España y Cuba en un alma común

La canción “Entre Madrid y La Habana” es una joya. No quiero utilizar frases que suenen a herrumbre, a lluvia sobre el suelo mojado, pero no hallo otra para referir la inmensa gratitud por una pieza que roza la más alta visión de la poesía. Liuba María Hevia presentó su disco Almas comunes en septiembre de este año. Consta de temas que exploran la memoria, la esperanza —y la desesperanza—, el hastío, la plenitud. Es, además, un tejido pletórico de colaboraciones. Las apariciones, entre otras figuras, de artistas de la talla de Ana Belén, son como retazos de un pasado que distiende las orillas y establece paralelismos. Liuba se está refiriendo a la convivencia entre dos realidades en una misma persona: la española y la cubana.

Todo parte de su propio entrañamiento: la artista posee sangre asturiana y de esa savia ha bebido para traernos algunos de los temas más memorables. También, en cierta medida, ella es una rara avis en el panorama de la canción. No renuncia a las sonoridades criollas, a las calles habaneras y sus pregones, al ambiente casi pueblerino de una ciudad que pareciera detenida. A la vez, conmuta esos aspectos con la posibilidad de una visión hispana mayor. España nos une no en la lógica metropolitana, sino interior. Es la tierra de la hoguera encendida en medio del frío asturiano, de la gaita y las montañas heladas, la desolación que empujaba a emigrar. En ese tejido, el regreso de Liuba adquiere otra tonalidad: es como si nos dijera, a partir de la letra y la propia visualidad de la pieza, que es posible habitar dos espacios. El álbum opera como un vehículo de contacto para los millones que descienden de aquellos españoles, y que han crecido con la huella hispana como una esencia dormida. En Cuba hay mucho del otro lado: la arquitectura, el idioma, la cocina, los ritmos. Pareciera que caminar La Habana por momentos nos conduce a una calle de Madrid. No importa que el tiempo separara a las dos porciones. Ese carácter reconocible de lo cubano en lo español a veces se dibuja con resquemor o se acalla. Existe una corrección cultural que ha confundido equilibrio etnográfico con silencio. Se agradece que Liuba proclame la españolidad con fuerza, que es como reivindicar la cubanidad.

Nuestro Maestro era hijo de dos ibéricos y él mismo, hasta cierto punto, llevó en su vida la galanura de los viejos caballeros. Hablo de un José Martí que no vio nunca en España un enemigo cultural, sino un horizonte cercano. Las diferencias no hicieron mella en la resolución intelectual de la mente creativa por excelencia de Cuba. Quiero pensar que en el esfuerzo de Liuba está también esa huella prístina martiana.

“Entre Madrid y La Habana” no realiza grandes transformaciones técnicas, no dialoga con narrativas de vanguardia —ese no es su cometido—, sino que mediante una sucesión de planos que van desde lo general hasta lo íntimo cuenta la naturaleza de un ser dividido: patria y arraigo versus emigración y reinvenciones. El girasol que viaja de mano en mano y establece un puente con sus pétalos es un símbolo poderoso, pero ambiguo: su efectividad depende de la arista conceptual de quien mire. La autora sabe que una flor transmite esperanza, pero, también, que existe para ser regalada y generar empatía, amistad, acompañamiento. La belleza acorta las distancias, reúne en unos pocos planos a varios de los más importantes actores cubanos. Preciosa comunión de intereses que se transforma en hilachas luminosas. Lo que me queda cuando termino de ver la pieza es acierto total, hermosura, poesía que no osa decirlo todo.

Almas comunes aparece en un instante necesario. Si analizamos sus propuestas veremos que confluyen con el papel del arte en tiempos duros: restañar, sanarnos, ayudar a todos a encontrar un camino. Pareciera exagerado hablar de “Entre Madrid y La Habana” como un instrumento espiritual, pero considero que si lo vemos varias veces y con detenimiento hallaremos muchas otras almas en cada plano. Ese carácter coral, múltiple, de la experiencia, es algo que la tesis de la pieza ha logrado reflejar. Liuba no pierde rigor jamás, sin embargo existe un fluir de la conciencia que imita el recorrido de una mente libre, discursiva, sensible. En ese procedimiento a veces la imperfección es parte del paisaje metafísico. El hecho de nunca aspirar a un diálogo rupturista, sino restaurador de la españolidad nos ayuda a entender a la artista como alguien que respeta sus raíces y sabe insuflarles vida.

Viví gran parte de mi existencia en una villa donde —por más de cincuenta años de República— se izaron juntas las banderas de España y Cuba. En Remedios, en plena ocupación militar norteamericana, Máximo Gómez dio un discurso de concordia entre los habitantes de una urbe que por más de tres décadas vivieron enfrentados. Acto seguido colocó ambas enseñas a la entrada del Ateneo de la ciudad. He entendido, por ósmosis cultural, que somos una sola sustancia, cierto que matizada, objeto de distanciamiento, pero a la postre nacida de un proceso que nos emparenta. Aquel gesto de Gómez, que posee el mismo ADN martiano de Liuba, reaparece en este videoclip de una forma que solamente el lenguaje visual posmoderno puede vertebrar.