Liuba María Hevia está haciendo una obra hermosa y rara en el panorama actual de la música. A la cantante la asaltan dos patrias. Las halla en la encrucijada de la creación y les da voz. Cuba y España son abordadas como contrapuntos mucho más que geográficos, culturales o históricos. Hay un tejido que la artista logra enhebrar y que apunta hacia adentro como fuerza centrípeta. Imagino que sus composiciones actúan sobre el dolor de la distancia como puntadas que, a la vez que cierran, conducen a una cicatrización efectiva, profunda.
Pienso en el video que acompaña a la canción “Asturias, bendito sea el amor”, la cual forma parte del álbum Almas Comunes. Allí veo mucho más que la realización, los términos técnicos o el ritmo de edición. Liuba construye realidades a partir de un detalle en apariencia sencillo. Es un mundo que comienza en lo pequeño y se va ensanchando hasta que logra articular un discurso amplio. Las raíces asturianas y la huella ibérica en Cuba son funcionales a una manera de mirar el arte y de reconocerlo como instrumento de apoyo para repensarnos identitariamente. Liuba se coloca desde afuera solo en apariencia ya que —en la medida que avanza el metraje del video— vemos que la fuerza interior nos lleva hacia un recinto que ya conocemos.
Hay algo que constituye la base de ese encuentro y que no es sustituible en términos de construcción de discurso: la gaita y el recuerdo del abuelo. Esas presencias o entidades acompañan a Liuba en el itinerario global desde hace tiempo y poseen una poderosa proyección artística. Es una cuestión de diseño espiritual. Hablamos —en todo caso y con atrevimiento— sobre el molde con que está hecha la poesía. Puedo decir que la sucesión de planos en el video está concatenada de una forma orgánica con respecto a la tesis musical y que la letra conduce directamente a una decodificación metafórica del tema del arraigo y la memoria, pero mi opinión no sería suficiente para expresar la iluminación con que Liuba ha vertebrado este álbum. Más que un producto artístico pareciera un mapa de sí misma, uno que nos ayuda a recorrerla sin que por ello perdamos de vista que se trata de una cubana que reconstruye su ser a partir del hallazgo de huellas: el pasado, la soledad, el silencio, la familia, la ruptura.
A lo largo de siglos de arte, la humanidad ha emigrado. Ese trasplante de identidad ha sido traumático: conviene verlo no como un posicionamiento elegido, sino como una acción forzada mayormente. Sin embargo, la poesía del emigrante es única, se puede sentir en la nostalgia, en las marcas que se dejan al pasar, en los recuerdos de la tierra perdida que se va volviendo más y más irreal. Persiste aquí un elemento absurdo si se quiere: el que se mueve de lugar jamás se mueve. La permanencia no se define por el espacio, sino por la percepción y puedo decir —sin temor a equivocarme— que dentro de Liuba vive el alma de su abuelo. La Asturias a la cual se regresa no es suficiente, siempre va a tener algo de Cuba. A su vez, la Cuba que se deja cambia tanto que seguirá siendo la misma en la mente del que se marcha. La dialéctica, aparentemente opera con contradicciones insalvables, que hallan respuesta en el tiempo: quizás dos o tres generaciones más allá. Así está pasando con buena parte de la descendencia hispana en Cuba, que ha vuelto a encontrar la sonrisa del bisabuelo o del abuelo.

A mí han llegado, por ejemplo, las hilachas de Manuel de Jesús Escuela, un emigrante que arribó a los 16 años a La Habana, con muy poco y muchas ganas de recomenzar. Les enseñó a sus hijos el silbo canario típico de la Gomera. Por décadas, en Remedios se hablaba de los isleños que “hablan chiflando” como si no supieran el idioma verbal. Mi bisabuelo nunca regresó, tampoco mi abuelo; pero hoy sus huellas han vuelto sobre aquella tierra un día abandonada y llena de desolación. Ese es el vacío en la historia del arte cubano que Liuba está intentando llenar. Para ella, la gaita lanza al aire las memorias ocultas de una generación silenciada. Para mí, es esencial el silbo de una isla llena de riscos, en la cual el pueblito de Manuel de Jesús se asoma al mar como si quisiera suicidarse por el despeñadero. Para Liuba son los campos, el verdor, las iglesias góticas, las casas sobre maderos. Para mí, las calles enrevesadas de Agulo de la Gomera, hoy vacías, pintadas como una escenografía.
En toda emigración hay leyendas que contar. Espero que Liuba no se detenga y que su espectro musical nos articule todas las aristas que implica dicha temática. La magia de la gaita eriza la piel, es un sonido cuya permanencia en la atmósfera no depende necesariamente de las vibraciones: podemos sentirlo en el cráneo, como un ente, aunque los instrumentos estén en silencio. Una de las tantas historias que en mi familia se han contado versa sobre una hermanita de mi bisabuelo. Falleció en sus brazos cuando él tenia ocho años. La llevaban al puesto sanitario de la isla y, justo en el instante en que entraban, pasó una lechuza y emitió su característico chillido. Los canarios creen que dichas aves son brujas, las cuales mediante propiedades licantrópicas adquieren diversas formas para sus fechorías. Esa muerte causó tal conmoción en la familia que convenció a sus miembros sobre la necesidad de emigrar de la isla atrasada, sin atenciones médicas ni civilización moderna. Cuando cuento la leyenda pienso en la facilidad de la artista para decirla mejor, con su poder musical, y me convenzo de que vivimos una oportunidad única para rescatar del olvido a los bisabuelos.
Finalmente, quiero referirme a algo que se percibe cuando uno escucha los temas de Liuba: lo inefable, aquello que sencillamente no se puede expresar. Es una forma de entrañamiento que se siente, pero no llego a definir. A través del arte existen almas que pululan y dejan su afán. Sus signos jamás serán desentrañados. No sé si mi bisabuelo y el de ella se conocieron —o se conocen en algún plano—, pero lo cierto es que la música une, establece puentes y distiende lo que las tensiones, las arbitrariedades y el dolor sesgaron. La hermanita que falleció en una isla lejana hace más de un siglo no volverá, pero puede expresarse mediante ese idioma sin palabras.





