La primera luz que se apaga en el videoclip es el cigarro que Paz lleva en las manos. De ahí acudimos a una sucesión de penumbras. El gesto no es menor… Lo que hace del arte algo que trasciende está en la posibilidad de magnificar lo pequeño.
Raúl Paz nos sorprende con un videoclip que aborda el instante más urgente de la nación cubana, ese en el cual la calma pareciera avizorar una historia mayor y más traumática. El arte, como espejo, refleja la tensión psicológica que subyace en esos espacios en apariencia sin importancia como pueden ser un solar, la sala de un viejo apartamento en un barrio, un apagón, un hombre sentado en un pasillo con un cigarro en la boca. Es una poética de la cotidianidad que busca iluminar lo que queda oscuro, lo que para una mirada quizás externa constituye un conflicto lleno de abstracciones.

¿Qué es lo que nos narra Habana, el videoclip que nos propone este cantautor? La anécdota parte de un pasillo en el cual está Raúl Paz fumando en silencio, apaga un cigarro y sube por una escalera de uno de los tantos solares de la ciudad. En el camino, lleva un quinqué encendido. Al llegar al apartamento, un espacio cerrado y pequeño, prende otras tantas velas que van mostrando iconografías relacionadas con la nación, su simbolismo y reflexiones, su sustrato. Esto puede relacionarse con el mito de los descensos, en el cual figuras como Prometeo vuelven del más allá con la llama de la conciencia, de la transformación o de la poesía misma. Y hay que recordar que esos aedas o cronistas griegos fueron los primeros en contarnos la conflictividad de las sociedades racionalizadas, precursoras de lo moderno de alguna manera. Paz, quizás en su lenguaje poético, lleno de referencias conscientes, nos interpela para que nos movamos junto con él en una epifanía musical, una que viaja entre los puntos y los desencuentros, entre el pasado y el presente, entre las expectativas y las realizaciones (o no). Ahí es donde conviene decir que el videoclip teje una narrativa inteligente, con recursos mínimos, a partir de una fotografía impecable que se basa en la estética de la penumbra y los claroscuros.
Habana es un video que se mueve también en una variable humanista, que rescata los vericuetos olvidados, los rincones sucios, el hollín, la mugre, la negrura de un apagón, el silencio, la espera.
Esa ciudad que en la letra el cantante retrata como una jovencita que tiene sueños, el video la muestra como una mujer mayor, con un abanico en un balcón. Puede ser tu abuela, la mamá de un vecino, puedes ser tú. Es el tipo de metáforas que engloban, racionalizan y poseen elocuencia. No importa que sea un lugar común, es nuestro lugar, el que no podemos eludir. De alguna manera ese pequeño apartamento nos recuerda una larga genealogía de espacios parecidos en nuestra cultura, entre ellos el del escritor Diego del filme Fresa y Chocolate. Él también esperaba, poseyó sueños y tuvo apagones. La estética de la oscuridad está indexada a la luz. Una sombra necesariamente es la proyección de algo que irradia. En la lógica humana nunca hay un apagón total, sino que en medio de lo peor existe la esperanza de la epifanía. Una variación de la conciencia que no requiere de caídas estruendosas, ni de glorias. Hay una historia llena de significado en la vecina que apaga el quinqué para ahorrar combustible para el apagón de mañana, en el padre que raciona la comida, en la madre que guarda silencio en una cola. Y esa resistencia tiene que estar en el arte, merece ser reflejada como parte de la poética de una ciudad que es un país, porque no importa donde estés, la isla nos define.

Habana funciona como una crónica de lo posible dentro de las tantas imposibilidades cotidianas. Viaja a través de estructuras poderosas en el ámbito del símbolo y nos regala el aliento de una obra que no se queda en el dibujo. No se trata de un esbozo, sino de un cuadro, de una pintura negra de Goya en la cual, a pesar de los contornos que se destruyen entre líneas irregulares, hay una luz. En el arte, siempre que se apela a las oscuridades vemos que los autores se acercan a la iluminación. No en balde, entre los símbolos que Paz elige para su video están: José Martí, Maceo y la Virgen de la Caridad. Tres hitos del nacionalismo que se conectan con energías dispares de ese diálogo identitario. El Apóstol como ese misterio de la independencia que aún no llegamos a desentrañar, el proyecto que nos reta y que se queda siempre a medio camino hacia la utopía. Maceo como ese trozo de virilidad bélica que nos recuerda la persistencia y la dignidad. La Virgen como lo divino, la madre que surge en medio de lo frágil y que en su luz encierra ese Nirvana de los cubanos, especie de escalera al cielo de los caídos en el combate cotidiano. Paz no quiere que el mensaje llegue con simpleza, huye del panfleto y nos plantea un ecumenismo raro en el cual coexistimos todos marcados por las sombras.

Hay, además, la maldición del agua por todas partes, la insularidad, aunque no la veamos de manera explícita. Está ahí el enemigo rumor de Lezama, ese que no permite las realizaciones mayores y que se construye con los ladrillos de la maledicencia. Convivimos en ese solar imaginario con la cruz de Cristo, una que se sostiene a partir del ascenso del pensamiento mediante el gesto de hastío, el cansancio, la búsqueda que fatiga. Paz no lo dice, pero todo eso es la oscuridad del video. No solo es la falta de luz, sino la necesidad de la luz, el grito por la luz. Y el arte puede decirnos mucho, de hecho, decirlo todo. Cuando la canción va apagándose y el video va llegando a su final, sentimos que la epifanía nos ha cambiado. ¿Cuántas veces en medio de un apagón hemos llegado a ese punto? Cuando reina el silencio se producen las mayores luces, se mueve el pensamiento hacia las zonas antes obstruidas por la comodidad, la vida en automático y el cansancio. Paz ha dicho que también él como isleño sufre esos episodios de espera y que, no obstante, la oscuridad no ha podido borrarle de su espacio más íntimo aquellas huellas que representan lo más grande, la identidad, la patria, el gozo de ser.
La primera luz que se apaga en el videoclip es el cigarro que Paz lleva en las manos. De ahí acudimos a una sucesión de penumbras. El gesto no es menor, puede expresar hastío, ansiedad, espera, rabia. Lo que hace del arte algo que trasciende está en la posibilidad de magnificar lo pequeño y no dejar que muera en el marasmo de la gran historia. Paz nos está llevando a ese apartamento en un barrio de la ciudad donde tenemos tantas vivencias y a partir de ahí construir la posibilidad de un sueño. Los anhelos, aunque utópicos, son reales en nuestro pensamiento y al menos ahí tenemos el control, más allá de percepciones o de la necesaria racionalización. Es sencillamente el poder del arte para generar escenarios alternativos y puntos de quiebre.
El ecumenismo de Paz y de este video es entrañable, nos humaniza y recoloca en el mapa de las emociones, nos recuerda que los ladrillos de la oscuridad están hechos con nosotros. Somos importantes. Esa señora que se abanica es en cierta medida una pieza clave de la realidad y ni siquiera lo sabe. Hay un misterio en el silencio que no permite que la verdad cotidiana se reivindique, pero en cambio le ofrece el rincón vital para que no muera. Y eso ha hecho este artista. No es glorioso, no es espectacular, no resulta una tesis vendible en oropel; pero es tangible, existe, nadie lo puede negar.
Raúl Paz no en balde es una de las voces de la canción que más nos mueven, uno de los artistas que se toman en serio para siempre porque han demostrado que su propuesta no se queda en la moda, ni se detiene en gestos nimios. Aquí hay que ir con las armas de la crítica, pero con el respeto ante una figura que sabe cómo decir y hacerlo con sentido de lo estético, de lo conceptual. Habana no va a pasar a la historia grande quizás, pero en esta que estamos viviendo es como un soplo de aire que se recibe en un balcón. Son las dos de la mañana, sin servicio eléctrico, y Paz canta, enciende velas. Eso nos parece más que suficiente.



