Eme Alfonso construye una distopía líquida frente al Malecón habanero

La era posmoderna está atravesando por una transformación existencial. Más allá de las herramientas que vimos nacer y desarrollarse a finales del siglo pasado, hoy la tecnología posee un impacto en la propia materialidad de las personas, en su sustancia. El replanteo de las funciones de la vida, el cuestionamiento del relato de la humanidad y su sitio en el planeta, la posibilidad distópica de un final que no tenga una salvación, ni una visión esotérica para darle sentido; todas esas son vías que se desprenden de un pensamiento en el cual pareciera que hemos llegado a una especie de acabamiento. Sin embargo, pervive en nosotros la conciencia del ciclo y solemos entender que los cataclismos son también oportunidades e incluso la ventana para la apertura de una reinvención. Esas son las ideas que me vienen a la mente mientras observo el video clip de Eme Alfonso llamado Origen.

La dinámica del video posee un pulso acelerado, incluso compulsivo, sin embargo ese tono estilístico no impide que haya un trasfondo filosófico complejo detrás. La armazón de pensamiento que sostiene cada secuencia no se limita a lo visual, sino que apuesta por una atmósfera íntima hacia el consumidor, una que lo lleve más allá del producto en sí y que genere un cuestionamiento, una transformación interna. Origen está narrado en claves que quizás son poco comunes en las temáticas del video clip cubano. Si bien podemos adivinar elementos cercanos desde lo emocional y hasta lo cotidiano; el contexto que aparece visualmente es genérico. Puede tratarse de una calle de cualquier ciudad del mundo en los tiempos finales (¿o iniciales?) de un traspaso de era. Ello nos lleva a asumir la distopía como una figura de pensamiento útil para explicar la tesis de esta pieza. Precisamente, imaginarnos un futuro en el cual, lejos de las predicciones optimistas sobre el papel de la tecnología, obtenemos un espacio/tiempo contaminado, con ciclos vitales que cerraron; es parte de ese entramado cultural distópico. Me vienen a la mente obras como Un mundo feliz, 1984 o Fahrenheit 451. En la propuesta de Eme hay, además de esa referencia universal, un pensamiento propio que se va hilvanando con la velocidad de cada plano y que dibuja una interrogante: si esto sucede, ¿qué será de nosotros? Plantearle a la humanidad un nuevo comienzo, así sea a partir del cataclismo, es de alguna manera volver al origen. Habría que repensar de qué estamos hechos, de dónde provenimos y hacia dónde vamos. Es allí donde esta pieza gana en hondura y recrea la posibilidad temática de un mundo que nace a partir de haber muerto, de una especie que comienza desde su propio final.

Las primeras secuencias del video recrean los relámpagos de una tempestad. Las nubes se reúnen y conforman una barrera grisácea en un cielo marcado por una humedad contaminada por la lluvia ácida que cae sobre restos de automóviles y personas que llevan escafandras. ¿Un accidente nuclear?, ¿una tercera guerra mundial?, ¿un mega fenómeno climático? Nadie sabe qué ha sucedido, pero la oscuridad de la pieza en esos minutos iniciales nos traza un arco dramático que nace precisamente en esos tonos tendentes a la melancolía de lo trágico, de lo catastrófico y a partir de allí se inicia el despliegue conceptual. La ciudad se transforma en una selva. La vegetación salvaje crece sobre los elementos tecnológicos abandonados, todo se cubre de verde y de vida; pero hay una soledad que golpea: la ausencia humana. Un ave que estaba muerta en el suelo levanta vuelo y los tonos blanco y negro desaparecen para dar paso a la explosión cromática. Si algo hace esta pieza es jugar con el simbolismo de las atmósferas y apostar por un lenguaje poderoso en materia de fotografía. Generado en gran medida a partir de elementos digitales; el video clip es una obra de arte que se mueve con comodidad en los códigos más actuales de lo visual.

¿Quiere esto decir que Origen se distancia del contexto cubano y que es escapista en su tesis o en su estilo de realización? La actualidad audiovisual exige que Cuba deje de lado la insularidad ramplona y participe de los grandes debates tanto éticos, como artísticos que ocurren en el mundo. No basta con apostar por los clichés para decir que tu video es cubano, porque lo cubano es también universal. Las fronteras en esa discusión sobrepasan el tratamiento de temáticas consabidas como el amor, la emigración, el choteo popular o las tradiciones. Esta pieza de Eme nos dice que es posible que estemos al tanto de lo que se habla acerca del destino de la humanidad y que esta isla es, también, parte de ese barco que o se hunde o se salva. De entrada, la ciudad/selva que sirve de trasfondo al video por momentos apunta a los edificios del Vedado en un estado ruinoso; pero a la vez hacia un mundo en el cual todo se disuelve. La posmodernidad del fin, sin embargo, sigue siendo líquida, carente de un solo molde y se adapta al relato temporal, a la vigencia del cataclismo. La presencia de atmósferas acuosas, líquidas, de torbellinos deformes y el traspaso constante entre el blanco y el negro y los colores; todo eso nos tiene que conducir a la asunción de los códigos de esa modernidad en crisis, sin fronteras firmes, cuya mera definición es un problema y cuya existencia, aunque innegable, no podemos probar a partir de una sola versión de los hechos. Precisamente, esa incertidumbre, ese lenguaje entre lo vivo y lo muerto, nos hablan de la claridad de la pieza y de su parentesco con estos debates.

“Ya todo deja de importar”, frase que se repita en el texto de la canción, no funciona en el sentido de una visión nula sobre el pensamiento o una despreocupación llana. Se está aludiendo aquí a una necesaria vuelta a lo esencial, al origen, a la sustancia.  No obstante, en la medida en que la canción avanza, vemos que el elemento humano no ha desaparecido de ese mundo catastrófico, sino que persisten personas vestidas con escafandras que persiguen a la artista a lo largo de varias secuencias. Aquí la recurrencia simbólica nos habla de que no importa en qué estado de destrucción se halle la humanidad, siempre habrá conflictos, visiones encontradas. Y si mañana se diera un final en estos términos, incluso allí habría que hacer juicios y determinaciones entre el bien y el mal, la luz y las sombras, el principio o la disolución. Una vez más, el tema de las fronteras se nos plantea. Fronteras morales, estéticas, tecnológicas. Por un lado, la alta tecnificación de la vida, por otro, la existencia de la vida en su estado puro, exuberante, que puja por encima de los edificios y los restos de civilización. La toma de conciencia se basa en una renuncia a lo que fue, a aquello que nos llevó a despedazarnos y a una apuesta por el reencuentro. Origen es entonces renacer.

Hay algo en lo que sí tenemos que reparar en cuanto al estilo. La atmósfera se mueve entre un ambiente gótico y uno surrealista; esto hace que miremos hacia la pieza como una rara avis en un contexto en el cual estamos habituados a consumir un video clip que acontece en locaciones nacionales consabidas o en imitaciones de los clichés foráneos. La apuesta de Eme es válida así como su búsqueda de un espacio conceptual. Heredera de un legado familiar que en materia de video clip hizo mucho por la renovación de códigos, no se esperaba menos. Sin embargo, hay una originalidad, valga la redundancia, en Origen, la de no divagar, la de decir de forma universal. El video pudo quedarse en recrear sencillamente la propia distopía nacional, tan vista en películas que se remontan quizás a historias como Los sobrevivientes o más recientemente Juan de los Muertos; pero al ir más allá nos deja un sabor sabio, mucho más satisfactorio desde el punto de vista del contenido. Se agradece que Eme Alfonso lleve el video clip tanto en materia de realización como de temática hacia el debate de la universalidad del fin de la especie.

En las secuencias finales, hechas a color, la artista se encuentra con una criatura en una playa derruida. El humanoide está hecho de vegetación, tecnología, carne y hueso; es como una reunión distópica de una nueva identidad. La transición se ha efectuado y el humano del pasado y del futuro se miran las caras. En el fondo, las ruinas quizás del Malecón habanero o de una ciudad genérica sirven de pretexto para acercarnos a la tesis del video. ¿Qué hay después del fin?, ¿qué hay después del reinicio? En tiempos en los cuales se está hablando de la posibilidad de la edición genética, del posthumano y del ciborg creado a partir de inteligencia artificial, el debate que nos trae este video sobrepasa las limitaciones habituales del contexto cubano. No hablamos aquí de la crisis nacional, ni siquiera de los problemas cotidianos que apuntan hacia la supervivencia o no de un proyecto político; sino que se viaja más allá, hacia el núcleo de lo que somos. Eme no quiere detenerse en una porción de la historia, no se casa con los relatos, sino que los usa para vertebrar una pieza de alto vuelo que en pocos minutos nos conduce a la reflexión, la crítica y el replanteo.

En los segundos finales, la cámara se aleja y nos ofrece un plano general de la costa derruida desde el propio mar. El sonido de las olas y el ambiente líquido arrojan de nuevo el tema de la posmodernidad sin límites, que se mueve con la libertad de los ciclos. La vida comenzó en el mar y hacia allí regresa. Otras criaturas en el fondo de ese océano aparecen en un plano fugaz antes de que el video termine. Origen nos ha permitido avanzar como cubanos sobre un debate que nos pertenece y que puede contener claves muy propias para nuestro drama. La redefinición de identidades, el retorno a los inicios y la reconformación de fronteras; he ahí las claves.

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