Cambiará

La pantalla del celular se enciende y aparece un video de X Alfonso. Se trata de “Cambiará”, una canción que sigue hablándonos. El arte ha sido visto de muchas maneras, hay quien dice que posee funciones como si se tratara de un vector, una pieza en una maquinaria exacta; pero ¿cómo plantearnos tal cosa ante las obras que dialogan con todas las épocas? Decía Italo Calvino que los clásicos poseen una locuacidad infinita. La utilidad del arte —si es que la posee— reside en sí mismo, en su sustancia metafísica que le permite existir y en ocasiones sobrevivir al contexto.

En “Cambiará” existe una promesa de base que se sostiene como un ritornelo: la transformación. Sin embargo, en el video las imágenes que se suceden no dicen nada distinto: escenas cotidianas de vendedores en las calles, solares habaneros, balcones, carros antiguos, fachadas derruidas. En medio de todo, una flor que pasa de mano en mano y que entrega el propio X. Al artista no le interesa si ese gesto es original —se sabe que es un símbolo común—, sino expresarse a través de un filtrado de sentido, una revisitación. A mi juicio eso le da el carácter de clásico a X Alfonso: no importa cuánto tiempo pase pues el video sigue dialogando. “Cambiará” se hizo en otro momento de la historia, pero sabe moverse y poner los problemas actuales en el cadalso del análisis. La pieza se transforma a sí misma en una profecía autocumplida.

Algunos dirán que el cambio al que se refiere la canción es en todo caso un debate estético o íntimo —cosa totalmente plausible—, pero creo más bien que X refiere cuestiones que van a la resolución más sustancial del asunto. El uso del tiempo futuro en la conjugación del verbo que da título a la pieza constituye una clave: no se nos dice que el cambio sea ahora, ni que tenga inminencia, sino que es un proceso, algo que transcurre y que requiere de la sutileza de la esperanza para poderlo mirar. X me vuelve a recordar a Heidegger cuando hablaba de la necesidad de la escucha del ser, de la sintonía con una vibración poderosa y locuaz, con un núcleo auténtico y expresivo.

Hay otra marca que me gustaría anotar acerca de “Cambiará”: no está escrita en tono de tristeza. Puede hablarse de melancolía, incluso de cierto pesimismo en algunas escenas, pero el peso de la obra recae en una porción que no resulta sombría. X sabe determinar las posiciones más lúcidas hacia los recodos donde crece la luz de una esperanza. Sin embargo, no es un discurso manipulador, ni recurrente en las metáforas gastadas de una ideologización específica. La sucesión de citas sobre la realidad se contrapone visualmente con el regalo de la flor y uno se lleva ese conflicto entre lo sonoro y la imagen, entre lo que tenemos y lo que deseamos, entre los sueños y la pesadilla. El poeta sabe escribir desde las grandes ideas universales y las lleva a lo interior de una isla que entraña conflictos, choques, sustancia inacabada. Me recuerda las tantas veces que he leído poesía que se deshace en mis manos como si fuesen seres efímeros que, a pesar de todo, dejan un rastro de vida, una leve luminosidad. El video no se queda en la queja, no evade el compromiso, no se quiebra en el punto más álgido, sino que sabe caer en su propio abismo, desarmarse, reír en su angustia. Vuelvo a los clásicos y digo junto a Calvino que en efecto no paran de hablar, no se detienen en su carrera hacia una discursividad efectiva, sólida, que sabe erigirse a sí misma.

Salvando las distancias, “Cambiará” se me une en la mente con el estribillo de Carlos Varela en otra canción también antológica: “No tengo Superman, tengo a Elpidio Valdés y mi televisor fue ruso, no tengo mucho más de lo que puedo hacer y a pesar de todo lucho…” Son dos momentos de la música cubana en los cuales se expresa un núcleo indecible, una verdad que aún no nace o no sabe decir su nombre. De Varela uno tiene la sensación de que canta acerca de seres que aparecen en otro plano, personas que conocemos, pero no recordamos de dónde o cuándo. Pasa lo mismo con este tema de X: se espera que la flor nos halle en cualquier esquina de la ciudad.

A veces la crítica se confunde con la poesía o se torna metáfora, porque no hay aparato categorial que diseccione algo tan maleable como el arte, la subjetividad humana, el acto sencillo de ser libres. Cuando me acerco a X Alfonso pareciera que mis palabras desaparecen y queda algo que no puedo mencionar. No es un lugar común, sino un suceso inefable de la comunicación. La canción hace de nexo entre el artista y su público y, cuando se escuchan los últimos acordes, es como si todo hubiera cambiado para siempre. No se puede acceder al misterio de ese lazo, no hay manera de articularlo desde la ciencia, la exposición crítica o la seriedad periodística. Por suerte, no me interesan tales poses, creo en la posibilidad de que el consumo iguale a todos, como la muerte, dejando apenas los despojos de ego debajo de la tierra.

He querido terminar esta aproximación a X con un contrapunteo entre la vida y la muerte, entre lo que nace y lo que desaparece. En realidad el arte versa sobre la movilidad entre ambos extremos: luz y sombra. En el centro estamos nosotros, vulnerables, tímidos, como los niños del inicio de los tiempos, con una flor en las manos.