El videoclip ha evolucionado hacia un fenómeno que aún no se define. Como parte de la búsqueda de la intimidad con los públicos —esa cercanía que se da en las redes sociales— está ocurriendo algo: ya no se intenta siempre un golpe visual. Al contrario, el lenguaje de determinado género, sobre todo las baladas, tiende a ser reflexivo y autorreferencial. Se reproducen los procesos de ensayo, la creación incompleta, la afinación de los instrumentos. Lo que antes estaba detrás de los escenarios reaparece como un making off. Llego a esta reflexión mientras veo el material No lo hagas por mí de Diana Fuentes, Kelvis Ochoa y el maestro Gonzalo Rubalcaba al piano. El tema posee un lirismo extraordinario, una fuerza poética capaz de cambiar la atmósfera desde los primeros acordes. Sin embargo, lo que vemos es un apartamento, posters de artistas por todas las paredes, los músicos ensayando. El blanco y el negro con un ligero trabajo fotográfico que acerca la imagen hacia un tono vintage, nostálgico, como de paraíso perdido.
El videoclip está hecho con buen gusto, pero en una sola locación y casi pareciera una apoyatura para las redes sociales. No hay movimientos atrevidos, ni encuadres, no se trabaja con los planos. Se apela a una cotidianidad creativa que apuesta por mostrar a los artistas tal y cual son. Flota por encima de la escena un aire melancólico, como si la tristeza se hubiera enseñoreado. La canción, aunque es polisémica, evoca escenas perdidas, cafés, bares, promesas, panoramas que se llevan en el recuerdo. En los comentarios en la red social YouTube varios usuarios hacen alusión a la vida animada de La Habana de antaño, ahora detenida por los apagones y la crisis, la escasez de actividad económica y turismo, la soledad. Es como la balada de un país que está en compás de espera, pero aún así no para de soñar. Las evocaciones en blanco y negro de íconos de nuestra cultura poseen una resonancia. Son como las huellas de la tormenta, las gotas de lluvia que se van evaporando. Hay un silencio en las paredes que contrasta con la canción, con la forma en que los artistas —todos sentados, en poses informales— emiten sus voces. Existe en la escena una libertad rara, la que se tiene cuando ya nada importa, solo compartir un instante de intimidad.

El contrapunto entre las voces de Diana Fuentes y Kelvis Ochoa marca el otro aspecto remarcable de la propuesta. Ella, entre dulce y firme, con una tesitura capaz de moverse en un registro vocal amplio. Él, más cercano a lo cálido, a lo familiar sin que por eso se caiga en la ñoñería o lo simple. Forman un dúo en el cual más que dos voces parecieran hablar las vivencias. Son como las orillas de un mismo río. La canción no hace hincapié en la literalidad, sino que nos abre su diapasón. Gracias a la interpretación magistral al piano del maestro Rubalcaba, la melodía posee su propia entidad y refuerza en nuestra mente esa imagen triste, hermosa, que subyace. Los premios Grammy están colocados sobre una vitrina, junto a otros tantos. Sin embargo, el artista se concentra en las teclas, mira hacia el suelo, vive la modestia de su creación. Hay una confluencia de energías que rebasa todo tipo de pretensión o pose. La sencillez llena la escena, la luz entra por las persianas y marca con los tenues rayos las paredes y baldosas.
“Después de todo lo que nos juramos, se ha roto el cielo que nos regalamos”, la frase pudiera evocar una ruptura amorosa, también una huella en el destino de una colectividad humana. Hay un juego conceptual y ambiguo dentro de la letra. La canción versa sobre el tiempo, el caos y la necesidad de que el cielo se mantenga a pesar de todo. Tal es la metáfora que sostiene la poesía interna. Cuando oímos la canción nos parece suficiente. Quizás añadirle planos, crear una narrativa hubieran sido acciones válidas, pero infructuosas ante el peso de un espíritu que se mueve con mayor contundencia a partir del desasimiento. Hay metáforas que son inapresables. No lo hagas por mí además nos ilustra la libertad con que debería operar el mundo. Si una persona elige seguir una relación no tendría que ser para fundirse a la voluntad del otro, sino como un acto de suprema emancipación. Todo lo que no sea de esa manera sobra. El amor, valor universal, exige una pureza de miras que no posee concomitancia con el conformismo. Amor y libertad, pero en tono de tristeza, trabajados en blanco y negro, con apenas unas huellas de luz que caen oblicuas.
El tema es ideal para conversar con alguien que decide marcharse o quedarse. Tiene la letra exacta, la rítmica, el poder evocativo.
No lo hagas por mí es más que un videoclip. Se trata de un grupo de amigos que se reúnen en una casa para cantar. Ahí no se miden ni el alcance, ni el mercado. La apoyatura que sustenta a la canción funciona, eso pareciera suficiente. Diana Fuentes y Kelvis Ochoa representan generaciones de artistas que crecieron en una era de ausencias, de viajes, de despidos. Eso se respira en la canción. La crónica de esta etapa se erige como significante por encima de las particularidades. Los públicos conectan con las emociones emanadas de cada bocanada de aliento.



