Apropiación cubana del Waka Waka

Waka Waka fue un tema que marcó la banda sonora durante el ya lejano mundial de Sudáfrica. Charly y Johayron junto a Los Dele han hecho una adaptación al género del reparto que utiliza toda la simbología del fútbol aterrizada en el panorama urbano de La Habana más humilde. Este videoclip —dirigido por Freddy Loons y que lleva el sello de Planeta Récords— aborda una de las tantas aristas de la penetración global en nuestro país, así como de la porosidad que las redes sociales y la cultura popular le imponen a la música. El deporte deviene plataforma no solo para construir una realidad vinculada a lo externo, sino como una posibilidad para visibilizar nuestra propia verdad.

Sin sobreinterpretaciones por nuestra parte, creo que la reaparición de éxitos como el de Shakira en dicho mundial es evidencia de que el panorama de la música popular se beneficia de un magma cuyo centro ahora mismo está en la propia industria. Ha habido un cambio narrativo en el reparto a partir de su consumo directo en redes sociales, así como del alcance mucho más tangible que se produce con la irrupción de un nuevo paradigma tecnológico. No se trata sencillamente de que las plataformas abarataron costos de producción y distribución —quizás también los encarecieron por otro lado—, sino de que la narrativa del videoclip cubano ya no depende de clichés recalentados en el patio particular de nuestra casa. No existe encierro alguno, no hay una recurrencia a fórmulas constantes; al contrario, observamos la intención en pro de una referencialidad más o menos original y lograda hacia los símbolos compartidos.

Hablo de una globalización cultural que es inevitable y que ha sido satanizada en demasía. El videoclip la reinterpreta y utiliza como herramienta necesaria de reconexión entre lo local y lo mundial. En el video, de hecho, hay un paralelismo no declarado entre el uso de lugares, íconos y prendas que colocan a Cuba ante el mundo y viceversa. El uso de las camisetas de los equipos del mundial junto al Cristo de la bahía, la recurrencia a los tejados derruidos de los barrios habaneros, las paredes descoloridas, la gente alegre, pero sencilla; en todos esos universos visuales hay una voluntad por contar el país desde claves globales, sin que dicha externalidad quede exenta del color interno, localista, propio. Pareciera que el realizador está consciente de que el fútbol —si bien no es nuestro— ya conforma un imaginario popular donde se reúnen lo mismo ingredientes nuestros que ajenos. La conciencia de que lo cubano está en movimiento y nunca es una misma cosa se hace evidente. La globalización no siempre es un proceso de erosión, ni de coloniaje. En estos análisis sobre la porosidad de lo foráneo con lo criollo hay que despojarse de prejuicios y asumir riesgos, con la mentalidad siempre abierta a los cambios.

Waka Waka no es un tema cubano, sin embargo cuando lo oímos en voz de estos cantantes y visionamos el video, no podemos evitar una sonrisa. La sonoridad tiene la tesitura de un regalo para bailar, pasarla bien y ver uno de los tantos partidos del Mundial. En un país con tantas horas de apagón, donde cualquier actividad recreativa resulta una odisea, recurrir a una conectividad afectiva con el deporte puede derivar en un peso simbólico. Todo no tiene que ser tristeza, ni preocupación. De manera que el reparto está funcionando aquí como una lectura contextual de la crisis cubana y la resignifica a partir de los símbolos globales del fútbol como evento. Pareciera que estamos ante un discurso donde se nos habla de la modernidad posible, aunque en pantalla aparezca la más pura humildad de nuestros barrios pobres. La realización del videoclip tiene un superobjetivo maduro, subyacente, no del todo discursivo, pero sí funcional. Me refiero a una literalidad escurridiza en el terreno de lo simbólico que sirve de pretexto necesario para otras tantas lecturas.

Sin ir más lejos ni caer en el pantano de la interpretación hermenéutica, Waka Waka desde Cuba suena universal y eso basta. No parece una reproducción, porque no lo es. Mucho menos una copia. Es, eso sí, una reapropiación del símbolo. Charly y Johayron llevan un tiempo haciendo temas que apuestan por esa conexión entre los contextos. Su obra es un ejemplo de esa porosidad generada por los mecanismos de la industria. Hay un reparto que no se interesa necesariamente por los clichés y, aunque no siempre lo logra, tiende más hacia la referencialidad y el trabajo con terrenos más elaborados discursivamente. No diré que Waka Waka es una genialidad del discurso, porque ni siquiera la canción original de Shakira puede catalogarse como tal. Hay minimalismo, uso de recursos básicos, utilización del lenguaje de la fiesta mundialista, reposicionamiento de la realidad cubana a partir de un interés global.

Yendo hacia matices técnicos de la pieza, debo decir que si bien la fotografía usa una paleta de colores cálida y se sirve de una brillantez propia del trópico, existe una voluntad por el reflejo de la ciudad tal y como es. Este impulso documental —que ya se está viendo en la industria como uno de sus tantos signos en tendencia— resiste la prueba del lugar común, de la banalidad o la crítica panfletaria. Es La Habana de los jóvenes y de las muchedumbres que añoran un partido de fútbol, pero en cambio tienen una cancha derruida en la cual pueden bailar reparto.

En otro momento he analizado materiales de Charly y Johayron y no he sido siempre complaciente a la hora de emitir un criterio. Creo, que el reparto posee un peso en la hechura de las listas de consumo y como tal no podemos dejarlo de largo. Es el género de la juventud, el que marca el ritmo de la industria y donde más rápido se está dando el fenómeno del éxito. Ahí se mueve tanto lo banal como lo que tendrá en algún momento una trascendencia como música. Es difícil determinar, desde el presente y con las herramientas de la crítica, cuáles serán los valores que perdurarán de este género en treinta años, sin embargo, quisiera anotar que los videos y las canciones ya no se mueven en una dirección meramente mercantil, sino que intentan decir algo más. Detalle que ya enmarca una objetividad discursiva.

El reparto está siendo la banda sonora de la crisis cubana, incluso funciona como vehículo de sublimación y trasposición. No solo se interpretan los cambios y matices de nuestra sociedad, sino que se expresan a través de una sonoridad que trae implícito el ADN del presente. La marca de la bestia —hablando en términos teológicos— reside en el ritmo que rige las vibraciones de un tiempo. El reparto no debe obviarse, ni verse desde la sobreinterpretación, sino mirarse en la objetividad de un género que no está nunca en un mismo lado, sino que cruza y con cada movimiento nos regala un matiz. Esa pérdida de fronteras visibles (¿hablamos de un género urbano por excelencia bordeline?) nos lleva a perseguir la sombra de este fenómeno sin jamás poder esbozarla de todo. Tarea de la crítica que, como Sísifo, se sigue enredando con la piedra del destino.

Waka Waka es parte del proceso de hibridación de fronteras culturales, de la porosidad y la globalización, pero es, ante todo, un ejemplo de cómo desde Cuba se puede construir una sonoridad repartera y futbolística que apunta más allá de lo local. Es lo cubano apropiándose de lo internacional.