Camilo Joaquín Villarroel, más conocido como Milo J., es un jovencísimo artista argentino que está llevando a cabo una obra interesante, de una hondura sensible e intelectual, con propuestas que se salen del marco de lo manido en el consumo. Su más reciente álbum La vida era más corta nos sorprende con visiones filosóficas que pudieran pensarse ajenas o lejanas a alguien de su generación. Allí, me he detenido en el video clip Luciérnagas que realizó en cocreación con Silvio Rodríguez. Este disco está concebido como una muestra coral, en la cual se hacen colaboraciones con varias figuras de la música en el continente a la par que se recorren registros, géneros, aproximaciones. Desde el trap, el folclore argentino, el tango, la música electrónica y urbana; Milo J. nos expone un tejido amplio del ser latinoamericano que no se detiene en los sitios comunes, sino que va hacia historias reales, cercanas, las cuales se narran con los ingredientes de quien posee madurez autoral.
Luciérnagas nos cuenta una historia a través de hilachas de sentido. No nos regala nada, sino que va sugiriendo mediante símbolos algo que nos parece a ratos trágico, en ocasiones tierno y finalmente nos conmueve. Las escenas usadas para el video clip son cotidianas, sin grandilocuencia, pueden verse en cualquier pueblo de Latinoamérica. Una escuela, un patio, una alcoba con una abuela que teje junto a una hamaca. Ese punto de partida es un acierto desde la construcción dramática ya que sirve como arco para potenciar la transición hacia el sentido de la obra: la trascendencia de las almas. Aquí pudiéramos hallar un discurso teleológico, canónico, de una raíz mística; en lugar de ello estamos ante la presencia de la historia de la desaparición de una persona, de la ausencia física y emocional que nos genera. Ese vacío, pensado desde la familia, desde lo que nos define como humanos; es desgarrador. La canción usa el folclore argentino para trasmitirnos precisamente el dolor en lo cotidiano, el apego por algo que se nos escapa y la melancolía de un momento. El símbolo que se usa es una niña que recorre todo el video desde su alcoba hasta un puente sosteniendo un haz de luces.
Hay un comentario de una usuaria en el video oficial que aparece en streaming, quien dice que el tema se lo dedicó Milo a su abuela, que fue docente de una escuela secundaria y adoraba la música de Silvio Rodríguez. La universalidad del arte marca caminos misteriosos, sin embargo, esa es una de las tantas visiones que se desprenden de una canción polisémica, en la cual bebemos de un dolor que conduce a valorar no solo lo que fuimos o lo que tuvimos, sino el presente, el plano donde estamos y en el cual se dan las contradicciones y los sesgos que nos acompañan. La usuaria que comenta dice haber sido alumna de la abuela de Milo, con lo cual se cierra el ciclo de consumo y se evidencia el peso que las redes tienen en la porosidad de significados y en la construcción de realidades desde el arte. Ya los consumidores son cocreadores del sentido en torno a las obras, las desmontan, les colocan narrativas y las asumen desde la cercanía más cotidiana. En los comentarios hay otras tantas personas que asumen la obra desde la pérdida de un hijo, un hermano, un padre, un amigo. El tema de la trascendencia salva todas esas distancias y reposiciona el video clip a un alto nivel como significante, como signo que engloba y que es capaz de hacernos confraternizar en el dolor, la tristeza, los colores azules, gris, naranja, la palidez de la tarde.
En la locación donde está filmado el video, Santiago del Estero, hay la costumbre de ir el día de los Santos Difuntos al cementerio, organizar pequeñas veladas y homenajes a los muertos como una reconexión familiar. Este gesto, que existe en varios países del área, se usa como vehículo visual para darnos un pretexto en torno a la reflexión. No solo está el ser querido que ha fallecido, sino la persona que literalmente se perdió, de la cual no supimos más y que se queda como una vela encendida a la espera del retorno. Este video fue producido para que las regalías se donaran a las Madres y Abuelas de la Plaza de Mayo. Así, el arte no solo conmueve, no solo nos hace sentir, sino que apuesta por la memoria histórica, por el rescate de las identidades de las víctimas de la dictadura y de las heridas existenciales que subyacen. Milo ha creado una pieza que conecta generaciones. Los jóvenes lo oyen porque forma parte del cosmos de su momento, los de otros tiempos siguen a Silvio. El resultado es que el tiempo se une para darnos una impresión total, universalista, desde lo propio, lo pequeño. El haz de luz de la niña, en la segunda mitad del video, da paso a las velas encendidas que cientos de personas llevan durante su recorrido a través de una zona rural y un puente que se nos asemeja a una frontera entre este y otro mundo. Todas esas luciérnagas conforman un entramado que alumbran la vida en el plano general que cierra el video. Luego, el silencio, las tumbas, la realidad cotidiana y tosca de los angelitos, las cruces, las flores que se van poniendo mustias y que se mueven con el sonido del viento.
Silvio Rodríguez es un símbolo en sí mismo. El hecho de que aparezca en un video con un joven de 18 años nos habla de que ambos artistas entienden la importancia de producir un mensaje de este calibre. No hay discursos ni peroratas que pesen. Se colocan los elementos puntuales, se viaja a través del tiempo que es como el personaje central de esta trama. El arco dramático, que comienza con escenas sencillas, se torna surreal en los instantes finales. Es el recorrido de la vida y el lanzamiento del misterio como vector hacia el más allá.
Luciérnagas nos habla de las luces que nos quedan cuando las personas se vuelven recuerdos. El coro de los instantes de cierre dice: “Te veo, te siento, te extraño”. Esa seguidilla nos conecta con la mutabilidad de la vida, con el cambio constante y arrasador y con la necesidad de comprender su sentido. En la ausencia existe una sabiduría que se aprende cuando nos acompaña el silencio. Silvio es un signo, algo que nos conecta con el pasado del continente y sus vivencias tanto gigantes como pequeñas. Milo es un joven que inicia su camino con fuerza, haciendo de la poesía su vehículo. El mentís hacia esa visión de las nuevas generaciones como despreocupadas, consumistas y frías es inmenso. Hay alma en la juventud, hay necesidad de decir. Puedo decir que, oyendo Luciérnagas, varias veces sentí el impulso de detenerme. En mi mente hay también pérdidas, ausencias y rostros que aparecen en los sueños como las luces de las luciérnagas. Milo ha construido un arquetipo del arte donde cabemos todos. Más aún, algún día estaremos también en el silencio de esas tumbas, convertidos en el recuerdo de otros en el mejor de los casos.
Hay un pasaje en el video, cuando la niña corre por el campo, que Milo usa para decirnos: “Yo no veo tu cara en el ataúd, veo un ser de luz desaparecer”. Esa evaporación del sujeto de la canción es algo que nos queda. Contradictorio, real, duro; el sentimiento lo hemos tenido en el pecho muchas veces. Ser artista es ser humano. Hacia esa condición de esencia nos conducen estos dos maestros de generaciones que se tocan, confluyen, corren como dos aguas de una misma naturaleza. El continente nos habla en esta canción, pero también la casa, la tumba, la abuela, el niño, la madre…Uno de los usuarios en el video colocado en streaming comenta que es de Santiago del Estero y que el gaucho que aparece a una esquina es su abuelo, reconoce la choza de su familia, la acera de su pueblo. Alguien le responde debajo, le dice que es un privilegiado. No conozco algo más cercano a la trascendencia.



