El dilema de cierto reparto vacío

He tratado por enésima vez de escuchar uno de los temas más populares del actual reparto para intentar hallarle un sentido más allá del mercado. La intención era que el discurso de la crítica lograse un punto de análisis en el cual el producto se ilumine a través de otra luz. Pero resulta casi imposible. En términos de construcción de lo representado, cierto reparto de éxito padece de una literalidad que no expone ninguna doblez. Me refiero a que el trabajo con el pensamiento más allá del lenguaje es nulo. El cantante dice lo que dice, sin matices, sin que exista una voluntad metafórica. Y no sería un problema si lo que aparece en las letras no fuera —en demasiadas ocasiones— un contenido casi pornográfico. La representación de las relaciones humanas y del sexo en el arte tiene una larga data y no padece de mojigatería. Recuerdo de obras de hondo erotismo que causaron un enorme escándalo en el corrillo de las galerías.

Todo se puede decir, de hecho todo se tiene que decir, pero el arte se goza de una manera especial. Considero que los videoclips son una expresión posmoderna deudora de las artes visuales y que, como tal, habría que entenderlo. Hoy actuar como jurado de un concurso de estos materiales es dificil. Existe la tensión entre lo popular y lo que posee calidad, entre lo que se ve y aquello que queda relegado. La producción audiovisual cubana ha atravesado un proceso de porosidad que lastra los elementos medulares de su identidad en materia de realización.

¿Qué podemos decir de una letra que aborda las cuestiones íntimas sin matices, desde la carnalidad más burda, sin que quede nada para la poesía? ¿Debemos legitimarlo o de alguna manera jerarquizar su consumo a partir del uso de estrategias discursivas dentro del aparato de la crítica? Modificar los gustos por la fuerza nunca será recomendable. Prohibir tampoco. Entonces, solo nos queda canalizar el gusto mediante mecanismos que no coarten la libertad, sino que la conduzcan. Me refiero a la posibilidad de que espacios como Lucas sean la casa en la cual todos coexistan, pero también ese punto de reflexión que no deja pasar aquello que nos daña y aparta como entidad artística.

El pedestal en el cual todo se santifica, las redes sociales, pudieran servir para esa jerarquización. Muchas veces felicitamos a algún realizador o artista porque está en la cima de la popularidad, pero no medimos otros elementos. No decimos que quizás ese poder en número no significa calidad o que exista una contribución al desarrollo del lenguaje audiovisual cubano. Nos falta la critica como acompañamiento de ese consumo y, mientras tanto, lo que tenemos es la uniformidad en las listas de reproducción. Videos que son la misma cosa y en los cuales el amor es solo sexo y el sexo es solo exposición pornográfica.

Recuerdo los años iniciales de Lucas cuando todo era más diverso. La timba estaba en su apogeo, pero más allá del lenguaje figurado existía una picaresca cubana que brillaba por su cuenta. La tecnología era más atrasada y se filmaba con lo que había. Aún así no hubo una etapa más interesante en materia de construcción de la vida audiovisual. El país logró en pocos años desplegar un discurso interesante en el cual la crítica poseyó como referente a Rufo Caballero. Hoy, prácticamente, lo que escuchamos es reparto y no siempre el mejor en materia de diversidad de registros, experimentación, uso de los recursos audiovisuales. Nos está tragando más que nada un conformismo atroz. Este acriticismo sobrepasa el consumo y se entroniza en los espacios en los cuales debería haber cierto matiz de decantación como la radio y la televisión. No es ser mojigatos, sino exigentes, porque lo que está sucediendo no es cuestión de moralismo.

Resulta, en demasiadas ocasiones, imposible escribir sobre un fenómeno que se niega a evolucionar y que se aferra a fórmulas vinculadas a lo más cutre de nuestra civilización. Los antivalores no deberán jamás contar con la anuencia de la crítica responsable. A todo dar, tienen la indiferencia. Nietzsche habló de la moral esclava como una marca de los últimos hombres, esos que impedirían la vida auténtica y el surgimiento de una nueva forma de entender la vitalidad humana. Dijo que quienes no poseen fuerza suficiente —referida como espíritu y no en el sentido físico— impiden a los demás su desarrollo mediante ideas que los encierran.

Requerimos que —más allá de cualquier paradigma moral— podamos construir un discurso que contenga un correlato moderno, artístico, de ruptura. Las ideas mediocres generan panoramas mediocres y la serpiente se muerde la cola. Cada semana hago malabares con una porción importante de lo que se consume en materia de videoclip. No quiero hacer de verdugo, tampoco de árbitro, pero mucho menos pecar de ingenuo ante producciones que dejan mucho que desear. Que exista un gran público que lo consume debería llenarnos de preocupación. Quizás en otro espacio podré abordar cuestiones referidas a dicho consumo.