Hay una zona del reparto que se encuentra comprendida entre la fusión y la porción más pura del subgénero donde podemos apreciar buena parte de los fenómenos de corte social que alguna vez fueron inherentes a este ritmo. A saber: la violencia simbólica, el dinero como jerarquización, el consumo y el sexo como pilares justificativos de cualquier tipo de comportamiento. La línea entre arte y su opuesto (cualquiera que sea su forma) se torna aquí muy delgada y apenas la logramos definir a partir de un necesario ejercicio de crítica. Pienso en esto cuando veo el material Yo lo sé que circula en las plataformas bajo la autoría de Nany La Kbra, Ja Rulay y Yomil. Sin puritanismo alguno —quien me conoce sabe que no lo padezco— este videoclip nos dibuja una serie de acciones mediante la secuencia de fotogramas donde se me pierde el sentido del discurso y apenas me llega un golpeteo incesante. Me refiero a la necesidad de esclarecer mediante las herramientas del desmontaje semiótico aquellos significados que subyacen. Incluso cuando, en muchas ocasiones, aparecen de forma “inconsciente” en la obra.
No existe una moralización del reparto, nadie le ha pedido al subgénero que suscriba una postura determinada porque eso sería un disparate. El ritmo está unido a los procesos de conformación simbólica que surgen en los márgenes sociales. Ello no quiere decir que deba haber una preceptiva oscura en torno a las tesis del subgénero, sino que el acercamiento a estas canciones tendrá que atravesar las mismas mediaciones como condicionamiento a la hora de analizarlas. Me refiero a la cercanía entre arte y sociedad y cómo el interaccionismo simbólico entre los significantes posee siempre una base que tributa al resultado superestructural del asunto. El reparto no tiene una moralidad, ni un color, ni una clase determinada. No se circunscribe como arte en ninguna de esas categorías, pero se relaciona con todas, interacciona y se nutre o entra en contradicción con sus valores, los reconstruye o los derriba. Por ende, cuando consumimos sus productos, siempre vamos a estar atravesados por estas mediaciones que, en muchas ocasiones, funcionan como prejuicios, pero en otras tantas, como puntos de enfoque que nos permiten realizar un análisis distanciado. Yo lo sé es un videoclip comercial, con una alta factura fotográfica, recursos, nombres de peso y una proyección hacia una parte del mercado. Sin embargo, para la crítica sigue siendo importante no solo la existencia dentro de los estándares de la industria, sino la relación con los públicos, las propuestas estéticas y las tesis culturales. En ese sentido, hay que señalar que el producto en cuestión carece de una línea definida en torno al interaccionismo antes señalado, de manera tal que lo toma acríticamente.
Este último detalle —que para muchos pudiera ser baladí— nos lleva a un análisis más allá del video, si bien anclado en el mismo. Yo lo sé es una canción que pudo referirse a cuestiones que desde un punto de vista sencillo desmontaran mitos del sexismo, la violencia, el poder; pero en la narrativa interna del material lo que hallamos es un enunciado grandilocuente que se refiere a tales temáticas como la centralidad y se obvian vertientes y aristas. El peligro de usar una plataforma que conduce los sueños de millones de jóvenes está en que las percepciones de hoy son los hechos de mañana y en tiempos de redes sociales la línea entre verdad y virtualismo es muy leve. Por eso, la canción deberá ser leída críticamente desde las oquedades semióticas que el autor dejó abiertas y que constituyen agujeros negros en materia de abordaje. ¿Qué quiero decir con esto? Las relaciones simbólicas también poseen una materialidad no en el sentido tangible, sino en el de la realidad histórica. No me refiero a que una canción se pueda transformar en una riña, pero sí contribuye a una masa crítica en materia de concreción cultural. ¿Qué género se consume en los estancos sociales donde se producen estos sucesos? Vuelvo sobre lo mismo, el reparto no tiene una suscripción moral, pero interacciona con procesos complejos de su entorno.
Yo lo sé está lleno de planos donde aparecen armas, autos caros, unos demonios que se conjugan con maestría con un texto donde se alude a la carnalidad más llana y la figura femenina. Pudo ser otra cosa, quizás alejarse de esas entrañas oscuras, o aludirlas desde una esquina de luz. El peligro de darles a los públicos “lo que ellos quieren” reside en que no nos preguntamos por qué existe esa preferencia, qué relación tiene con el arte y cómo se puede subsanar esa distancia. Además, el populismo en materia de música casi siempre es falso y cosificador, ya que se asume que hay una sola vertiente de gustos, una uniformidad de estilos y un solo canal de consumo. Hablar de “lo que le gusta a la gente” por lo general entraña un desconocimiento de lo que realmente constituye una tendencia en materia preferencial. Lo que sí me parece analizable es la manera en que determinado reparto asume que hay una fórmula de éxito inviolable y la jerarquiza en sus espacios de socialización. Quizás porque lo moral no es una categoría lo suficiente amplia como para definir un diálogo con estos procesos complejos. En este interaccionismo entre el producto y los valores del espectro sociocultural hay que llevar otras armas: la crítica sociológica, la segmentación de públicos por estamentos e intereses, el uso de herramientas de medición que no estén en concomitancia con los intereses de la industria y que sí arrojen resultados fiables.
He usado el material en cuestión para abordar cuestiones del consumo que me parecen —si se quiere— mucho más puntuales que las del mero desmonte técnico. Quizás porque no es el único caso en el cual se pierden las fronteras entre lo artístico y su interacción contextualizada. Yo lo sé cumple con expectativas del género, pero cae en la cosificación del mismo, lo encarcela en los estancos del lugar común y lo encierra en el mundo simbólico más simple y alusivo. Y es que, quizás, lo que haya que modificar reside en esas mismas expectativas. ¿Por qué no esperar un reparto que ejerza la crítica social y no la viva de manera alienante? Todo está en cómo se moviliza la jerarquía de producción. La mentalidad detrás de estas facturas suele acudir a lo ya hecho, a la fórmula; he ahí la caída en el pecado original que trato de esbozar en esta crítica. Yo lo sé es un video que se refiere a cosas que ya sabemos y —precisamente— su gran falta es la obviedad de sentido.



