Inteligencia artificial y discursividad en el videoclip cubano

Un debate sacude las dilucidaciones de esta edición de los Premios Lucas: la producción con Inteligencia Artificial (IA). Una herramienta que surgiera como auxiliar de la creatividad humana está desplazando funciones y estableciendo pautas que remueven estamentos, estilos, costumbres y rutinas de trabajo. ¿Facilismo o desarrollo? Lo cierto es que el uso de la IA marca un paso más en la visualidad y abarata los costos de cara a la economía de recursos. Como la crítica debe ocuparse de las transformaciones en el campo del arte, considero que pasar por alto su uso en un suceso como Lucas sería cuanto menos imprudente. Ciertamente, la competencia contrapone lógicas, sensibilidades, aproximaciones, nombres establecidos contra otros que recién aparecen, firmas y disqueras, presupuestos y esfuerzos personales. En esa batalla de motivaciones, intereses y puntos de apropiación estética deberá dirimirse el papel de una discursividad tecnológica llamada a automatizar la concreción de procedimientos de edición, metaforización y exposición artística.

Hace unos años cuando el mundo digital desplazó toda la tecnología analógica hubo quien no logró adaptarse y quedó fuera de juego. Lo mismo pasó —salvando distancias— con el cine sonoro cuando de pronto irrumpió en las salas, destruyendo toda una imaginería y creando otra. Es un proceso en el cual el arte recibe el impacto de la industria y se produce una simbiosis conflictiva, una readecuación del discurso estético que deberá moverse hacia otro punto y validar determinada manera de pensar. Con la IA, no obstante, pasa algo fuera de lo común: con el tiempo, su entrenamiento la hace capaz de sustituir buena parte de la mano de obra humana. El arte es también un empleo, forma de vida, materialidad. Entonces, ¿cómo conservar lo que antes nos daba de comer y constituía una razón existencial? Las máquinas pueden hacerlo bien e incluso, teóricamente, hasta mejor. ¿Falta solo una chispa divina para que la IA se proclame como forma de vida autónoma? Soy un hombre de fe y como tal siempre dudaré de la capacidad de existir sin ese suceso milagroso que solo algo mayor puede propiciar y que escapa del control humano.

En esta edición pasaron por delante de nuestros ojos fabulosas piezas hechas con IA cuyo valor reside en la idea del artista. Se trata de reinterpretaciones de la realidad desde un alto nivel de metaforización. Esas posibilidades —vedadas hasta ahora por la escasez crónica— les otorgan a los realizadores una herramienta que les permite saltarse la valla de lo material. Solo la chispa importa. Lo demás, concerniente al azar del mercado (dinero, exposición, publicidad, marca) queda elidido ante la gran ventaja de hacer un producto visualmente poderoso con un costo moderado. Hablo de los mejores casos, de esas piezas que, considero, funcionan en sí mismas y donde no notas que la IA posee un papel preponderante, sino que funciona como un basamento, como un soporte. Hay otras obras que hacen alarde de la herramienta, abusan de su presencia, la colocan por delante de la poesía. En tales ocasiones, considero que las piezas, sin ser fallidas, no llegan a rasgar ese cascarón metafórico del arte. El nacimiento de una obra se produce en cualquier lugar, bajo cualquier circunstancia, sin que las condiciones sean necesariamente propicias. La IA es sencillamente una precondición que estará cada vez más presente en el mundo del arte. Hay que acostumbrarse a evaluarla como si fuera algo cotidiano, válido, incluso, imprescindible. Atrás quedarán lógicas que parecieran inamovibles, maneras de entender el trabajo, andamiajes que veremos desde la distancia como se miran las ruinas.

¿Facilismo o desarrollo? La herramienta no sustituye lo que solo el humano produce. La velocidad de algo puede aumentar, pero no cambiará el objetivo: crear algo que conmueva y genere un cambio interior. En ese sentido, el videoclip apela a una espiritualidad que requiere de la existencia tal y como siempre la hemos entendido. A fin de cuentas, el proceso del artista es el mismo desde las cavernas hasta hoy, no existe una sensibilidad superior en nosotros, sino la misma preocupación filosófica. No en balde la estética es una de las ramas de la indagación perpetua por el ser. La máquina no existe en términos de autoconciencia, por ende, pensarla como una entidad capaz de entender mejor nuestra condición mortal es un disparate. Lo que vemos ante nuestros ojos es una correlación coordinada por la idea del artista que se sirve de una herramienta con más o menos efectividad.

Lo difícil será la coexistencia de lógicas de trabajo, porque mientras algunos sostienen la factura y el sello personal, otros apelan a la automatización y a preservar únicamente el carácter reflexivo de la idea. Pareciera que el trabajo intermedio desaparece y solo cuenta el resultado con la chispa de quien lo concibe. Es el sueño del artista, quien desde siempre quiso obrar como Dios en su propia terrenalidad inmediata. Allí, no obstante, tendrá que haber espacio para el artesano, el que sostiene el oficio y lo readapta para los nuevos tiempos. El debate sigue, la rueda de la historia no se detiene y el arte marcará las pautas de una dimensión sensible y cambiante.