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Sábanas blancas y La bella Habana: Dos goticas de agua clara

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De entre la tautológica madeja que integran la mayoría de los videoclips que se dedicaron a los 500 años de La Habana se desmarcan un poco obras como la concebida por Joseph Ros para la versión que del conocido tema Sábanas blancas, compuesto por Gerardo Alfonso, hace Omara Portuondo. Aunque dicho video apele al mismo entramado iconográfico que el resto (ciudad, bailarines, festejos carnavalescos), luce un mayor pulido visual de las imágenes, con un prudente destaque lírico para distintivos elementos arquitectónicos de zonas de La Habana Vieja.

Comedido antes que frenético, contemplativo antes que pintoresco, el videoclip articula con éxito un ecuánime y orgánico paralelismo entre la ciudad añosa y la propia dimensión cultural (y patrimonial, por qué no) de la Portuondo. Tal parece que el tema fuera interpretado a dúo entre la intérprete y una ciudad cuya voz se ha solidificado en piedra y metal. El sonido inasible encarnado en formas palpables.

Incluso la aparentemente ineluctable algazara comparcera, que deviene elemento casi obligatorio en todos estos clips, es mirado por los directores de fotografía Alexander González, David González y David Cruz con una discreción que consigue para los niños y adultos danzantes un enaltecimiento digno, un remarque amable. A segura distancia de la caricatura exaltada. Son subrayados como emanaciones de la esencia vital de la urbe, en perenne y favorable simbiosis con sus calles, por las cuales corren como sangre repleta de oxígeno que evitan a la ciudad morir por olvido y ausencia.

Igualmente se singulariza desde su precisa sencillez el videoclip que Alejandro Reyes dirigió y fotografió para la interpretación que del tema La bella Habana hiciera la Camerata Romeu. El relato se reduce conscientemente a una armónica alternancia entre planos de la agrupación en pleno recital, y planos aéreos panorámicos de la ciudad, que resultan una suerte de contemporáneo álbum de estampas cinemáticas.

Se reduce la presencia del elemento humano a la mínima expresión, concentrándose la obra en documentar y cronicar los paisajes arquitetónicos habaneros en su cotidianidad. La ciudad se celebra a sí misma con un inmóvil y ciclópeo baile de salón justo al borde del mar, donde participan todas sus edificaciones. La Camerata le proporciona circunstancial banda sonora a tal danza mediomilenaria, que se otea a preciso vuelo de dron.

La calmada duración de los planos compensa los constantes travellings, evitando el desafortunado efecto de carrusel desbocado que la mayoría de las veces desencadena la utilización de esta tecnología, aun en prematura fase de entusiasmo técnico entre los realizadores cubanos, quienes reparan poco en sus potenciales expresivos y estéticos. Movimiento dosificado por un montaje certero y equilibrado, atento siempre al ritmo musical.

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