La sonrisa tranquila, el paso seguro, la mente brillante. Así describiría a Orlando Cruzata, una persona que nunca he visto presencialmente. Su impronta, no obstante, ha marcado la realización televisiva de las últimas décadas y estableció un estilo reconocible. Quienes tratamos con él —en mi caso vía WhatsApp— sabemos de su dedicación al proyecto, los desvelos para que todo salga en orden, la tensión entre lo soñado y la realidad. Se ha rodeado de jóvenes y los ha conducido en este camino de la crítica audiovisual, la producción, la dirección artística. Ahora llegan el justo reconocimiento, el aplauso y el signo de aquellos que alcanzan la categoría de consagrados.
Cruzata pareciera nunca tomarse las cosas tan en serio. Conserva un aire irreverente que está lleno de una sabiduría entre culta y popular, entre la experticia y la maña de años. Si vemos la forma en que se ha construido un espacio como Lucas, hallaremos allí no solo la música, los videos, sino una mentalidad que se resiste a hacer siempre lo mismo. La estética del programa se ha desbordado hacia distintas aristas del consumo. Hay mucho de la sustancia líquida de la posmodernidad en este proyecto: todo fluye y tiende al infinito, pero no se petrifica, no aspira al estatismo ni al sello clásico. Entonces no debemos abordar a su creador como una figura encumbrada más, sino como el hombre que batalla incansablemente por una idea que se reinventa.
El proceso de evolución de Lucas estuvo marcado por la resistencia institucional de los inicios, el prejuicio hacia un lenguaje que apelaba a la ironía, a la recurrencia humorística en un país donde no siempre lo rompedor es bien visto. En todo eso, Cruzata dio la guerra justa. Hubo que desbrozar con las manos del arte el camino de espinas para que ocurriera el milagro. En pocos años, tuvimos una estética Lucas marcada por la originalidad criolla del discurso y por la incautación atrevida de códigos foráneos. Había de todo: desde la música más urbana hasta la nacional, pero, en el proceso, las fusiones generaban debates, encontronazos, chispas de conflicto. El consumo nacional nunca más fue el mismo. Cuando se creó una crisis con la aparición de disqueras cuya lógica se iba de los controles fronterizos y los cánones, Lucas logró aunar la voluntad de estilo más fuerte y persistente. Las cuerdas se tensaron, pero no se rompieron y de aquella batalla salieron mejores ideas y visualidades cuya preceptiva no se enmarcaba en nada que fuera un lugar común.
No hay que hablar de los artistas solo en las grandes ocasiones, sino en los momentos de pequeña creación. Es en la tormenta donde acontece la grandeza (creo que esta cita indirecta de Heidegger nos remite al carácter líquido del proyecto Lucas). Por ende, dedicarle unas palabras al Premio Maestro de Juventudes recién recibido por Cruzata es un acto de cotidiana justicia, una pequeñez, al lado de tanta dedicación y entrega. Lo posmoderno aunado con la solidez, la ruptura del canon que conduce al canon, la audacia que opera bajo presión y aún así nunca se rinde. Todo eso está dentro del fenómeno en cuestión. Si algo resalto siempre en Cruzata es su aureola impredecible, rupturista, su búsqueda de la originalidad en una era en la cual lo original está en crisis. En un tiempo donde ser joven debería tratarse más que nunca de un estadío del alma, el artista nos muestra su propio camino plagado de vicisitudes y tensiones, pero con un resultado palpable.
Quizás quien mira desde afuera creería que Lucas se hace fácil, que se trata de un bosquejo de los videos de la semana y un sistema de premiaciones. Nada más alejado de la realidad. Por muy precario que sea el nivel de alcance material de la plataforma, los realizadores del área miran hacia el fenómeno como una especie de árbitro. Lejos de pretenderlo ser, los que formamos parte de esta familia entendemos la idea fundacional de Cruzata y sabemos que allí se defiende algo más que un programa de televisión. Es la identidad fluida, infinita, de un país. Se trata de los imaginarios que se concretan en sueños audiovisuales, las sensibilidades diversas y aunadas en un mismo abanico de emociones, la posibilidad de que la construcción de sentido sea sólida sin que se coloquen en riesgo los pilares más profundos de la cultura.
Y aquí me detengo en el término que más nos desvela: la cultura. No hablo de las bellas artes, ni de los espacios de ejecución de las obras, no me refiero ni siquiera a los sellos clásicos que determinan lo que vale y lo que resulta prescindible. La cultura como herramienta de transformación social y de mejora humana. Ese elemento intermedio que usamos para que la naturaleza nos acompañe desde un prisma más amable. Pienso en la creación con una mentalidad de agricultor: roturamos la tierra, la regamos, la preparamos, la sembramos y luego recogemos la cosecha. Así mismo ha crecido Lucas, sin que ninguna de las fases del proceso sea mejor ni más imprescindible.
Ser Maestro de Juventudes significa serlo de toda una generación que ha crecido viendo Lucas. Si mañana —como he leído en alguna parte— desapareciera el proyecto, la televisión y demás medios cubanos no están listos ni poseen, a mi juicio, la experticia para vertebrar algo equiparable. Lo que conlleva tiempo no se fabrica con prisa, ni lo que ha ganado tanto afecto puede irse sin dejarnos una huella.



