¿Cómo puede determinar el streaming lo que se consume dentro de una burbuja de sentido en las redes sociales? Uno de los fenómenos que está marcando la producción musical, la distribución y la comercialización es este medio. Un videoclip posee presencia, personalidad y peso a partir de someterse a los algoritmos y —si alcanza un número de reproducciones y de interacciones— se hace visible, por ende, se torna un producto exitoso. Parece democrático, sin embargo el mecanismo encierra no pocas verdades incómodas. Cada semana, desde Lucas, hemos llevado a cabo ejercicios de la crítica o le damos voz a algún artista para que exprese su criterio en torno al género del videoclip y el mundo de la música; sin embargo, no siempre se tienen en cuenta el número, la jerarquización de redes, la voz del algoritmo. Y no es porque en lo personal crea que la realidad del streaming no determine. Una reflexión en torno a cómo se construye el éxito pareciera, en este punto, necesaria.
El algoritmo es una verdad matemática. Apunta a un universo calculado, en el cual hasta el mínimo clic queda como parte de un récord honesto, fiable y exacto. En teoría, así se expresa la voluntad popular. Se trata de un voto directo, silencioso, secreto. Además, usted, en cada visualización está emitiendo ese criterio y cuantas veces lo haga resulta válido, legítimo. Aquí entra otro plano de la ética del arte, uno que no se mide, que se construye desde la verdad subjetiva. ¿Por qué a veces analizamos videoclips que están más abajo en el ranking semanal? Nuestro objetivo no es jerarquizar de forma paralela, tampoco cuestionar lo que los públicos prefieren, sino realizar un acompañamiento de ese ejercicio de consumo para que —modestamente— no ocurra de manera solitaria. No hablo de la soledad como estado social, sino como condición que puede o no ser perjudicial en el consumo ya que reduce los gustos, los encierra en esferas, los cosifica y no nos permite ver más allá.
Una de las grandes ilusiones de los algoritmos es la capacidad de generar burbujas, o sea sesgos de confirmación. Usted cree que su verdad o su gusto personal son universales porque así aparecen en YouTube cuando se accede a la plataforma; en realidad lo que se está dando es una operación de lectura de sus intereses, un mapeo de mercado en el cual son vendidas sus emociones, sus expectativas. No es teoría de la conspiración, sino uso de las herramientas de la publicidad en función de un reflejo digital.
El mercado ha ido mutando. Desde las emisoras de radio, la venta de discos de acetato, la promoción en programas en vivo de la televisión, hasta esta horizontalidad aparente del streaming donde no hay manera (al menos legalmente, lo cual ya es otro tema) de engañar ni de traspapelar. Aquí las etiquetas, los compartidos, las audiencias y las burbujas de consumo poseen un peso. Las colaboraciones entre nuevas figuras y otras ya establecidas se dan a partir de la trascendencia que posee el tráfico digital en la visualización de los contenidos. No solo se compra el producto, no solo se trata del tema musical; se mercantiliza —sobre todo— el espacio dentro de la plataforma, el capital simbólico que se traduce en capital. De esa manera se cumple la máxima de la teoría de la comunicación de que el medio es el mensaje. Nada existe por separado del proceso de emisión y recepción, mucho menos por fuera de las mediaciones de corte cultural, pragmático, contextual y mercadotécnico que determinan una relevancia o no. Entonces, ¿cuál es el papel de la crítica en ese panorama?, ¿hay necesidad de una crítica? Tradicionalmente se pensó que las columnas de análisis servían para contribuir a una cierta jerarquía del consumo de arte, sin embargo la práctica demostraba que tal visión era falible. Los públicos seguirán consumiendo los productos con independencia del criterio que se emita en los medios de alcance masivo. Sobre todo si, a partir de las redes sociales, los públicos pueden decidir no solo sus gustos, sino la periodicidad, la segmentación tipológica y la morfología de ese consumo.
El crítico en realidad es un espectador más que, al igual que todos, se ve impactado por un contexto. Las mediaciones lo atraviesan y por ende, no se puede tomar el criterio especializado como un canon. La labor es de acompañamiento, un proceso híbrido en el cual quien analiza un producto desde las herramientas de la teoría deberá ir más allá de la emisión concluyente y banal, de esa que no sustenta lo que dice. El crítico no cierra el consumo, no lo constriñe, sino que lo abre, lo libera. Y lo hace, sobre todo, para sí mismo como persona. Una crítica que pretenda erigirse en árbitro estético —nuevo Petronio de las artes posmodernas— es un ser extemporáneo y arcaico.
He hablado de los dos extremos en la conformación del consumo. En el centro vendría estando la realidad o lo que más se le acerca. En varias criticas entregadas a este espacio se hace evidente que el consumidor, mediante las interacciones, es cocreador del sentido y en ocasiones co-productor inconsciente de otras tantas ideas. Los públicos, a través de sus criterios, determinan corrientes, decisiones, alianzas, colaboraciones, además de una interacción directa, en ocasiones, con las figuras. Lo que antes era un mundo más frío y alejado y quizás hasta dependiente de las relaciones públicas ha caído en manos del algoritmo. Eso no es malo ni bueno, es sencillamente la verdad. Y, como toda verdad, se vuelve más una interpretación (sobre todo una reinterpretación) que una verdad pétrea, inmóvil, fosilizada en una columna de opinión.
El mundo del streaming ha transformado la manera de entender el videoclip. En una reciente entrevista, el director de la Orquesta Failde me decía que ya no les interesa lo audiovisual como una narrativa independiente y con valor propio, sino como apoyatura. Muchos entienden que el video posee una funcionalidad, pero eso ha cambiado a partir de que lo más importante es colocar directamente la imagen y el producto, siguiendo cánones estrictos de cultivo de clics. No hay pecado alguno en tales visiones, no existe nada que las condene. Se trata de la lógica de la producción y sus impactos reales en el arte. Algo que ha sucedido desde siempre. Entonces, ¿cómo juzgar el streaming?, ¿una coyunda, una liberación o una vía para banalizar la visualidad en pos de otros pensamientos más pragmáticos? Las visualizaciones pueden indicar una burbuja de consumo, no necesariamente calidad del producto. Por otro lado, si un videoclip tiene calidad, tampoco se quedará en el anonimato. Algún impacto debe tener. Tanto un extremo como otro caen en el retoricismo de lo puro, de lo infalible de sus posicionamientos; por consiguiente, ahí debe actuar la crítica, no como bisturí, sino como una lupa, una que sea capaz de amplificar y poner los detalles al descubierto.
Desde este espacio de Lucas se ha tratado de ser justos con los productos, evaluarlos a la luz de los tiempos que corren, de la flexibilidad con los formatos y de la urgencia de fórmulas que defienden mejor las carreras y los discursos estéticos. Ni la condena, ni la aceptación han sido las actitudes, sino la acción abarcadora, comprensiva. El streaming no va a desplazar el videoclip ni lo denigrará, porque sencillamente ya está establecido como uno de los géneros híbridos en el audiovisual. Las voces más complejas, aquellas que deseen decir más allá de la literalidad, usarán el videoclip como un vehículo válido, de una potencia irrompible.
Entonces, los puntajes, los clics, las reproducciones; serán importantes, pero también el acercamiento, la subjetividad humana, el uso inteligente de los recursos, la poesía interior, el pensamiento creativo e, incluso, el estilo divergente, intruso, disruptivo, ese que no pide permiso para existir.



