Revisitaciones

Un debate con un amigo esta semana abrió en mí una línea de reflexiones. ¿Cuánta validez hay en esos discos que se hacen a partir de los temas de otros? Me refiero a producciones que echan mano a clásicos donde únicamente podemos resaltar como valor y distinción el arreglo musical. Por mucho que nos distanciemos de los productos y queramos ser justos, lo cierto es que la originalidad tiene un peso. Revisitar lo que ya ha sido un éxito puede ser válido, pero nunca calificar como una obra total. La deuda existe y se mantiene como parte de la propia hechura del disco.

Digo esto porque con las redes sociales se ha hecho muy común que surjan alianzas musicales en las cuales se va al seguro en términos de mercado. En lugar de propiciar un producto nuevo, se versiona uno que ya posee un recorrido. La trampa comercial se canta sola: el público no tiene cómo rebatir la calidad de algo que ya está probado. El arreglo musical se convierte entonces en esa pátina intermedia entre lo original y lo revisitado. Si estamos ante algo aportador, con matices, quizás valga la pena comprar el disco y escucharlo en paralelo con los temas originales. Como mismo existe Van Gogh, ahí están sus epígonos e intérpretes que —sin llegar al valor del maestro— tienen también algo que aportar. Lo mismo sucede en la música. Solo que aquí estamos hablando de un arte cuya carnalidad con el mercado en ocasiones le juega una mala pasada. Y propiciar alianzas solo porque se necesita un pico de éxito nos elide como público la inmensa experiencia del salto vacío de lo nuevo. Las redes no quieren arriesgar y buscan el clic medible. Pero de lo que se trata es de crear, no solo de vender y en el camino del marketing perdemos muchos puntos de valor.

Sé de autores de éxito que comparten su nombre con otros de talento cuya carrera recién comienza. No me refiero a esos casos. Digo que hay visiones comerciales que más que versionar clásicos los repiten, sin que los matices posean mayor esplendor. Arreglos que tienen cambios mínimos, cuyo trabajo roza el plagio autorizado (por lo general se hacen con el permiso del autor original o previo pago de derechos). Allí quien pierde es el arte. También determinado público vive una sensación de estafa, porque se encuentra con que sus temas fueron abordados por otra figura que no les aportó, sino que vivenció lo mismo. La frase «segundas partes nunca fueron buenas» viene de allí, o sea de esa experiencia popular con las visitaciones que no responden a una inquietud real, sino a una estrategia de mercado. No diré casos en específico, pero quienes me leen ya deben estar pensando en varios. Versionar debería incluir la variación de lo que es, el aporte de algo que nos mueva y sobre todo, la construcción de otra experiencia. En su lugar, tenemos un montón de discos que hablan de lo mismo, que llueven sobre el terreno ya sembrado por otros y recogen una cosecha ajena.

La copia puede tener un valor paródico. En la posmodernidad se apuesta por la muerte del concepto clásico de obra de arte y ello incluye la originalidad. Si nada es ya original, entonces lo ético es asumir que todos copiamos. En artes visuales la deriva en este sentido ha sido fuerte y hoy existen visiones que reivindican la inexistencia misma del hecho creativo. En música —y sobre todo en el videoclip— pudiera ser válido que alguien juegue con estos artificios del discurso, pero debería tratarse de un proceso consciente y elaborado, no de una consecuencia directa del mal manejo de las herramientas de marketing. La reflexión sobre la originalidad es algo que nos humaniza y que acerca la obra de arte al público.

En la crítica de arte actual existe una gran falencia: ver la obra en sí misma y no en correlación con otras. Se habla mucho de la necesidad de construir mundos culturales diversos, pero en la práctica opera un aplanamiento identitario. Veo las visitaciones sobre los clásicos como parte de ese panorama. En lugar de enriquecer lo que se hace se vuelve sobre lo mismo, enredar la madeja del arte y evitar aún así su esencia compleja. Se puede hablar eternamente del Quijote, pero es vital hablar sobre nosotros, sobre aquí y ahora. Porque la evasión es solo eso: el onanismo consciente de quien no desea saltar al vacío. Ese non sequitur del arte pudiera ser un recurso, si se parodia, si se aborda con vitalismo y potencia. Pero si solo se trata de un juego de abalorios comerciales se cae en la banalidad del mal.

No se trata de satanizar las coproducciones, sino de situarlas en su justa dimensión y pedirles que sean en rigor algo más. Además, en tiempos que requieren de arte auténtico, el automatismo solo nos detiene, nos adormece. Es cierto que la industria exige que los productos sean rentables, pero si solo medimos eso nos quedaremos balbuciendo palabras. Es tarea de la crítica señalar ahí donde estamos carentes de visiones más amplias. No porque tengamos de nuestra parte el favor de un canon específico, sino porque nos asiste la posibilidad de un consumo consciente. Hallar sentido en las coproducciones, las revisitaciones, forma parte del abordaje de estos espacios.