En esas visitas que se hacen a través de YouTube me reencontré con el clásico de Raphael “Mi gran noche”. Sobre un escenario de época, un jovencito expresa con desenfado y teatralidad una historia de plenitud y goce. La canción se transforma por momentos en ese himno que se mueve entre la alegría y la nostalgia. Escuchamos a través del compás dinámico una instrumentación elemental. Sin dudas, la pieza resume las características de la música de los años 60 en español: lirismo, melodía, referencias sencillas y temas de arraigo popular.

Raphael, sin embargo, es un caballero que pareciera no envejecer. El paso del tiempo ha hecho mella en su físico y salud, pero la voz se mantiene incólume al menos en los últimos registros que se conservan en público. Sus más de 70 millones de álbumes vendidos en siete idiomas y los 60 años de carrera lo avalan como una de las voces que más han influido en la cultura hispanoamericana. Pero, ¿cómo se relaciona tal figura con Cuba? Desde niño crecí con las canciones en la radio, en el tocadiscos soviético de la sala de mi casa o en cualquier evento social. “Mi gran noche” de Raphael aparecía como algo extraordinario, espléndido, un suceso al cual todos le cantaban. Solía bailarse de manera sobria, con movimientos de la cadera y las manos, sonrisas o piruetas. Como criollos le imprimíamos nuestro sello a un tema netamente español. En ocasiones hubo hasta quien aportó un meneo de cintura…
En realidad, como bien lo ha dicho él en varias ocasiones, sus baladas son para escuchar, aunque posean una melodía pegajosa. Puede ser que en los eventos sociales se baile, pero si nos detenemos, hay algo más que una huella lúdica en Raphael. El desarrollo de los temas se desenvuelve con organicidad y apela al desenfado y el lirismo ante las adversidades. En la misma canción que he mencionado se dice que la noche es un espacio de descubrimiento y asombro. En contraposición, quizás, con la vida cotidiana, ese horario oscuro y silencioso estalla por momentos y se transforma en un carnaval de símbolos. Hay un grupo de voces que en Cuba conforman el entramado de los cantantes preferidos por la mayoría de las personas de aquellos años. En el caso de Raphael, su siempre prometido concierto en La Habana lo transforma, además, en un misterio y le otorga al tema estrella “Mi gran noche” un extra de encanto.

Hace diez años se habló de la posibilidad de un concierto en Cuba de Raphael. Las noticias dieron la clarinada de que sus representantes comerciales evaluaban que el evento sirviera para renovar la relación del público nacional con uno de sus íconos del pasado. El titular desapareció y no hubo mayores detalles. El maestro de la canción luego ha manifestado problemas de salud. Quizás la letra de “Mi gran noche” solo se quede resonando como un eco en nuestras cabezas y no llegue jamás a atronar los salones y escenarios de la capital. Para los que somos más jóvenes se trata de una voz que sentimos a través de nuestros padres y abuelos. Esa resonancia, no obstante, resulta suficiente para trazar un puente emocional. Aunque los tiempos son otros y se está consumiendo un tipo de mercado más hacia lo posmoderno, Raphael representa una relación con el mundo de antaño, uno en el cual todo era más sencillo y las baladas sonaban reales, transparentes, llenas de un sano lirismo.
El mundo de Raphael consiste en un pueblo sencillo, debajo de la luna, en la España profunda. Allí se puede soñar con la persona amada. No hay conexión a Internet, no existen distracciones, apenas se escuchan las fiestas sin adornos de una vida cotidiana más tangible. Lo líquido de este instante se diferencia en gran medida de la solidez de las melodías y las experiencias que surgen en esas canciones. Cualquier acercamiento a Raphael tiene que mirar hacia el país ibérico que ya no está. Lo mismo si se aplica hacia Cuba: la isla que oía esas canciones ya no existe, en su lugar tenemos una realidad líquida que se adapta a cualquier contexto. El nuevo dinamismo orgánico nos impone una vida tan rápida que no se detiene en las emociones o las percibe a través de sucedáneos que se consumen con rapidez.

No sé si alguna vez tendremos el honor de recibirlo aquí. Es evidente la popularidad de su voz. Los públicos se han creado un universo musical en torno a las canciones. Hay parejas que ya son ancianas y que procrearon a partir de la energía que emana de esas letras de amor, descubrimiento y sospecha de lo bello.
En ese ya lejano año de posibles conciertos en Cuba se hablaba acerca de la también probable pasadía de Julio Iglesias. Dos grandes iban a estar con nosotros y se generaría una resonancia intergeneracional. El silencio cayó sobre aquel tiempo y se extendió hasta hoy para dejarnos en la estacada.

La gran noche de Raphael se ha tornado más larga de lo esperado. Quizás porque así lo quieren los dioses, quizás porque nos asalta la huella metafísica de lo fatal. Entretanto, seguiremos viendo sus videos en YouTube. Nos acompañan la sonrisa y la certeza de saber que no estamos solos y que en alguna parte de España el maestro sigue cantando: “¿qué pasará?, ¿qué misterio habrá? …”





