Fútbol, música e imaginarios colectivos

La realización del Mundial de Fútbol es el momento perfecto para reflexionar sobre la relación que ha tenido el evento global con el género videoclip. Baste decir que, desde Italia en 1990 se comenzó la tradición por parte de la FIFA de lanzar una pieza oficial en cada una de las sedes, con el objetivo no solo de dar a conocer elementos culturales, sino de universalizar valores. Con anterioridad, en los años 80 hubo canciones, espectáculos, símbolos masivos; pero el uso del video como vehículo del deporte tuvo una eclosión a partir de los cambios de finales de dicha década. La globalidad marcó una pauta unitaria en el consumo. De pronto todos querían ver los mismos eventos a la vez, estar en los mismos sitios. El mundo fue otro desde que no estuvo dividido en dos sistemas. Para personas que vivieron en los 80 el panorama era totalmente distinto, recordemos cómo las Olimpiadas se convirtieron en un terreno de guerra fría cultural: Estados Unidos boicoteó la sede de Moscú en 1980, la URSS ripostó en Los Ángeles 1984. Deporte y política siempre han tenido una relación tensa, llena de fricciones.

Los mundiales, con el ingrediente del fútbol como deporte masivo, altamente seguido en los barrios más humildes de continentes como el americano; tenían ganado un público meta y un territorio de éxito. De ahí la recurrencia a los videoclips. Ya MTV había gozado de un impacto extraordinario influyendo en las mentes de millones. El formato demostró que era rápido, poderoso, penetrante. La mundialización de la cultura y del consumo tuvo en estos eventos no solo una plataforma, sino la posibilidad de que se asentaran tradiciones estéticas que fueron construyendo una visualidad. El tema Un´estate italiana resonó con imágenes de goles y jugadas maestras. Fue un éxito en su momento. Sin embargo, no fue hasta 1998 en Francia con la canción La copa de la vida de Ricky Martin que se produjo un fenómeno masivo en el cual la pieza y el fútbol fueron una misma cosa. La canción no solo levantó las gradas y las puso a bailar, sino que aún ahora, cuando se produce el ambiente mundialista, resuena. El artista logra una fusión entre el espíritu latino y el universal que solo es propia de las obras maestras. Hay que hacer aquí una parada, porque 1998 es un año intermedio en la era de la globalización. A partir de 2001, con la expansión de internet, todo el consumo se comenzó a permear de inmediatez. Hacia 2007, con las redes sociales, surgió el proceso digital de la viralidad. Un ecosistema cultural que tendría consecuencias en la realización audiovisual y en las relaciones entre mercado, videoclip y deporte.

Se observa entonces una recurrencia por lo minimalista, por los títulos y letras simples, pegajosos, con alusiones puntuales a elementos locales que de pronto se internacionalizan. En el Mundial de Corea/Japón Anastacia lanzó un tema llamado Boom, cuyo significado es sencillo: se trata de la energía de los inicios de siglo. En Sudáfrica 2010, Shakira sorprendió con una canción cuyo éxito y viralidad nos recordaba la canción de Ricky Martin: Waka waka. Corto, impactante, sensual; el título se tornó un elemento común en la vida de todo el mundo. El uso de palabras de dialectos locales y coreografías propias de las tribus del continente africano evidenció que la era global había llegado para recolocar las piezas. Hay aquí otro proceso propio de aquellos años: la glocalización o sea el uso de lo local como mundial. El videoclip no solo se enriqueció como formato, sino que se fue hibridando hasta asumir las visualidades, estilos y consumos procedentes de diversas porciones del orbe. El Mundial de Fútbol de Sudáfrica no hizo uso solamente del talento propio, sino que se propuso la unidad de África con la identidad latina. Curioso, pero efectivo en términos de mercado.

En 2026, el Mundial ha elegido a varios países como sedes. Existe una voluntad por seguir traspasando fronteras y promoviendo la internacionalización de los valores, a pesar del aislacionismo de la política norteamericana en la era de Trump. La inauguración mostró el uso multicultural de estrellas tanto latinas como del orbe, con énfasis en fórmulas de probado éxito. El regreso de Shakira con su tema Dai Dai nos recuerda los ecos de Sudáfrica. La presencia de Andrea Bocelli en la ceremonia de apertura es una nota de lujo, que nos habla de un evento que aún piensa con mentalidad culta, que sabe valorar la buena música. El Mundial del 2026 posee, gracias a estas dos figuras, una nostalgia noventera que nos retrotrae a los mejores momentos de esta evolución unitaria entre el evento deportivo y la música.

Los prejuicios en torno al mercado a veces llevan a la crítica cubana a obviar procesos de hibridación sonora y evoluciones que tienen lugar en estos eventos masivos. Los Mundiales de Fútbol han funcionado como crisoles en los cuales tanto los formatos como las grandes figuras participan desde sus luces y sombras. La recurrencia de personalidades como Shakira —quien tiene una relación de amor/odio con el fútbol por razones conocidas— nos habla de una genealogía, un ADN en cuanto a las relaciones entre el deporte y la música.

El fútbol ha necesitado del videoclip y el consumo masivo para su proceso de mundialización y, por el camino, ha habido momentos interesantes en materia de arte que quizás contengan mucho más para analizar. En todo ello, Cuba no puede estar al margen, ya que el gusto por lo viral y lo globalizado nos atraviesa. Tanto Shakira como Ricky Martin conforman un imaginario en torno a la sonoridad de un evento que mueve pasiones y partidismos enconados. No somos una potencia futbolera, pero sí una musical y, sobre todo, seguimos estando en el mapa del consumo latino. Un cubano, Cimafunk está en la lista de los cantantes que participan en el evento con su voz y obra. Pero eso será materia para otra columna de opinión. Por ahora, resaltar que en la evolución entre deporte y música, ha habido más de un instante que ha quedado para siempre en el imaginario colectivo.