En otra entrega de estas reflexiones en torno a la creación del videoclip hablé acerca del streaming como proceso deconstructivo del consumo. Hay un reposicionamiento de las dinámicas artísticas y productivas en torno a ese escenario exigente, variable. Ahora toca al uso de la Inteligencia Artificial (IA) como herramienta de trabajo. ¿Es válida o quizás un facilismo hasta cierto punto? Los largos y tortuosos procesos de producción en los cuales se invierte un cuantioso presupuesto están siendo acortados por los pocos segundos o minutos en los cuales un robot recrea escenarios, narrativas, colores, metáforas. Todo con el uso de un teléfono celular o un ordenador. Una realidad que, hasta hace cinco años, pareciera de ciencia ficción. La industria se está transformando y se remueve en su estructura. Desempleo, caída de los procesos de contratación, desvalorización del aprendizaje de determinadas especialidades técnicas, metabolismo de la imagen. Todo forma parte del paisaje de la IA, sin que podamos detenernos, sin que exista un instante, a veces, para pensar.
Hay incluso series completas hechas con inteligencia artificial. En esos casos, el creador prescinde de todo el equipo y es capaz de generar actores a partir de la mezcla de personas reales y sus habilidades. Así puedes traer un avatar que posea la maestría de un Jack Nicholson si tu interés es hacer un thriller psicológico como El resplandor.
En el videoclip ha sido una revolución en el buen sentido. Ciertamente hay quien ve amenazado su status como artista, pero otras tantas personas han hallado en la IA herramientas para repensarse. Y es que la inteligencia artificial, por diseño, aspira a liberar al ser humano del trabajo desgastante y propiciar de esa manera que nos quedemos con la cuestión meramente reflexiva. O sea, nosotros seguimos siendo amos de la idea, toda la ejecución cae en el campo del automatismo. Quizás una cinta como Tiempos modernos nos resuene en este punto del análisis. ¿Se tragará la máquina al hombre? Más que eso, tenemos el deber de conocer el mundo en el cual viviremos cuando estas herramientas terminen generalizadas.
La IA está ahí y quizás la idea que más se acerca a este momento de la historia es la de la sociedad del cansancio de Byung Chul Han. Hace muchas décadas estamos imbuidos en una espiral de trabajo que nos lleva a más trabajo. Producimos para producir en un ciclo que no cierra hasta que nos quebramos. Si antes se premiaba el resultado, ahora no es importante, lo que se mide es la constancia en el esfuerzo. ¿Cuántos empleos tienes?, ¿cuántas habilidades posees que puedan ser explotadas a la vez por un solo salario? La sociedad del cansancio es la apoteosis del trabajo enajenado. Entonces aparece la IA con la promesa de quitarnos una parte de la carga, de retornarnos a nuestro papel de artistas, de creadores de la idea. Todo eso en teoría. En la práctica, sabemos que los programas de inteligencia artificial están lejos de representar la libertad humana. Ellos —los robots— también poseen una agenda y una agencia y las iremos constatando en la medida que este nuevo mundo avance. Si el siglo XX fue el de las grandes transformaciones y la comunicación, este siglo XXI está siendo el de lo que Foucault nombró la muerte del hombre. No la mortalidad física, sino la desaparición de su papel como ente antropológico central de la historia. En la disolución que vivimos hay que contar el papel alienante del trabajo, la transformación de la identidad humana a partir del uso de las tecnologías e incluso la transición a un tipo de post humanidad que ya es visible a partir de los experimentos con el metaverso.
Sin dudas, estamos en la era de la sociedad del cansancio, en la cual no solo hablamos de la fatiga como un estadío del cuerpo o la mente, sino metafísico. La realización audiovisual contempla la nueva etapa desde el escepticismo a veces, otras desde la integración de una imagen que pasa por el metabolismo de lo virtual. Corremos el peligro de que el correlato humano se pierda si solamente nos ceñimos a la máquina, corremos el riesgo de que nos deshumanicemos como parte del discurso de la post humanidad que se desprende de la IA. De manera que la realización artística no escapa de las reflexiones en torno a la condición humana que presupone la aparición de una herramienta que recrea el trabajo con rapidez y nos sustituye.
Yendo hacia Heidegger, hay una reflexión interesante en su última visión, cuando él habla del giro lingüístico en la escucha del ser. Si la técnica nos arrasa, nos cosifica y lleva al hombre a una existencia inauténtica, solo el silencio del bosque nos permite el desocultamiento. No en balde es el filósofo más importante del siglo XX, ya que sus propuestas se anticiparon a analizar el papel de la robótica y la IA en nosotros. La máquina que Heidegger conoció se ha vuelto un algoritmo y vive en un microchip dentro de un procesador de datos. Curiosamente, todo, incluyendo nuestra identidad y conciencia, puede ser almacenado allí. Hacia ese mundo va la IA, con extrañeza y contundencia.
Si lo virtual suplanta a lo real e incluso habitamos un mundo de metaverso; ¿qué quedará para lo artístico? Nada, luego de la IA, será igual. Entendernos desde otro paradigma, desde un ángulo que apenas intuimos, es perentorio. Actualmente, en Lucas, analizamos varios videos que usan la IA como apoyatura. Nuestro deber consiste en reseñar el desarrollo del discurso estético, no condenarlo o clasificarlo. Quizás mañana el trabajo del crítico sea hecho por un algoritmo, que tendrá a su cargo el estudio de las tendencias, presupuestos estéticos, proyección y empuje del videoclip. Hasta entonces, lo que se está desenvolviendo ante nosotros es un mundo rompedor, irreverente, en ocasiones peligroso e inestable. Tiene sabor de amenaza, pero también de arte, de creación y de atrevimiento.
Como toda herramienta, la IA no es moral. No resulta ni buena ni mala ya que esas categorías responden a una referencialidad humana, compleja. Sencillamente está ahí y posee un peso en el bagaje artístico del presente. Su protagonismo se irá haciendo mayor en la medida que crezca nuestra dependencia. Y muchos, sin dudas, quedarán en el camino, como pasó con algunos actores silentes cuando el cine tuvo sonido. Aunque parezca algo todavía hasta cierto sentido distópico, la realidad de la IA nos atrapa y, o la estudiamos, o nos pasará factura.
Por lo pronto, desde este espacio de crítica, estaremos abiertos a pensar el videoclip no solo en sí mismo como una pieza suelta o meramente artística. Nos interesa el mundo que se mueve en torno, la filosofía que se desprende del consumo de la imagen por lo masivo y las resonancias sociales del fenómeno. La IA representa un capítulo más en la tensión entre el creador y su entorno, entre el arte y la industria. Es, a fin de cuentas, conflictividad entre el ser humano y la historia.



