La edición 29 de los Premios Lucas representa una oportunidad para los realizadores y el propio proyecto, liderado por Orlando Cruzata, de hacer un recorrido por las propuestas videográficas producidas de octubre de 2025 a octubre de 2026. En ese período el programa estrenó 342 videoclips, una cifra elevada, y no lo digo solo en estadísticas, sino y sobre todo, por la calidad artístico-técnica y los valores estético-éticos que promueven.
De los estrenos, el jurado debe evaluar un conjunto de 251 obras audiovisuales preseleccionadas. Este año agradezco la oportunidad de formar parte del jurado por primera vez. Es un reto, pero al mismo tiempo me ofrece un panorama global del estado actual del videoclip cubano. Desde esa perspectiva, me gustaría comentar sobre una tendencia que vengo advirtiendo hace años y que me atrevo a formularla ahora en el ejercicio de visualizar un conjunto representativo de clips. Me refiero al imaginario de la ciudad en el video musical cubano. La Habana, Santa Clara, Santiago de Cuba y otras, se representan en los clips configurando una manera de entender y resignificar el espacio urbano.
En principio, una de las acepciones del término imaginario, según la Real Academia de la Lengua Española (RAE), expone que se trata del repertorio de elementos simbólicos y conceptuales de un autor, una escuela o una tradición; una imagen simbólica a partir de la que se desarrolla una representación mental. Daniel Hiernaux en el texto Los imaginarios urbanos: de la teoría y los aterrizajes en los estudios urbanos explica que “el imaginario funciona sobre la base de representaciones que son una forma de traducir en una imagen mental, una realidad material o bien una concepción. En resumen, nos construimos una “idea de la ciudad” y el cine, las artes plásticas y la música la sintetizan como modelo de ciudad reproducida una y otra vez.
En el caso de la ciudad en el videoclip cubano son visibles cuatro imaginarios que se repiten de un video a otro: la ciudad, estéticamente bella, como escenario en el que se desarrollan las historias; el espacio urbano, marginal, decadente, que no figura en el mainstream televisivo; el espacio urbano como síntesis simbólica o metafórica de la nación y un cuarto modo de representación que es la ciudad distópica, la ciudad en destrucción o que desaparece.
Respecto al primer modo de representación de la ciudad es posible distinguir en los clips una búsqueda de la belleza estética, de la limpieza visual y la imagen turística que seduce y promociona. En este grupo se inscriben videos que dan protagonismo a los paisajes, los planos generales, la arquitectura, e incluso, las azoteas. Los videos grabados en estas últimas ofrecen una lectura singular de la ciudad: los intérpretes y la música están como protagonistas que, desde la altura, ejercen su superioridad y la omnipotencia de quien puede visualizar desde arriba todo lo que ocurre, como abrazar la ciudad y tener el dominio sobre ella. Por ejemplo títulos como: “No vale”, de Osmany Romero y Gabi Pérez; “Color café”, de Frank Almaguer; “Mi Santiago”, de la agrupación Sol y son e invitados y “Tu pedacito de cielo”, de Sada, ofrecen una visión romántica, poética, turística de la ciudad.
En torno a la representación del espacio urbano, marginal, decadente, que no figura en el mainstream televisivo se agrupan la mayoría de los videoclips, sobre todo los inscritos en el hip hop, el género urbano, el reparto y aquellos que intentan una lectura más plural, pragmática, realista o documental de la ciudad. Aquí la apuesta visual es por lo que se ha dado en llamar “estética de la pobreza” o resumido a un slogan más popular “la pobreza, vende”. Edificios despintados, paredes en semiderrumbe, calles oscuras, la vida callejera sin filtro, la ciudad sin maquillaje. Vienen a mi memoria las obras “La vida es una”, de Wampi; “Negra”, de Jotabarrioz; “Lo que le falta a La Habana”, de Eduardo Sandoval y “Flores de papel”, de Pablo Barrera.
Por su parte, los videoclips que construyen un discurso como síntesis simbólica o metafórica de la nación exploran una representación más abstracta y elaborada, que exige mayor profundidad en los niveles de lectura de los audiovisuales. Por lo general, estas propuestas resignifican símbolos, se apoyan en el carácter evocativo de las imágenes y apuestan por una construcción de sentido no lineal. Hablo de videos como “Delirando”, de Vicente Trigo; “Habana”, de Raúl Paz y “Canción con todos”, de varios artistas de la Asociación Hermanos Saíz. Esta última, junto a “Déjame en paz”, de Alejo Stivel y Silvio Rodríguez llega a proponer, incluso, un enfoque latinoamericanista del discurso.
Por último, la ciudad distópica, en destrucción o que desaparece es otro imaginario visible en el videoclip cubano. Esta es quizá la versión más extremista o pesimista de representar la ciudad, sin embargo no debe obviarse como construcción social de sentido. Daniel Hiernaux, en el texto citado antes, asegura que —la posible desaparición de la ciudad— es otra forma de construcción de las representaciones de la ciudad, y por ende, deriva en imaginarios significativos. En dicho grupo puedo mencionar videoclips como “Tornado en La Habana”, de Aixa y “Sueño con serpientes”, de X Alfonso y Silvio Rodríguez.
En todos los casos, La Habana es la ciudad que se lleva cámaras y micrófonos, un poco menos las capitales de las provincias cubanas y una minoría, aunque no despreciable, los escenarios urbanos internacionales, como en el clip “Inmigrante y qué”, de Yeisy Rojas y “Por amor”, de Elain Morales.
Si bien hay videoclips que se desmarcan de estos imaginarios, es posible reconocer tendencias. Y corresponde a la crítica el ejercicio de pensar y advertir las líneas discursivas y estéticas por las que se está moviendo el videoclip cubano hoy día. Mis reflexiones no buscan ser cerradas o erigirse como verdad absoluta (si es que esta existe), por el contrario, me interesa abrir el debate para descubrir nuevos imaginarios o rutas por las que actualmente está transitando la producción de videoclips en Cuba.



