Foto tomada de IMDb
¿Existe una memoria musical paralela a la historia misma? Los libros que narran los sucesos rara vez se ocupan de la producción espiritual en ese sentido, sin embargo, una mirada a las crónicas del arte puede ser esclarecedora si se intenta ir más allá de factores económicos o sociales. Alla Pugachova visitó Cuba en 1981 y de aquellos días solo quedan retazos de entrevistas en Internet que apenas sirven para armar un rompecabezas de un mundo perdido. En ese momento, fenómenos como el videoclip y la música pop estaban en la cúspide del panorama cultural de Occidente y era común que —como parte de la pugna de la Guerra Fría— surgieran contrafiguras del lado oriental. Pugachova encarnó para muchos una porción de aquel contexto, pero lo cierto es que tanto su voz, como su obra y sus canciones eran defendibles en sí mismas más allá de la política o de maquinarias propagandísticas de cualquier color.
En 1981 Cuba estaba en su época dorada de relaciones con la Unión Soviética. Un largo periodo de estabilidad que implicó algún confort en las condiciones de vida domésticas, así como el establecimiento de una lógica hacia lo interno en la cual las cuestiones resultaban predecibles. Sin embargo, había que colocarle a ese mundo socialista un rostro que fuese también un poco pop y más relacionado con la cultura de masas. Pugachova fue esa cara visible que con sus giras unificó, bajo el signo de la canción rusa, la identidad de un poder alterno a Occidente. Cuando se bajó en La Habana, el público cubano ya había escuchado sus canciones, incluso las había traducido. Autores del patio las interpretaban en las estaciones de radio.
Por entonces, el cubano promedio consumía —a la par que los estrenos y los productos occidentales— una porción proporcional de materiales del este. A saber, en los cines había una tanda de películas de los ídolos de Hollywood y otra en la cual se exhibían producciones soviéticas, húngaras, búlgaras, alemanas orientales, etc. Pugachova representaba un capítulo más de aquel panorama, pero sus canciones no hablaban de la guerra, ni del sacrificio, ni de planes de producción, ni de obreros. El canon del realismo socialista no estaba —al menos con rostro explícito—, sino que el discurso transcurría por temas más íntimos. Quizás la canción que mejor nos remita a ello sea “Millón de rosas”, una melodía en la cual, con una voz casi en susurro, Alla va contando una historia de amor. La popular serie de dibujos animados “El lobo y la liebre” (también conocida como “Me las pagarás”) utiliza en una de sus secuencias más famosas dicho tema. Había una simbiosis entre lo crudo de la guerra fría y la necesidad humana por lo tierno, lo pasajero y lo sentimental. Pugachova era una voz de una tesitura hermosa, casi como la de una niña/mujer que trasmite la sensación de eternidad, melancolía, pérdida. Lo irónico de aquella visita era que —eso nadie lo previó— se estaban viviendo los últimos momentos de un romance entre Cuba y la URSS. Unos seis años después todo iría cambiando hasta la definitiva disolución.
La cantante soviética actuó en la capital, Pinar del Río, Guantánamo, Santiago de Cuba y Holguín. Los teatros se llenaron y la gente coreó las letras como pudo —desde el generalizado desconocimiento del idioma ruso tan lejano a nuestra idiosincrasia—. La leyenda habla de un romance de la artista con Cuba, ya que posteriormente ella misma diría que se quedó fascinada con la forma de los caribeños, las casas, la arquitectura, el sol, la amabilidad. El contraste con la frialdad de las cúpulas nevadas de Moscú debió ser inmenso. Se dice que la canción “Tres días felices” estuvo relacionada con la visita de Pugachova a Cuba. La pieza fue lanzada al mercado en 1982.
¿Eran aquellos años una especie de crónica de lo que significaba la posibilidad de un mundo diferente en materia cultural? La utopía socialista contó con la voz de Pugachova para internacionalizarse. Más allá de la guerra fría, la cantante demostró una potencia insólita al enfrentarse a panoramas diferentes a lo largo del mundo. Con Cuba hubo ese nexo que hasta el día de hoy algunos recuerdan. Soy demasiado joven para decir que viví aquellos años iniciales de la década de los 80, pero conozco personas que estudiaron en la URSS o que hicieron sus vidas laborales allá y que aún conservan en su playlist del celular los temas de la artista.
La revista soviético-cubana Cuba publicó una extensa entrevista con Alla Pugachova en la primavera del año 1981. Allí, ella le respondió al corresponsal Oleg Podgornov:
“Me gustó mucho que toda la música pop cubana tiene una enorme carga emocional. Esa es justamente la dirección en la canción que se ha hecho cercana a mí, especialmente en los últimos tiempos. Así que intentaré, en mi próxima gira, traer a Cuba canciones que sean especialmente comprensibles para los oyentes cubanos”.
Ya han pasado décadas y el mundo es otro. La artista nunca volvió a pisar la isla. Sin embargo, cuando reconstruimos la memoria musical de lo que somos hay que darle a Ala Pugachova un espacio junto a otras tantas sonoridades.
Luego vinieron acontecimientos que nos estremecieron: el ascenso de Gorbachov, el accidente de Chernóbil, la Perestroika, la Glasnost, la desintegración de la URSS…Cuba se mantuvo detrás del muro de su malecón como una resistencia inmóvil, llena de estos registros. Somos un collage de las heridas de muchas guerras, pero también un pueblo que a menudo mira hacia atrás con nostalgia. Allí, en las cintas viejas, quizás ya inservibles por el hongo y la humedad del tiempo, están las imágenes de una bellísima Alla Pugachova que canta sobre un millón de rosas y el amor.



