género, sobre todo las baladas, tiende a ser reflexivo y autorreferencial. Se reproducen los procesos de ensayo, la creación incompleta, la afinación de los instrumentos. Lo que antes estaba detrás de los escenarios reaparece como un making off. Llego a esta reflexión mientras veo el material No lo hagas por mí de Diana Fuentes, Kelvis Ochoa y el maestro Gonzalo Rubalcaba al piano. El tema posee un lirismo extraordinario, una fuerza poética capaz de cambiar la atmósfera desde los primeros acordes. Sin embargo, lo que vemos es un apartamento, posters de artistas por todas las paredes, los músicos ensayando. El blanco y el negro con un ligero trabajo fotográfico que acerca la imagen hacia un tono vintage, nostálgico, como de paraíso perdido.
