En 1951 Jack Kerouac escribía en su novela On the road (En el camino) la siguiente frase: “La única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas”. Dicha obra narra el recorrido por los Estados Unidos de un grupo de poetas de Generación Beat a inicios de los años 50 del siglo XX. El viaje, a pesar de realizarse físicamente a través de las autopistas y de no poseer un destino en específico, recreó la mitología de la traslación hacia dentro, de la búsqueda metafísica. En 1964, otro escritor, Ken Kesey, lideró un recorrido similar junto a más de una decena de artistas de todas las manifestaciones. Hicieron el periplo en autobús, lo pintaron de muchos colores con mangueras de agua, luego sumergieron sus ropas en los ríos y las destiñeron mientras se bañaban o simplemente pasaban el tiempo. Al final, todo terminó con un movimiento contracultural que impactó décadas de arte y de visualidad. En esa idea del viaje se inspiraron los Beatles, concretamente Paul McCartney, para el álbum Magical Mystery Tour, una iniciativa que recogió el legado de aquel movimiento y que dio pie a grandes clásicos de la música como The fool on the hill.
Hablo de esa genealogía del viaje en autobús para referirme al video clip El milagro de David Blanco con la dirección de Alejandro Pérez, una pieza que posee los códigos esenciales de esa contracultura hippie en una era que quizás necesita volver sus ojos hacia aquel mensaje esencial, sencillo, pero poderoso, de regresar a los inicios. Claro está, resulta imposible que el retorno hacia el pasado se dé de manera física. El tiempo transcurre y nos transforma, nos impone sus reglas e incluso degrada las esperanzas reales de una restauración de ciertos ideales, sin embargo, la pieza no se refiere exactamente a una relación de nostalgia con los años 60 del siglo XX, sino a la posibilidad de que aquella ola nos inunde desde una nueva perspectiva. Ahí es donde ya entramos en la filosofía de este tema: lo milagroso del retorno a través del arte. ¿Es posible construir una utopía en una playa aislada de Cuba y recrear allí un orden alejado de toda convención o decadencia cotidiana?

The fool on the hill habla de un sabio que es capaz de ver más allá, a pesar de que su comportamiento difiere de la masa. El milagro, en este sentido, está en la vista, en la potencia que se lleva con uno mismo, no en lo externo. Ese es el tipo de hallazgos que distinguió a una generación de artistas que vio en lo psicodélico y la experimentación con la conciencia los pilares de su propuesta. Desde poetas como Neal Cassady (en quien se inspira la novela On the road) hasta el propio Paul McCartney, el arte que usó la figura del autobús que rueda sin rumbo fijo estaba aludiendo a una especie de túnel existencial que conduce desde el estereotipo hacia el arquetipo. De hecho, Ken Kesey nombró su autobús como Furthur (versión libremente ortográfica de further o sea “más allá”). El viaje en sí no es importante. El sitio del que se parte y hacia el cual se va, tampoco. La traslación carece de peso. Lo que trasciende reside en el qué y el por qué. O sea, los que llevan a cabo el viaje y la causa que defienden y en la que creen. De manera que el movimiento físico se transforma en una figura retórica cuya carga semántica es la autenticidad.
David Blanco es un autor que se ha movido conceptualmente en estas vertientes. En su sustancia van tanto el pop rock como todo ese origen maravilloso que tuvo en Los Beatles su eclosión. De hecho, la sonoridad de El milagro le debe varios momentos a aquel espíritu de la época. Se transita desde los acordes más sutiles, referenciales a la trascendencia y la meditación, hacia otros momentos en los cuales se apela precisamente al carácter lúdico, existencial y esencialista. Pareciera que David Blanco y el grupo de amigos que viajan en varias guaguas —aquí hay que usar el referente local— hacia una playa, han revivido el espíritu de aquellas giras de la era del hipismo, cuando la revolución cultural era más una realidad del alma que un movimiento concreto dentro de la historia. Se trata, en efecto, del rescate de esa porción perdida de la rebeldía en la cual se apelaba a la posibilidad de que el arte cambiara todo, sencillamente por ser auténtico, libre y real. El mensaje no pasa de esa verdad tan sencilla que, sin ser esquemática, nos trasfunde la sangre y la limpia de las máculas de un presente en el cual interesan mucho más el éxito y la apariencia que la felicidad y el hallazgo, el viaje hacia el núcleo de uno mismo.

El propio Paul McCartney dijo que se inspiraban en los grandes maestros de la filosofía oriental durante su gira en autobús y que el famoso tonto de la colina era una persona como el Maharishi Mahes Yogi, quien a pesar de su comportamiento a veces torpe y de su risa nerviosa, tenia momentos de una extraña lucidez que no era de este mundo. El video de David Blanco conecta con ese misticismo, si bien a un nivel más cubano, en el cual no vemos la trascendencia oriental, pero sí las sonrisas, el disfrute directo de la vida, la amistad, el amor y el juego. Lo que en el álbum de Los Beatles estaba marcado por la estética directa de los años 60, en David Blanco surge de manera espontánea como parte de la búsqueda de una respuesta. La traslación no es un escape de la realidad cotidiana, la cual está presente de manera constante en alusiones sutiles: a lo lejos se puede ver el humo de la refinería de petróleo de la bahía de La Habana, una especie de recordatorio de que la verdad contradictoria, incluso dolorosa y pragmática, sigue vigente y marca desde su perspectiva cualquier tipo de aproximación o de análisis. Pero en primer plano, el uso de instrumentos al aire libre, de ropas de colores, la referencia constante a elementos de la naturaleza (como el sol) o al transcurso de la vida misma; nos trasladan al hipismo cubano momentáneo de una pieza que posee el encanto de detener el tiempo. Por breves instantes, el ruido mundanal desaparece y solo escuchamos los acordes del tema y la letra llena de poesía. ¿Es ese el milagro al cual se refiere esta pieza? “Llévame si quieres ya, pero salva a los demás” reza la canción con misticismo y poder, mientras la pantalla se llena de risas y abrazos.
Por momentos, ese ambiente góspel de la pieza nos traslada a la necesidad de evadir el dolor, de proteger a otros de sentirlo y allí reside el mensaje humano, carnal y útil del texto. Hay un sentido de la comunión entre amigos que no distingue en jerarquías, sino que clama por derribarlas y crear una visión más horizontal del nexo entre unos y otros. El misticismo funciona a nivel de melodía, de letra y de visualidad. La fotografía, trabajada al detalle, posee una tonalidad y un registro que viajan hacia la estética sesentera, pero que no se ausenta de la necesidad de recordarnos que estamos aquí y ahora. Hay incluso una nota curiosa, que evidencia la narrativa visual bien cuidada del video: el hecho de que aparezcan de fondo unos acantilados que nos recuerdan los de Dover, Inglaterra, tan referenciales en el mundo del rock y la contracultura anglosajona. Las escenas de juego, besos y camaradería dentro de las guaguas nos conectan con Magical Mystery Tour y recuerdan que es posible el mantra de la canción: “Se abre el milagro y salva el amor de ayer”. Un milagro donde, a pesar del contexto en el cual podemos creer que otras cosas son más perentorias, la utopía juega un papel, pero no en el sentido supra, sino en el íntimo, en el del plano real. Aquí es donde el hipismo toma el lugar de otros grandes relatos, donde nos percatamos de que el amor que defiende la pieza rehúye de otras visiones acartonadas. Y se trata de un hipismo local, en el cual se da un contrapunteo sano e interesante entre los referentes universales y lo propio, entre Dover y una costa cubana cualquiera a la cual se va un rato a pasarla bien.

El milagro es una pieza que combina la sencillez, el equilibrio estético y el uso de los referentes culturales y de la música bien precisos. Su visualidad presenta todos esos ingredientes matizados por una atmósfera new age en la cual se aplican fórmulas propias del viejo rock de los años 60. Los colores vivos que se mueven entre los tonos amarillos, ocres, naranjas, rojos y azules nos traen de vuelta la onda psicodélica, pero bañada por una escenografía que no resulta anacrónica. La carretera, como figura poética más que como realidad, nos recuerda que el viaje es lo importante, no la meta. Con una sabiduría propia de quien maneja los conceptos tanto epocales como filosóficos, David Blanco nos demuestra por qué su formación académica posee un peso a la hora de calibrar el arte. Él sabe lo que está haciendo, sabe hacia dónde se mueve y posee una habilidad extrema a la hora de seleccionar pequeñas marcas de estilo que se remontan a los clásicos. Por ejemplo, la nota sostenida del final de la canción que nos recuerda una pieza de Los Beatles como A day in a life, uno de los temas más experimentales de la banda de Liverpool y que versa precisamente sobre la mutabilidad de la vida y su levedad ante los grandes conflictos. Ese detalle que quizás pase inadvertido es uno de los puentes que unen a El milagro con el mundo referencial del cual es deudor. Coherentemente, este cierre es acompañado desde la visualidad por un plano cerrado de un beso entre David Blanco y su esposa. Una escena que se desvanece en medio de la fiesta que sigue y que seguramente se torna en un bucle existencial. El hecho de que la nota se sostenga, nos envía un mensaje, el de mantener ese espíritu vivo, a pesar de la inevitable transitoriedad. He ahí el milagro.

La gente que queda en la escena final precisamente es esa que retrata Kerouac, la que arde, la que vive y estalla como arañas entre las estrellas en miles de colores creando una estela psicodélica de sentido. David Blanco ha querido recrear ese momento exacto de la explosión y lo ha logrado.



