La enajenación como temática en el videoclip cubano ha ganado espacio en los últimos tiempos. Es quizás una manera de dialogar con una realidad que no es la misma de los años 90 ya que la nueva crisis se expresa marcada por la globalidad y una conciencia de lo externo que le añade capas de sentido a lo visual. Si el Periodo Especial era visto desde una materialidad interna, a partir de la carencia y la necesidad de sobrevivir, la actual situación insiste en una identidad mutable. Hablo de esto a partir de observar con ojo crítico la producción más reciente y cómo existe un debate no solo sobre lo que nos falta, sino acerca de lo que somos.
El Periodo Especial era percibido como una etapa en la cual seguramente podíamos hacer algo para reparar lo urgente y salir adelante. El camello de las calles habaneras fue el símbolo más fuerte de la resiliencia cubana. Un armatoste de metal con ruedas que iba echando humo por la ciudad y que contenía dentro de sí toda una comunión. A nivel discursivo, el videoclip de aquellos tiempos lo reflejó con bastante fidelidad. Hubo planos que abordaban la realidad de la crisis desde esa resistencia conjunta, esa suma humana que se aprestaba a una batalla cotidiana. Sin embargo, la crisis actual —que posee causas geopolíticas sujetas a debate— ha añadido una capa mayor: lo global. La emigración ha hecho que la identidad dispersa establezca una especie de reto sobre la posibilidad real de un discurso artístico cubano. Más que eso, lo que percibimos es la mutación incesante de una ontología.
Existe una filosofía existencial en el alma del cubano que se expresa en clave criolla, pero a eso se ha sumado la necesidad de congeniar el panorama propio con lo externo. La porosidad de las fronteras se ha tornado mayor a partir de la llegada de las redes sociales, la sociedad de la comunicación y la apertura. Lo que fuera quizás una vía para conocer y desembocar en una idea clara de lo que somos ha devenido crisis identitaria. El cubano que está en otra realidad intenta leer la isla en una clave que siempre padecerá de los ruidos de la distancia y de los contextos. A su vez, la interrelación a nivel de correlato entre lo interno y lo externo solo puede hallar entidad en un plano de constante reconstrucción de símbolos. Todo ese proceso aporta dos grandes ganancias: reafirmación de la cubanidad a pesar de todo y, por otro lado, enriquecimiento de esa savia nacional a partir de su contaminación externa. La exposición a contextos alternos nos trae el riesgo de que el consumo criollo abandone claves que le son esenciales en materia de arte. Lo último opera, sobre todo, en el campo de la música industrial y su nexo constante con el éxito y la rentabilidad.
Defender el videoclip como una manera rápida, efectiva y sustancial de comunicar es una de las claves de una estrategia cultural de resistencia. Lo cubano está hecho a partir de la conciencia de lo que nos enajena y desalienta. O sea, el mismo vacío nos contiene y nos impele a una superación mayor. Hablo de la capacidad demostrada tanto en tiempos del Periodo Especial como ahora por los realizadores, quienes hallan alternativas materiales y subjetivas para mantener vivo un discurso. Ciertamente, ahora no contamos con el camello como metáfora colectiva. La fragmentación de las redes y de la emigración es el nuevo piso sobre el cual se erigen los pilares inestables de una visualidad de la crisis. Por ende, pervive una tendencia gaseiforme a la hora de reflejar las historias: no se aspira a lo sólido, porque sería imposible. Lo que hoy funciona, mañana se deshace, la verdad que se dice, mañana es mentira. El tiempo deja de existir para transformarse en una magnitud metafísica que depende de la autopercepción y, sobre todo, del consumo.
Lo más interesante es que esta crisis no es solo cubana. Hemos arribado a la conciencia de lo global a partir de la comparación de contextos y la vivencia de realidades paralelas. Para bien de las temáticas del videoclip, existe entre nosotros la conciencia de lo distinto, de lo mundial y su enorme diversidad. La tragedia propia ya no es tan grande, cuando la situamos en el contexto de las grandes calamidades. Pero eso nos hace sentir pequeños, menos específicos, menos singulares. Y la insularidad —que Cuba siempre vivió con una sensación dual— se afinca aún más como un sentimiento solitario, doloroso, incomprensible.
Lo que nos acompaña en estos tiempos es lo mismo, pero diferente. Se percibe como un demonio a la manera de la identidad recreada por Stevenson en una de sus piezas literarias: "Dr. Jekyll y Mr. Hyde". Ese sujeto sin asidero, que transita entre un punto y otro, expresa lo gaseiforme de la condición humana enajenada. Cuando pensamos que está en un extremo identitario, ya ha mutado hacia el otro. No lo podemos aprehender. Es una esencia jíbara y consciente de que su crisis es no ser siempre algo, sino todo el tiempo una nada que se mueve a través de la materia.
Somos, también, nada, vacío, irracionalidad y ausencia discursiva. Quizás el camino del videoclip nos enseñe mucho más en los próximos años. El debate, a fin de cuentas, está abierto y, como dirían los chinos, se viven tiempos interesantes.



