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La distopía en el videoclip cubano actual
Llevo un tiempo observando cómo, en determinado sector de la producción audiovisual, existe una inquietud por lo distópico. Se reutilizan ambientes abandonados, se vuelve sobre conceptos que perecieron, se reactualizan debates. No es gratuito, acontece a partir de un diálogo del artista con su verdad íntima. Este fenómeno lo he visto tanto en géneros más populares (el reparto) como en otros de un consumo más exclusivo. A veces se trata de manera tangencial, otras oblicua, en elipsis, incluso abiertamente. Todo depende del tono y del estilo del realizador. El uso del espacio urbano reconocible, como lo es La Habana, para tornarlo irreconocible es uno de los puntos en común. La trama citadina se sumerge en el mar, se destruye, muere de muchas maneras y, sin embargo, allí está el arte para cantar, ponerle ritmo, metaforizar.
X distópico
El disco Aire de X Alfonso es un recorrido que busca servir de contrapunto conceptual con el presente de Cuba y la humanidad. No me quedan dudas de que, más allá del interés estético por retomar esos clásicos de la canción, pervive una visión de diálogo con una realidad exigente, a ratos distópica y de rasgos deformes. El videoclip que recrea el tema “Sueño con serpientes” es de lo más orwelliano que he visto en los últimos tiempos. La referencia directa a los elementos de la obra literaria 1984 nos conecta con una intencionalidad situada más allá de la música. X se apoya en Silvio para traernos otro Silvio que es a la vez el mismo.
Canto con todos, Latinoamérica es poesía
Canción con todos, un videoclip con guión y dirección de Claudio Peláez Sordo está dedicado a las 40 años de la Asociación Hernanos Saiz (AHS). El tema musical original fue popularizado en la voz de Mercedes Sosa y es parte indisoluble de la cancionística latinoamericana. Esta versión, por su parte, contó con los arreglos del quinteto Cuerdas del alma y la producción musical de Vicente Alejandro Trigo.
Más allá de la media y de lo mediado
La semiótica del videoclip incluye una dimensión que se desplaza más allá de la literalidad. Me refiero al mensaje dentro del mensaje que, por lo general, está implícito en las obras de arte, pero en los últimos tiempos con la prevalencia del mercado y la implosión de las narrativas de los años 90 se ha impuesto una lógica más simplificadora. Hacer un videoclip es —básicamente— reunir un conjunto de elementos comunes, batirlos y obtener un producto. O al menos, eso es lo que piensa y hace una parte de la industria que se dedica a cultivar el género urbano. Me viene a la mente esta reflexión analizando el reciente tema de Charly y Johayron llamado “En otra vida”. La obra es una balada cuya base melódica se sirve de elementos de fusión provenientes del reparto, pero que alude a los asuntos puntuales del tema amoroso. No dice nada nuevo, no se lo propone. Se ha normalizado que una porción importante de la producción en ese sentido deje de realizar búsquedas y se quede en el estatismo.
El hombre de éxito
El hombre de éxito es un lugar común en el mundo de la creación simbólica. Irrumpe con fuerza cuando el mercado prevalece. Tiene que ver con un proceso histórico que arranca en el surgimiento del sistema mundo del capital en el siglo XV y que deriva con la modernidad en la creación de arquetipos. Hemos visto, a través primero de la literatura y el teatro y luego del cine, cómo la narrativa en torno al éxito se construye a partir del dinero. En Balzac se trataba del personaje más importante, una especie de quintaesencia que mueve los hilos de los personajes y les resta o les suma sustancia. Pero, ¿cómo se ve eso en el mundo del audiovisual?, ¿hay alguna distinción en cuanto al videoclip cubano? Nuestra trayectoria geopolítica nos ha dado las claves para entender el arte desde una perspectiva no necesariamente comercial, aunque tampoco ajena al universo de la mercancía. La crisis de las últimas décadas ha lanzado a la industria nacional hacia un mercado competitivo en el cual no da pie, ya que no cuenta con los recursos ni la infraestructura para ello. En el proceso de reinvención, los artistas han pactado con otras casas discográficas y firmas. El hombre de éxito, que está en nuestro imaginario, ha resurgido.
El libro de Lucas
Muchas veces emprendemos ideas que luego toman otro rumbo. La vida no siempre resulta la misma, fluimos y nos reencontramos. En ocasiones, escribir es un oficio ingrato, lleno de sinsabores, conspiraciones, maldades. Muchas veces, en cambio, existe, al final del túnel, una satisfacción: la de registrar la historia de algo, ya sea un fenómeno, un objeto, un proceso. La humanidad avanza y no halla mejor manera que las letras para que quede fijada una visión trascendental. Lucas ya se acerca a una mayoría de edad en la cual los proyectos marcan época. No se accede a ese tiempo sin cargas, por ende, tampoco estamos ajenos a las sombras. Escribir nuevamente la historia de los años que han transcurrido es ir hacia un ejercicio autorreferencial de crítica que sobrepasa la reseña, el testimonio o la crónica. Debe ser un acto de acrobacia en el cual estén presentes las tensiones en torno a ese género escurridizo del videoclip.
Me voy pa’ mi casa
La Habana, cualquier año de los últimos tiempos. Una acera de la calle Línea y unos autos viejos que pasan a todo dar. Se oye la canción que se repite como un bucle y que cae sobre el pavimento caliente: “Me voyyyyyyy, pa mi casa…” El ritmo existe en una dimensión alternativa, se rompe en pedazos cuando pasan las personas que lo escuchan y se deconstruye. El almendrón de los años cincuenta es un carro duro, cuya carrocería es la misma, pero por dentro lo han rehecho varias veces. Pienso que aquel año yo relacionaba la naturaleza híbrida del automóvil sobreviviente con el género que sonaba por todas partes. Cimafunk salió de su entorno, de sus amigos y fiestas estudiantiles, cambió una carrera por otra. La esencia híbrida también es una cuestión que lo define. Un poco como un almendrón al cual se le realizan remiendos que parecen orgánicos y funcionan para seguir rodando.
