Hay dos videoclips que cuando visitamos el canal de YouTube de Raúl Paz resaltan a la vista. Están conectados entre sí por la narrativa interna y apuntan hacia problemáticas existenciales. Este cantautor se caracteriza por la profundidad de sus letras, el gran espectro de su registro genérico y la capacidad de adaptar su obra a asuntos que resultan universales, pero con un anclaje propio. Hablo de Así No y de El Primo, dos temas que se tocan y separan, pero que confluyen en el tratamiento desprejuiciado de cuestiones que hoy nos marcan como colectividad.
Así no es quizás, de ambas, la canción que más abarca, la que sin diluirse nos indica la necesidad de un reencuentro con nosotros mismos más allá de la vida en automático. Paz nos puede estar hablando de una relación, de una familia o de un país; pero lo que prevalece es el llamado a la conciencia y la reafirmación de una identidad sólida más allá de visiones superficiales. Si partimos del título, veremos que en la negación va implícita la necesidad de la duda, de la interrogante, de no aceptar las cosas como son, de atrevernos a construir algo nuevo, algo que nos dé la oportunidad de probarnos y demostrar. Es una tesis inmensa, que trasciende, que no se queda en el anclaje local, que va más allá de lo que se plantea en un videoclip. Raúl filmó esta pieza en Viñales, vemos los famosos mogotes, el ambiente rural, las costumbres, una fiesta campesina en la cual las personas se sientan alrededor de mesas de madera y sobre taburetes. Hay una metáfora implícita en el guiño rural. Quizás Paz nos está diciendo que en el origen está la respuesta, quizás nos adelante que solo con la terquedad campesina, con la firmeza de los abuelos y con un regreso a la semilla; podremos entender las grandes cuestiones. Desde lo pequeño se llega a lo global.
El Primo por su parte, en clave caribeña que fusiona el merengue con el pop, lanza un tema que lleva tiempo quemando la palestra pública: las emigraciones. Hay dos personajes, uno proviene del interior de la isla y se muda a La Habana; otro vive en la capital y se va hacia el extranjero. Son dos visiones de la existencia, tocadas por una misma realidad y Paz se pregunta si es justo tener que moverse para buscar felicidad. Arriesgada tesis, que no deja nada fuera, pero que nos lanza hacia el abismo de la interrogante identitaria de un momento contemporáneo. El primo del campo viene con un morral, como en los viejos tiempos, atravesando carreteras, montado en lo que puede. Usa un sombrero de gano y ropa decente y sencilla. No cuenta con nada, solo con la solidaridad, si acaso, de los parientes de la ciudad. Se asombra con los edificios, le maravilla la inmensidad de todo lo que no conoce. Es la vista de quien vive atrapado en la insularidad interior y que muchos de provincia conocemos bien. El primo de La Habana tiene un delantal de chef, trabaja de cuentapropista o empleado en una empresa privada, posee una entrada económica mayor y precisamente por eso su mirada se posa hacia afuera, más allá de los márgenes locales. Hay una escena en la cual el hombre del campo mira desde el malecón hacia adentro, que llena de simbolismo el video. Ello marca el muro como una huella de los límites no solo físicos, sino ontológicos. Allí hay una muestra del pensamiento agudo de Paz.
El videoclip no debería ser solo un ejercicio de divertimento, no tendría que detenerse en la variedad musical, el tono o la descripción amable de las cosas. Es válido que se abra hacia un diapasón que nos haga pensar, que se inscriba en el arte que discursa sobre cuestiones más globales. Precisamente en el anclaje de estas dos piezas está lo más reciente y brillante de la obra de Paz: decir a partir de los códigos visuales, participar desde la propuesta que no se queda en el margen, sino que ahonda en aguas conflictivas y profundas. El autor arriesga, nada en las corrientes peligrosas y sabe salir a flote con total entereza. Así no es el acercamiento a lo que pudiéramos hacer si nos repensamos de otra forma, si abandonamos las visiones encartonadas, rígidas. Lo anterior aplica para todo. En esa pieza aparece un Paz sosegado que conversa en clave cubana con nosotros y nos dice que es necesario identificarnos con lo importante, llevar las riendas de nuestro destino a partir de visiones responsables, colectivas y transparentes. No existe en ello una pedagogía del vacío, sino la esperanza de ser escuchado, de que la música transforme el mundo. El Primo, si bien posee un tono más melancólico, incluso en ocasiones rayano en el pesimismo, nos ofrece la posibilidad de enfrentarnos a uno de los tantos rostros de lo cotidiano. Pareciera que Paz nos dice que siempre seremos el primo de alguien, si entendemos primo como sinónimo de emigrante. El video se transforma de esa manera en una reflexión de lo que significa la periferia global y vivir como un paria, en constante búsqueda. Ese es el signo de este autor, no quedarse en el enunciado, no trabajar solo la literalidad de un texto, sino crearnos el contexto y el subtexto necesarios.
El análisis de estas dos obras —unido a otros acercamientos desde la crítica que acontecen en este espacio— nos da la oportunidad de discursar sobre un tipo de videosclip que no necesita del gran mercado para triunfar. Son piezas que poseen peso en sí mismas y que están pensadas no solo para este instante, sino como un vector de futuro. Por ende, requieren de un tratamiento crítico en consonancia. ¿Crónicas musicales?, ¿periodismo en clave de videoclip?, ¿ensayos sociales?
Las entregas de Paz nos devuelven la esperanza en que la música sí puede salvarnos un poco, quizás no totalmente, pero sí lo suficiente para que respire la metáfora.



