No pasa nada parecería una frase de consuelo. Sin embargo, en el videoclip homónimo que estrena la cantante Diana Fuentes esa afirmación alcanza matices esperanzadores. Ahora recuerdo El jardinero y la muerte, ese libro dolorosamente hermoso del escritor búlgaro Gueorgui Gospodínov en el que el protagonista dice a su hijo «No hay nada que temer», aún cuando los días finales del padre están contados. Hay una esencia que comparten el libro y el video: en la intimidad de las acciones cotidianas —en ese mundo interior, que puede ser un apartamento o un jardín florecido— hay tanta vida y tanta paz como seamos capaces de construir.
En un trabajo anterior dedicado al clip En otra vida como esta, igualmente de Diana, ya había advertido que estaba apostando por los recursos mínimos para contar sus historias desde lo visual. Así ocurre en No pasa nada donde asistimos a una poesía de lo cotidiano: tomar una taza de café, escuchar música, componerla, tener un ramo de girasoles en casa, bailar sola, en resumen, el video invita encontrar la felicidad en las pequeñas cosas.

Resulta curioso como desde la iluminación fotográfica hasta los planos que se utilizan dan cuenta de una intimidad absoluta. Por ejemplo, los primeros planos al rostro de la cantante y su cercanía a la cámara rompen la llamada cuarta pared y nos sentimos como espectadores cómplices de sus movimientos, sus acciones y su cotidianidad dentro del apartamento. Es interesante también la dimensión del cuadro videográfico seleccionado; no se trata de un audiovisual a pantalla completa, como suele ocurrir en la mayoría de los videos musicales, sino de un estilo similar al cinemascope, o formato cuadrado que dialoga con una época anterior, pero también con los formatos de grabación de videos para redes sociales, más cerrado y cercano, al punto de hacernos participar de su alegría y espontaneidad.

Sola y entre cuatro paredes se puede ser muy dichosa, quiza esa es la tesis que nos cuenta Diana Fuentes en No pasa nada. La iluminación cálida, las acciones que transcurren del atardecer a la noche, el desenfado del vestuario y cada uno de sus movimientos son una declaración de hogar, lugar seguro y confianza. La autorreferencialidad es innegable en el clip. Visualizamos la zona de confort de una cantante: Diana Fuentes, quien comparte su espacio vital en un tema musical que asegura: «me conozco mis silencios, me aprendí mis propias trampas».
En No pasa nada es importante resaltar el rol de la dirección de arte encargada de ofrecer un discurso estético coherente y de seleccionar los códigos visuales que lo articulan. En tal sentido, en el videoclip se muestran una cassetera y sus audífonos tipo cascos, un teléfono antiguo de esfera giratoria y una cámara fotográfica antigua, elementos que remiten a una época pasada, pero son funcionales todavía, es decir, son capaces de integrarse a la felicidad.

Este video, estrenado en el programa Lucas recientemente, llega con una idea de fondo sencilla: «anda liviano, que al final no pasa nada». Así, nos involucramos como espectadores en el micromundo de un apartamento donde no pasa nada (en apariencia), pero que, como en el libro de El jardinero…, justamente por eso, pasa todo.



