La levedad del romanticismo

He visto el video titulado En otra vida como esta de Diana Fuentes que circula en redes sociales y que posee los ingredientes de una balada pop vinculados al registro de un material audiovisual de estos tiempos. Hecho en una sola locación y a partir de recursos minimalistas, se trata de una apuesta por la narrativa romántica que puntualiza en aquellos elementos consabidos dentro del género, a saber: una historia trunca de amor, el sentimiento de nostalgia, la evocación de momentos de plenitud y de quiebre, la imposibilidad del reencuentro. No obstante, la balada se adentra con fuerza interpretativa en el drama y logra una conexión con el público a partir de compartir una experiencia universal. La elección del mismo plano, la reiteración de los movimientos de cámara y quizás el hecho de que no existe un cambio de ambiente —otro aire que haga respirar el material— a ratos nos enmarca en una atmósfera bucólica y reiterada que le resta dinamismo y que nos conduce únicamente a una lectura demasiado literal de lo que se nos plantea. El romanticismo por sí mismo es el núcleo de esta canción, pero quizás el realizador pudo elegir otros recursos que dibujaran una historia más compleja y atractiva a partir de las variaciones intrínsecas del lenguaje audiovisual.

En otra vida como esta usa los recursos que solemos ver en los videos comerciales de la balada con tema amoroso, no avanza más allá, sino que intenta vender sencillamente ese instante de evocación. La belleza de la cantante, su registro de voz cálida, su interpretación adecuada del tema; salvan de alguna manera la apuesta por este material y lo sacan de la monotonía. Uno agradece que se trate de Diana Fuentes, quien posee un profesionalismo indudable y una experiencia en la música que la avalan. Aunque la fotografía se mueve en los tonos ocres, quizás evocando la tarde, y logra ese aspecto sombrío de los amores imposibles, también se queda en la literalidad, o sea no se atreve más allá de la letra, no hay un uso del plano en función de decir más o de decirnos otra cosa. Es como si el video funcionara solo como apoyatura de la canción y la idea es que se trate de un material que posea vida propia, que le dé incluso otra vitalidad a la música a partir de los recursos que puede disponer un director.

El video no respira por sí mismo, todo depende de la letra que vamos oyendo de la boca de la cantante. Quizás porque el director creyó que sacar otra escena iba a restarle protagonismo a Diana Fuentes, el foco no se separa de la artista, incluso no existe un cambio en el lenguaje gestual que ella usa a la vez que canta. Pudo haberse pensado otra movilidad, otra coreografía mínima, una especie de actuación que sacara la canción de su centro y la resignificara. Las baladas son lo que son, sus videos suelen caer en los mismos vicios. Aquí tenemos una canción excelentemente interpretada, con una belleza lírica y un uso exacto de sus registros musicales, pero que no recibe mayor acompañamiento de parte del director. El video clip tiene que contar, debe hacerlo desde sus códigos, con la fuerza que lo asiste como pieza independiente. Se me dirá que se trata del mercado, de llegarle a los públicos, de no romper los instrumentales que conducen un material hacia el consumo y lo puedo entender, pero lo que se logra con arte llega mejor, posee más peso. El facilismo podrá darnos views, pero a la larga no hará que un material trascienda.

Una balada romántica no busca mucho más que eso, pero el arte no tendría nunca que conformarse con los moldes de un formato. Cuando se hace algo, se piensa siempre en darle una factura que lo recoloque, más aún en un entorno tan competitivo como las redes sociales cuyas cifras de consumo no son falsables y se miden directamente a partir de los clics. En otra vida como esta es una apuesta por una canción bien interpretada, una artista de prestigio y su belleza natural, pero la carga del realizador quedó floja, se diluyó en una fórmula facilista que apenas se salva a partir del propio material que le sirve de base. Eso en términos de video clip puede significar que el mercado está exigiendo moldes que simplifican, reducen y aplanan el vuelo poético de los artistas audiovisuales. No sería la primera vez que se actúa por imitación dentro del propio modelo de consumo, sin que ello posea mayor resonancia. La crítica, no obstante, tiene el deber de señalar que cuando una fórmula ya ha sido gastada, se impone la búsqueda de caminos que la reconduzcan, que la reenfoquen. El video va a ser agradable a los públicos, se va a consumir, tendrá elogios en redes; pero como material pasa inadvertido entre otros tantos de la misma serie. La exigencia de una narrativa visual poderosa le ha pasado factura y eso sirve para que reflexionemos cómo en muchas ocasiones la realización se hace en piloto automático, siguiendo fórmulas de aparente éxito, sin que se tomen riesgos y ello termina aplanando la apuesta.

El mercado, sobre todo el que se mueve a partir de las disqueras en el exterior, no quiere correr riesgos, solo entiende de números y de obtenerlos al instante. Esa porosidad del consumo y su urgencia pueden jugarle una mala pasada al video clip. Si algo no prende de inmediato se entiende como que no sirve, no vende. De ahí que se apueste por una mímesis constante de fórmulas que anteriormente sí lograron ese enganche con los públicos. Es como la apuesta por el símbolo del corazón durante la fecha del 14 de febrero; manida, universal, pero gastada. Vende, pero no vende nada diferente. Y cuando los signos se usan hasta el hastío dejan de significar, paran de nombrar y se convierten en conjuntos vacíos.

No hay que exigirle quizás a la balada otra cosa que lo que este género da, o quizás debamos ser condescendientes con un video que cumple las expectativas trazadas; pero no estaríamos siendo honestos. El mercado existe, sí, pero podemos hackearlo con fórmulas que a la par que vendan sean atractivas. En ese sentido, realizar un video clip no tiene por qué ser un fenómeno literal en el cual se repita lo mismo de la canción a partir de los planos. Allí y no en otra porción, es donde el video muestra las falencias de seguir únicamente un vínculo comercial que lo lastra. La literalidad del arte es algo que sucede cuando no queremos atrevernos a decir, cuando el silencio se manifiesta a partir de poses y de un discurso construido. El arte aparece ahí donde se rompe con ese hilo conductor y surge una propuesta que resignifica y nos reta.

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