Una reflexión a propósito de los Premios Lucas

Ya se acercan otra vez las deliberaciones de los Premios Lucas y hay un conjunto de tendencias que merecen análisis. Sabemos que el evento recoge como un espejo lo que está sucediendo en el mundo de la realización audiovisual y por ende está dotado de fortalezas y debilidades en tal sentido. Cada semana exponemos una lista de lo más popular y se reflejan las líneas de jerarquización en el consumo. No podemos ser ajenos a “lo más pegao”, pero nos va la vida en el proceso de deconstrucción del fenómeno y en la exigencia de que el videoclip como género no muera, ni mute hacia maneras de hacer que lo dejen maniatado. Sin importar el género predominante, lo que la crítica debería tener en cuenta en cada una de las ediciones de Lucas es la calidad. Y con esto último me refiero, por supuesto, a una categoría tan amplia como contradictoria y subjetiva. Lo que “es bueno” depende del ángulo desde donde se mire, de los intereses, de los contextos, del consumo previo, de los aparatos de promoción…

Lo que hemos visto a lo largo de décadas con respecto a Lucas ha sido que, a medida que se crean nuevas redes de producción y de distribución, se hace más complejo arbitrar un entramado en el cual ya no operan creadores que asumen casi de forma artesanal la factura de sus piezas. Las redes impusieron con sus algoritmos una lógica de consumo en la cual la fiabilidad de lo cualitativo no siempre depende de su visión cuantitativa. Puede haber un video que tenga miles de likes, sin embargo no contar con los elementos necesarios para posicionarse como una pieza con una factura estética. Para ello, existe en las premiaciones la ponderación popular. Sin embargo, es nuestro deber señalar que más consumido no significa más exitoso, al menos dentro de un espectro de exigencia mayor. Las tendencias actuales, con su poder en número, pueden aplanar y aplastar otros intentos de hacer música y audiovisual. Por ende, Lucas, que no es un espacio meramente comercial, sigue sosteniendo el reto de la cultura y la crítica, sin que nos tiemble el brazo a la hora de emitir un texto o una columna televisiva. La extensión de este proyecto hacia la radio y su materialización como plataforma en las redes sociales son maneras de influir en los nuevos y viejos escenarios de legitimación del discurso.

La ausencia de un aparato estructurado para la crítica ha dañado de cierta manera las funciones primigenias de todo esfuerzo encaminado a la jerarquía del consumo. Es cierto que existe la libertad creativa, pero lo que estamos viendo en las listas de éxitos es una especie de muerte de la diferencia. Difícilmente se cuela otro tema que no sea reparto, lo cual me hace pensar que sería beneficioso establecer cuotas para géneros que sean de interés para su protección. No se trata de ejercer de agente controlador, sino de regulación cultural sana. No puede ser que las generaciones que conocieron el Lucas de los noventa se den de bruces con que en la actualidad aquel panorama diverso se ha deconstruido hacia una versión menos variopinta y más monocorde. Y sé que la voluntad tanto de su fundador como de los actuales productores es que el espacio mantenga su calidad, exigencia y que, dentro de lo posible, promocione todos los géneros siempre que cumplan con un rango de consumo.

Hablo de una percepción engañosa —la de las redes sociales— que tiende a decirnos acerca de la preferencia por determinados formatos y sonoridades. Sin embargo, perdemos de vista que no todos los públicos están en YouTube, ni los gustos se conforman solo ahí. Es cierto que se trata de la plataforma comercial por excelencia de uso masivo, pero muchos cubanos oyen música a su manera, en otros espacios y según diferentes paradigmas. Lucas tiene el deber y el reto de encauzar esas formas propias de entender la música que siempre hicieron a Cuba tan original. La globalización cultural ha llegado a nosotros y es inevitable, pero lo que sí tiene tratamiento es el pensar acrítico y la asunción sin matices de las consecuencias.

Entonces, cuando hablamos de “lo más pegao” no estamos asumiendo que sea lo mejor ni lo que haya que premiar. Podemos debatir sobre las diferentes visiones de lo que significa un buen producto, pero lo que sí me parece inamovible es la defensa de la diversidad misma, así como de la riqueza multicultural del país. El reparto no está mal, pero pensemos en un espacio que defienda la contrapartida de otros ritmos. La coexistencia no se traduce en amenaza para nadie, sino en oportunidad para que la ósmosis trasvase formas de hacer y estilos.

Estas fechas son para reflexionar sobre el videoclip. Quienes hemos tenido que ver con el acompañamiento, sabemos del esfuerzo de un proyecto como Lucas que se sostiene contra viento y marea y en condiciones adversas. Hay que mantener, además, la constancia en la exigencia, la calidad como divisa y el debate como apertura constante a las ideas y la experimentación de formato.