No estuve en la visita que hiciera a Santiago de Cuba en el año 2000 Paul McCartney. En ese entonces yo era demasiado joven y las referencias acerca de los Beatles llegaban cruzadas con una realidad caótica: los últimos tiempos terribles del Periodo Especial, el inicio de la adolescencia, la conformación de un mundo cuya estructura me era esquiva. Solo al cabo de los años, cuando ya fui capaz de catar la verdadera buena música, di con otro beatle que está reposando en un parque de La Habana. Los restos en el aire sobre la fugacidad de Paul por Cuba están desperdigados en internet: un reportaje, alguna entrevista, fotos que se tiraron al descuido, una silla en un restaurante que lleva su nombre, una guía de turismo que lo describe como un caballero ya entrado en años que tarareaba una y otra vez la canción “Yesterday”.
En realidad McCartney sí es un Caballero, nombrado de esa manera por la propia Reina Isabel II en su momento. Más allá del título nobiliario, lo que percibieron los presentes, según los materiales, fue la sencillez de una persona que cuando bajó del avión enseñó su pasaporte como un ciudadano más. Venía de una de las islas inglesas del Caribe y decidió pasar por Cuba de una manera informal, sin protocolos, sin anuncio, sin prensa. La idea era pasear con sus hijos por los lugares icónicos de la ciudad y conocer sobre la trova como registro musical. Compró discos de cantantes cubanos. Una trabajadora del Castillo del Morro de Santiago lo describe como alguien que vestía con ropas poco llamativas: una gorra, una camisa que le quedaba grande, gafas, una sonrisa. La cabellera inconfundible del beatle ondeaba ante el sol y el viento de la isla. Cierto que su paso era el de alguien quizás cansado, que había visto mucho y vivido demasiado.
¿Quién no ha cantado sus canciones? McCartney es la voz de una generación de muchachos que hoy ya rozan la ancianidad física, pero conservan el eco de esos conciertos atronadores en los cuales prácticamente no se distinguía la voz de los Beatles. Demasiadas muchachas gritando a la vez, todas con sus manos puestas en los oídos. La locura de un grupo que volvió a invadir el mundo y colocó la cultura británica a otro nivel. Claro, en Cuba nunca tuvimos la posibilidad de asistir a esas presentaciones. Nuestra geopolítica nos separaba de aquella otra realidad, haciéndonos ver como entes paralelos. Hubo que esperar mucho para que un John Lennon se sentara —post mortem— en un parque. Y para cuando Paul caminaba en las calles de Santiago había desaparecido el Campo Socialista y la famosa canción “Back in the USSR” ya no tenía sentido. No puedes volver a un lugar que no existe. Si Paul era la belleza melódica y la poesía que reposa sobre el piano, John era la visión rupturista, espontánea, demoledora. Curiosamente ambos extremos se situaron en las antípodas de Cuba: La Habana y Santiago. Dos capitales, dos ciudades que se han disputado la prevalencia en la historia nacional. Casi todo empieza en Oriente y termina en Occidente.
Pero volviendo a la visita de Paul, los que estuvieron allí lo recuerdan como alguien que no hacía valer su fama. El hombre caminó por los sitios más emblemáticos, compró la comida local, posó bajo el sol para fotografías casuales con transeúntes que lo identificaron. “Sí, soy el de los Beatles”, decía sonriente. Por suerte, en un país sin internet, en un mundo aún sin redes sociales, ese tipo de visitas se podían hacer. Ahora, en cuestión de segundos todo se volvería una virulencia llena de puntos de vista, cuestionamientos, caos, distorsiones. La Cuba del año 2000 era bucólica, ingenua, cerrada, inocente. Padecíamos de una virginidad que nos protegía tanto como nos dañaba. Era la sobreprotección que nos volvió inmunes al tiempo y —para cuando Paul vino— llegamos a pensar que se trataría del mismo muchacho de los videos: pelo lacio en forma de calabaza, ojos grandes, voz de oro. Nada que ver con el anciano.
Luego se habló de un posible concierto para el año 2004 que nunca se dio. Quienes seguimos estos temas imaginamos la geopolítica flotando por encima con sus garfios afilados. Santiago de Cuba fue la capital de los Beatles y las notas de esas canciones sonaban en las calles.
Imaginemos a Paul sentado en un bar: mira con detenimiento las pinturas de las paredes donde están los trovadores tradicionales, de fondo musical se oye un tema de Compay Segundo. Si la escena no hubiera ocurrido alguien la llamaría surrealista.
Siempre me he preguntado cómo hubiera reaccionado Cuba si en medio de la gran fama de los años 60 Los Beatles hubiesen venido. Quizás aquello distendiera la Guerra Fría o la agravara. La cultura era un arma de doble filo y un grupo como ese encarnaba demasiados anhelos. Para mí sus canciones inspiran libertad, arte, juventud, fuerza, autenticidad. Incluso las más sombrías como esa que habla de una mujer nombrada Eleanor Rigby que recoge granos de arroz solitarios en una iglesia.
Ojalá un día exista la vía tecnológica para recobrar experiencias y escenarios que nunca vivimos. Quizás un concierto de Los Beatles en La Habana así sería posible. La huella de Paul se alarga sobre el pavimento de Santiago y queda sometida a los olvidos, la intermitencia, la fragmentación…



