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Mis fantasmas: el ballet mecánico de Fernando Almeida

Ruido Blanco Mis Fantasmas

El lenguaje animado se reafirma y consolida año tras año como uno de los más dinámicos aliados de los realizadores cubanos de videoclip. Así como el género resulta desde hace tiempo una de las plataformas más fértiles para la germinación creativa de producciones animadas.

De entre el conjunto de obras de sólida propuesta gestadas en 2019, se singulariza notablemente el videoclip dirigido, editado, fotografiado y animado en stop-motion por el debutante Fernando Almeida (también responsable del color, la iluminación y los efectos especiales) para el tema Mis fantasmas del grupo Ruido Blanco. Toda una dinámica y simpática sinfonía maquinista, de pátina nostálgica y perspectivas revivalistas ochenteras.

En su totalidad, la obra de marras deviene una explícita apelación y deconstrucción de añosas tecnologías domésticas de reproducción analógica del sonido a partir de cintas magnéticas, que definieron a las generaciones nacidas en esas épocas. Dicho de manera más sencilla: la conocida “radiograbadora” (aquí de marca Sanyo) “mono canal” de un solo casette, es aquí la absoluta protagonista y la diégesis.

En este presente desesperanzado nuestro, cuando la cultura pop internacional mira con gran fruición —más que cualquier otra generación precedente— hacia el pasado cercano, aferrándosele escapistamente, con perspectivas que ya frisan la dimensión utópica, el universo objetual de la infancia y la adolescencia de los treintones y cuarentones ha alcanzado altísimos valores simbólicos. Colocando en lugar privilegiado la parafernalia tecnológica que propició el consumo hasta las heces de esta cultura, como los reproductores de audio.

Tal eclosión vintage y revivalista ya está determinando en gran parte el imaginario de sus hijos y nietos, grandes destinatarios de las exitosas producciones audiovisuales que enaltecen y mitifican los ochenta como una verdadera edad de oro, asegurándole así cierta longevidad anómala. Ya el previo y multipremiado videoclip concebido el pasado año por Víctor y Abel López para el tema Señal 2096, de Seycel, sumó una voz cubana a esta tendencia, subrayando la impronta soviética y sus paradigmas cosmonáuticos.

Ahora, el videoclip Mis fantasmas trasciende afortunadamente la mera apología nostálgica a los Stranger Things, para resultar tributario contemporáneo de obras fílmicas clásicas como el Ballet mecánico (Fernand Léger y Dudley Murphy, 1924) y El hombre de la cámara (Dziga Vertov, 1929). Como antes referí, el one man army autoral que es Almeida, convierte a la grabadora en universo autosuficiente, en deidad prístina cuyo desmembramiento sacrificial determina la pluralidad de la vida que manifiestan sus fragmentos.

Los diversos componentes mecánicos adquieren existencias autónomas, establecen lógicas de comportamiento segmentadas, se recombinan en caprichosas rutinas acrobáticas, en formas danzantes al ritmo de la música. Organizan pequeñas rebeliones anárquicas contra el orden pragmático y dependiente que originalmente les fuera impuesto. Ya pertenecen al mundo simbólico y pueden expandirse hasta los más ignotos horizontes de probabilidades. Son encarnaciones físicas de algo tan abstracto como el sonido. Y una de las más viejas obsesiones de los animadores y cineastas experimentales, desde los mismos orígenes del cinematógrafo, ha sido precisamente equiparar con formas concretas las expresiones rítmicas inherentes a la música.

Este ballet mecánico articulado por Fernando Almeida para Ruido Blanco también sugiere otras influencias honorables, como la del gran maestro checo Jan Švankmajer y sus epígonos, los hermanos Quay; en cuanto al aspecto ajado, raído y de abandono de la mayoría de los objetos animados, enmarcados en escenarios oscuros, polvorientos, olvidados y por ende despreciados, expulsados del paraíso de las cosas “lindas”, útiles, valiosas. Como una de las esencialidades filosóficas de estos artistas, el discurso del margen subyace tras las oscuridades y angosturas góticas donde despliegan sus pantomimas en stop-motion.

Almeida también resucita y resemantiza a un ente segregado por su inutilidad tecnológica, sustituido hace décadas por opciones más eficientes. Sus polvorientos engranajes despiertan bajo el influjo del alma cultural que no para mientes en la lógica evolutiva lineal trazada y seguida por los paradigmas de la modernidad industrial. Pues la cultura es multidimensional, radial, rizomática, y gusta de fantasmas adormecidos pero vitales, como esta grabadora animada, que se antoja cual reencarnación pop de los castillos, mansiones y mausoleos que pueblan los paisajes de la literatura gótica y el cine expresionista. En espera del rito exacto para volver a la vida una y otra vez.

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